Como no podía quedarme al margen del bombo que ha generado Chat GPT, toca escribir sobre su impacto en la filosofía. Dicen -no lo he probado- que esta tecnología puede generar textos (ensayos, artículos, blogs, emails,...) impecables sobre cualquier tema al punto en que los profesores académicos están preocupados, porque parece imposible distinguirlo de un escrito hecho por un ser de carne y hueso.
La tecnología (que me niego a llamarla Inteligencia) tendría de este modo un impacto negativo en el aprendizaje superior de los alumnos, quienes la utilizan para facilitar su rendimiento. El plagio 2.0 y la crisis de la educación. Por supuesto, no todos se compran el discurso tecnoptimista y el aura de miedo que rodea el lanzamiento de una herramienta que a todas luces será el reemplazo de las búsquedas por internet. Pero, ¿podrá reemplazar esta tecnología al filósofo como dicen que va a hacerlo con otras tantas profesiones que trabajan con información?
Me parece que desde el punto de vista de los materiales con los que trabaja el filósofo -ideas, origen textual e histórico de las ideas, relación entre las ideas, argumentación-, Chat GPT es otro estadio, luego de Wikipedia y Google, en la desmitifación de un cierto tipo de filósofo: el erudito.
Gracias a que están diseñadas para organizar grandes cantidades de información, ya desde Wikipedia estas tecnologías habían matado el aura y la admiración que despertaban los filósofos eruditos cuando citaban obras extrañas, autores poco leídos, ediciones difíciles de encontrar, fechas remotas e inciertas, una cita apócrifa o una línea recóndita.
Todo eso estaba a una búsqueda de distancia que le permitía a cualquiera comprobar esa enrevesada información. La nariz respingada ya no surtía el efecto de antes, ni en la sobremesa ni en la conferencia. El no-filósofo estaba por fin igualado con el filósofo en esta dimensión del conocimiento.
Chat GPT, por consiguiente, va a ser la lápida de la erudición que sólo tenía valor cuando el acceso a la información era escasa y tenías que acudir a una biblioteca de una gran universidad, y sumergirte en un sin fin de libros, para acceder a ella para luego organizarla y presentarla en un escrito. El lado bueno de Google Books.
Así, el impacto positivo de esta tecnología para la filosofía es que permite quitarle los aspectos accidentales para quedarse sólo con lo esencial. La erudición es sólo uno de esos aspectos prescindibles que podían servir de adorno, pero no constituían su núcleo.
La confusión radicaba en tomar la cantidad de información y su organización necesaria -donde jugaba el filósofo erudito del siglo XIX y XX- por la sabiduría a la que aspira por vocación, perspectiva que se resume en una frase de Platón:
si es posible que un hombre lo sepa todo
–Sofista 233a, 232b-e
Más adelante, el maestro aclara a lo que se refiere con "todas":
Me refiero a todas las cosas: a tí y a mí, y, aparte de nosotros, a los otros seres vivos y a los árboles
–Sofista 233e
El argumento acostumbrado para descartar la posibilidad de saberlo todo apunta a la acumuluación relativa del conocimiento. Como en tiempos de Platón y Aristóteles no se sabía mucho y las ciencias estaban en pañales, era esperable que un sabio se definiera por saberlo todo, ya que bastaba que leyera un par de papiros y con eso estaba listo. Pero como ahora la acumulación de conocimiento gracias a la especialización de las ciencias es inconmesurable, es imposible que un solo individuo pueda saberlo todo.
Por el contrario, debido a que las tecnologías actuales superan a la inteligencia humana en capacidad y potencia de cálculo que les permite almacenar y organizar una gran cantidad de información, la "Inteligencia Articificial" estaría por eso mismo destinada a reemplazar a su creadora.
Pero no es a la cantidad de información a la que se referían los maestros griegos cuando decían que aspiraban a saberlo todo, sino a la intensidad de ese conocimiento.
Decía Aristóteles:
«que el sabio lo sabe todo en la medida de lo posible, sin tener la ciencia de cada cosa en particular» –Met 982a6-8
Mi profesor de filosofía, Juan Antonio Widow, a propósito decía en clases: "no se trata de saber muchas cosas, sino saber mucho de todo".
Esto describe la mirada del filósofo y su manera de abordar el saber. La clave está en que "no tiene ciencia de cada cosa en particular" sino que su conocimiento se aproxima de manera universal a todas las cosas en aquello que tienen más profundo: el ser.
Se trata de un conocimiento intensivo, donde nada queda excluido de la mirada del filósofo. Su aspiración es lograr un conocimiento articulado y sistemático sobre el ser de las cosas.
En esta tradición se llamaba inteligencia a esta capacidad humana. Pero si hoy se llama inteligente a una tecnología es porque ya se ha tomado una decisión a favor de la cantidad en vez de la cualidad del saber.
La reducción del mundo a datos
En cambio, si pones todo el foco de tu atención en el ser, de pronto descubriás una profundidad insospechada que no se encuentra en ninguna de las ciencias ni menos aún en la erudición. Por eso, cuando los filósofos se olvidan de esta verdad esencial, lo que queda esperar es la disolución de la filosofía en una especialización inabarcable y un complejo de inferioridad ante las ciencias positivas.
¡Menos mal que llegó Chat GPT!
Mientras pensaba en cómo enfocar para un artículo el conocido lema de Cicerón que la historia es maestra de la vida y testigo de los tiempos (testis temporum...et magistra vitae), me acordé de una frase que leí hace más de veinte años y se me grabó para siempre. El poeta pagano del siglo V, Claudio Rutilio Namaciano, le cantaba a Roma:
hiciste una patria única de pueblos distintos...hiciste una sola ciudad de lo que antes era el mundo
(Himno a Roma, I.135-140)
Siempre me ha llamado la atención de que el poeta le cantase a la Ciudad Eterna en circunstancias de que se caía a pedazos, sumida en ruinas y fuego luego del saqueo en el 410 DC, con una fe ciega en que resurgiría de los escombros a su vocación divina de dominar el mundo entero.
extiende al porvenir romano tus leyes perdurables, solo tú no has de temer los hilos del destino (...) el tiempo que te queda no está sujeto a límite alguno mientras la tierra perviva
En palabras de Viviana Boch:
«es posible comprender la imagen que los romanos tenían incorporada en su mente: Roma estaba llamada a la conquista del mundo y de esta manera se fue conformando en la conciencia romana la idea de su eternidad» –Viviana Boch, 2014
En los versos del poeta, se encuentra la vocación de gobierno mundial y cosmopolita de duración indefinida a la que estaba llamada Roma, con su capacidad de integrar una diversidad de pueblos bajo una ley común.
Para la mentalidad antigua, sin embargo, la fe en la eternidad de Roma dependía de su visión cíclica del tiempo cósmico, en que todo se vuelve a repetir tal como era. "Rutilio no concebía un mundo en el cual desapareciera su Imperio", agrega Boch, así cantaba el poeta:
lo que no puede hundirse resurge con renovado brío y salta empujado aún más arriba desde las más profundas simas
–RUTILIO, I, 130
Es difícil entender a cabalidad que las civilizaciones pre-cristianas pensaban el universo como una constante repetición de lo mismo. Aristóteles en ocasiones llega a decir de manera literal que incluso las opiniones de los hombres vuelven a repetirse del mismo modo. El cambio climático para ellos sería lo más esperable, porque volverá a surgir lo mismo, tal como Roma luego de su colapso. Si presenta un problema es por nuestra concepción cristiana del fin absoluto de la historia.
Por eso, si te parece obvio que la historia comienza en un punto e irá a terminar en otro distinto del punto inicial de una vez y para siempre, sin retorno posible, estás inadvertidamente influido por una de las mayores aportaciones que introdujo el cristianismo en el corazón de los pueblos.
El tiempo cíclico se rompe con la venida de Cristo, quien proyecta a la vez un destino personal y universal para todo el género humano.
Imbuido de esta concepción del tiempo lineal, San Agustín tuvo otra manera de entender el saqueo de Roma y su inminente colapso.
Para el profundo pensador que era el obispo, el fin de una ciudad terrenal no representa el fin de la Historia Universal, sino un estadio más en su curso hacia el fin absoluto. Para desarrollar esta idea, tuvo que reelaborar el concepto pagano de ciudad-pueblo que definió como
«un grupo de seres racionales unidos entre ellos, porque aman las mismas cosas» –De Civ. Dei XIX, 24, nº655
El Agustín cristiano avanza así una definición más abstracta que el Cicerón pagano, quien apoyaba su concepto en la justicia y la armonía social, de manera que asociaciones injustas no llegarían a constituir, en estricto rigor, un pueblo o ciudad. Sin embargo, comenta E. Gilson que con esta definición: "Agustín sigue fiel a la tradición greco-romana de la ciudad-pueblo" (1965, p. 71).
Definición profunda, además, porque justifica la unidad de cualquier grupo humano en la medida en que no puede haber vínculo más firme que el bien de las cosas que se aman en común. Su alcance abstracto permite justificar tanto a la Iglesia Universal, como sociedad de los creyentes en Cristo, como a la sociedad capitalista fundada en el amor generalizado a las riquezas materiales, como la describe Adam Smith al comienzo de su famoso tratado, así como también la asociación de fútbol de barrio.
Esta reconceptualización le permite al escritor insertar el destino de Roma en el decurso de la historia universal, donde pasa a ser una ciudad más entre otras:
«Ahora bien, lo que yo digo de este pueblo y de esta república -Roma- se comprenderá que lo digo y entiendo tanto de los atenienses y de los demás pueblos griegos, como de los egipcios, asirios de la antigua Babilonia, y, hablando en general, de todo pueblo, grande o pequeño, desde el momento en que es pueblo» " –De Civ. Dei XIX, 24, nº655
De este modo, el saqueo y pronta caída de Roma puso a prueba la vigencia de los presupuestos más hondos que albergaba el pensamiento acerca del tiempo cósmico y el destino humano.
La cuestión de fondo que animaba ambos escritos, y que aún es válida para nuestro tiempo, es la posibilidad de una sociedad humana universal a la que todos los pueblos pertenecerían por derecho propio (E. Gilson, p. 24).
Si los escritores de comienzos del siglo V se preguntaba qué hay después de Roma, hoy en día, la pregunta es: ¿y qué hay después de Occidente?

Me parece que un somero acercamiento a dos escritores de esos años puede ser una fuente de reflexión para comprender nuestro presente. Sin duda nos ha tocado presenciar tiempos políticamente convulsos y de cambios tecnológicos acelerados, a los que es difícl otorgarle algún sentido.
Estos autores desarrollaron su quehacer marcados por el espectáculo del saqueo de Roma que dejó a todos perplejos, ante los cuales asumieron posiciones disímiles. Por contapartida, en mi opinión, dicho evento es comparable con lo que aconteció en los últimos años (2020-22): la emergencia de un poder nunca antes visto, capaz de encerrar a toda la población del mundo sin disparar ni una sola bala. ¿Quién detenta tal escala de poder al punto en que en sociedades supuestamente libres no hubo casi resistencia? Vale recordar que la cuarentena fue un invento medieval del siglo XIV, entonces, ¿qué llevó a aplicar una política medieval pensada para ser breve y acotada, por dos largos años en una época donde se alaban los avances técnicos de la medicina?
La lección que yo me llevo es que las ideas detrás de la comprensión de hechos disruptivos, en el sentido de que interrumpen el curso y el ritmo regular de la historia, son determinantes para la elaboración del mundo que construimos para los que vienen, algunas de las cuales permiten proyectar un futuro humano y otras que no. De hecho, algunos autores se preguntan, ¿para quién vamos a salvar el planeta del cambio climático? ¿Para las vacas y los chanchos? ¿Los árboles y los hongos?
¿Existe hoy una alternativa como la que presentaba San Agustín al mundo pagano, que en presencia de las ruinas de su civilización aún tenía fe en el resurgimiento de la Roma Eterna como parte del ciclo cósmico? Cabe preguntarse, por lo mismo, si es que sólo estamos presenciando crisis locales de las democracias liberales (inflación, migración, corrupción...) o más bien el fin del mundo tal como lo conocimos y la emergencia de uno nuevo.
Ya lo advertió R.E.M.

¿De dónde surgirán las nuevas ideas? ¿De los plutócratas de Silicon Valley, donde los transhumanistas elaboran con paciencia su tecnocracia mundial? ¿Se admiten visiones e interpretaciones alternativas de los hechos o sólo cabe una sola que hay que acatar? ¿Será que un gobierno mundial es el retorno a la visión pagana de la historia?
Más áun, ¿es posible una sociedad humana universal en la tierra? ¿No será más parecida a una colmena, al modo cómo se organizan las termitas, en vez de una sociedad humana que se determina por costumbres y lazos locales? Pero quizás sea todo esto una teoría de la conspiración. Quién sabe. Sólo sabemos que la historia no terminará. Por ahora.
Bibliografía:
- Boch, Viviana, Los romanos y los otros en la obra de Rutilio Namaciano,2014
- Gilson, Etienne, La metamorfosis de la ciudad de Dios, 1965
Habida cuenta de que para pensar o argumentar hay que precisar lo que significan las palabras que uno usa, los escritores tienen la costumbre de recurrir a dos fuentes principales para asentar firmemente un fondo de comprensión común: 1) o bien toman las acepciones de la RAE, 2) o bien recurren a alguna autoridad institucional para establecer las definiciones conceptuales pertinentes. Una práctica útil, pero sin base crítica.
En efecto, es fácil dar por sentado que estas dos fuentes abarcan las definiciones correctas que uno debe asumir de una vez y para siempre bajo la presunta infalibilidad de la autoridad.
Sin embargo, el análisis de los términos involucrados podría remediar la situación.
La palabra que ha cobrado vigencia en los últimos años y que parece justificar todo tipo de políticas es 'salud'. Todos hablan de manera unámime y sin conflictos, como si todo el mundo supiera, al menos de forma rudimentaria, lo que es. Pero, concretamente:
- ¿Qué es la salud?
- ¿Entienden todos lo mismo bajo esta palabra?
- ¿Cómo la definen?
Si abro la definición de la RAE, me dice, junto a otras acepciones, que es un
estado en que el ser orgánico ejerce normalmente todas sus funciones
Pero si reviso la definición de la Organización Mundial de la Salud (OMS), me dice que es:
«un estado de completo bienestar físico, mental y social y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades»
Puedes ver que ambas definiciones coinciden en que se trata de un cierto estado. Pero la coincidencia sólo llega hasta este punto, pues, los estados referidos en uno y otro caso son distintos.
La RAE refiere al ser orgánico en el despliegue normal de sus funciones, con lo que incluye a las plantas y animales, lo que es bastante razonable. Desde este punto de vista lo sano sería aquello que funciona con normalidad, que cumple cabalmente sus funciones en un sistema. Con 'normal' significa lo que hace la mayoría de los individuos de una especie en la mayoría de los casos, como se recoge en la distribución estadística. Lo anormal sería el entorpecimiento o detención de las funciones orgánicas en presencia de la enfermedad.
La definición de la OMS, en cambio, se concentra exclusivamente en la salud humana, al definirla como un estado completo de bienestar (complete well-being); porque el bienestar mental y social -en principio- estarían excluidos de la vida animal.
Aunque el gran historiador de la medicina, Pedro Laín Entralgo, diga que la definición de la OMS es "tópica y utópica" por tener una visión profunda de la salud (1978, p. 664), me parece que es difícil eludir su ambigüedad (distópica).
En efecto, la OMS introduce un término problemático que parece bastante peregrino en el léxico sanitario: el bienestar. Y no sólo eso, sino que el bienestar ha de ser completo en los aspectos físico, mental y social.
Esto descubre más bien que se trata de una posición filosófica; de lo contrario, habría que indagar qué expermientos clínicos podrían conducir a una definición de ese tipo, de tal manera que sea la conclusión de un estudio y no su presupuesto.
Pero, de vuelta a la filosofía, la idea de bienestar (well-being) proviene de la teoría ética del utilitarismo anglosajón del siglo XIX, que introduce una ambigüedad en la definición de la OMS, porque ni los utilitaristas se ponen de acuerdo en qué consiste la idea de bienestar: qué cosas son buenas, para quién y por qué.
Además, sabida es la influencia del utilitarismo en las políticas públicas, porque uno de sus objetivos es maximizar ese bien social que es la salud de la población (Bellefleur, O. & Keeling, M. (2016). Utilitarianism in public health).
Y para complicar aún más las cosas: ¿por qué la OMS se preocupa de precisar que la salud "no consiste en la mera ausencia de enfermedad"?

Si la OMS se hubiera limitado al bienestar físico, el correcto funcionamiento de las funciones orgánicas, habría poco que objetar.
Desde un punto de vista filosófico, la salud sería un bien importante, ya que sin salud no se pueden obtener los demás, pero no el principal. De tal manera que la salud estaría subordinada a los bienes propiamente humanos, como la construcción de un proyecto de vida en el que cabe el amor (como bien difusivo), la verdad y la belleza.
Pues, al final del día, ¿para qué -con qué fin- se quiere gozar de salud? ¿Por la salud misma?
En mi caso, yo quisiera estar sano para poder hacer otras cosas, por librarme el mayor tiempo posible del deterioro inevitable del cuerpo: para ver crecer a mis hijos, realizar mis proyectos creativos, amar cuanto pueda. Si quiero tener buena visión es porque quiero disfrutar de la lectura hasta bien entrada mi vejez o de los atardeceres en el mar. Jamás se me ocurriría vivir para estar sano, sino estarlo para vivir.
Como en el caso del tabaco fino que, si bien puede tener consecuencias para la salud en el exceso, en su justa medida promueve bienes humanos como la conversación pausada y la contemplación.
Más aún, incluso si la OMS hubiera permanecido en el nivel del bienestar mental, sea lo que sea que eso significa, lo podría admitir a regañadientes. La filosofía de la mente es una rama especializada que la estudia desde distintas perspectivas. Sin embargo, ¿supone la OMS que la mente se reduce al cerebro y sus funciones neurofisiológicas o la entiende más bien como un acto de la conciencia irreductible a cualquier órgano material? Insisto: se trata de una ambigüedad que no se puede resolver en el ámbito puramente médico-clínico.
Sin embargo, que la OMS diga que el bienestar social es parte del concepto de salud ya me parece un exceso que tiene que ver menos con la medicina que con la política.
Si los artículos de las constituciones nacionales, cuando declaran que la salud es un derecho fundamental a tutelar por el Estado, ¿no están diciendo que cuando tengo derecho a la salud tengo derecho a un estado de completo bienestar físico, mental y social?
¿Tiene sentido afirmarlo?
Como era de esperar, en un texto que aborda este tema me encontré que la OMS es la autoridad que fija el concepto al que justifica como un "enfoque integral":
«La salud involucra entonces actividades de prevención, promoción y protección e implica un enfoque integral en donde se incluyen los entornos físico y social y los demás factores relacionados con la existencia» (p. 38)
Acá hay una falacia.
No es lo mismo definir lo que es la salud, que describir el enfoque que se adopta para abordarla a nivel político y jurídico. Si fuera sólo un enfoque integral, habría que preguntarse qué es aquello que se enfoca y la respuesta es, por supuesto, la salud. Y de nuevo preguntarse, ¿qué es la salud? Esta vez la respuesta ya no puede ser: un enfoque.
Pero más importante aún, ¿acaso no da pie la definición de la OMS para que, bajo ese solo artículo constitucional, quien tutela la salud se entrometa en la totalidad de la vida humana amparado en la ambigüedad de su concepto? ¿No será que la OMS tiene una determinada visión del hombre que no declara públicamente?
Si la salud es un estado de completo bienestar en todas las dimensiones humanas ¿será ésta la vía para justificar el acomodo forzado de un indivuo sano a una sociedad enferma? Por último, de acuerdo con la definición, ¿qué sería la enfermedad? ¿un estado de bienestar incompleto?
Sigo pensando en por qué la OMS le molesta tanto que la salud se limite a no estar enfermo. Nada hay de problemático en que un concepto se defina por la ausencia o negación de su contrario, como los números impares en que no son divisibles por dos.
No sé tú, pero yo me contentaría con vivir en un estado de ausencia de enfermedad o aflicción, en el que mi cuerpo funcione sin trabas para que me permita hacer las cosas por las que merece la pena vivir la vida que me ha sido dada. Dos años de confinamiento involuntario en el nombre de la salud fue demasiado.
Tabacología
o Platonismo del Tabaco
«Si Prometeo hubiese robado el fuego del cielo para encender su puro, los dioses le habrían dejado obrar a su antojo»
–Madame de Girardin
No diría que existe una literatura dedicada al tema de la relación de los filósofos con el tabaco, pero conozco algunos escritos que son tan anecdóticos como interesantes. Si bien la mayoría enfoca la cuestión con algo de humor, el ritual del tabaco esconde una profundidad impensada que vale la pena develar.
El tabaco se descubrió con América y llegó de inmediato a Europa, donde se le reconocieron las bondades medicinales que le atribuían los aborígenes de las Antillas. Por lo mismo, la relación oficial del tabaco con la filosofía comienza en la modernidad, concretamente en I. Kant, como el hito en el que se mezclan la doctrina filosófica con su hábito cotidiano de fumar pipa a primera hora de la mañana.
Cuenta Manfred Kuehen que Kant, con su rigor característico, se despertaba a las 5 a.m. todos los días sin fallar; luego se bebía una o dos tazas de té con las que se fumaba una pipa llena de tabaco.
«El tiempo que necesitaba para fumarlo “lo dedicaba a la meditación”. Aparentemente, Kant había formulado la máxima para sí mismo de que fumaría solo una pipa, pero se informa que las cazoletas de sus pipas aumentaron considerablemente de tamaño a medida que pasaban los años» (p. 284)
¡Vaya lucha interior debe haber tenido con su propia máxima de fumar una sola pipa bien llenita, en vez de dos o tres!
Quizás encontraba que una sola bastaba para tener un cierto grado de moralidad como promoción de la salud y la meditación, pero que el demonio estaría en el exceso. Pero, para fumar más, bastaba usar una pipa cada vez más grande en vez de fumar varias veces una pequeña. Así se deleitaba con el humo cuantas veces quisiera sin violentar su máxima.
Este hábito se mezcla con su doctrina en que su célebre teoría del imperativo categórico pretendía darle un fundamento formal a la moral. La idea era vivir de acuerdo a máximas que fuesen universalizables para que valieran para todo el género humano. Por ejemplo, una vez conocí a una chica que nunca se movía para ningún lado cuando caminaba por la vía pública. Insistía en que se tenían que mover los otros en vez. Pero al someterse a la prueba kantiana de la blancura se descubre lo ineficaz de dicha convicción, porque si todos actuaran de esa misma forma, la vía pública sería un caos donde chocarían todos con todos. Entonces, se trata de caminar atento al andar de los otros y moverse para evitar el choque.
Lamentablemente Kant no dejó ningún escrito sobre el tabaco, pero a partir de entonces la planta que echa humo se apoderará de la vida intelectual hasta el punto en que pasó a ser un lugar común fotografiarse en la biblioteca con una pipa en actitud contemplativa.
La relación del tabaco con la vida filosófica parece así ir más allá de una moda pasajera que se ha plasmado en algunos escritos anecdóticos.
En este artículo aparecido en The American Spectator (2016), el autor hace un punto interesante. En la época de nuestros abuelos, las casas olían a tabaco y se podía fumar hasta en los vuelos comerciales y las aulas académicas. Encima se pregunta si había una cierta lógica detrás de una sociedad pasada a humo. Y claro que la había, pues el tabaco tiene potentes efectos nootrópicos y sedantes, lo que fomenta al mismo tiempo la concentración y la relajación, facilitando así el trabajo intelectual y creativo. Ahora, en cambio, se consume café con los conocidos efectos estimulantes de esta bebida. Al parecer se opone una sociedad templada por el humo con otra sobreestimulada con café. Cada una con sus afanes.
También existe una tímida corriente de pensadores católicos que se gozan en el tabaco, cuyo ícono es -cómo no- el gran G.K.Chesterton.

«Tener horror al tabaco no es tener un estándar abstracto de lo correcto; sino exactamente lo contrario. Es no tener norma alguna de lo correcto y pretender convertir ciertos gustos y disgustos locales en sustitutos. Nadie que tenga un estándar abstracto del bien y el mal puede pensar que fumar un cigarro está mal» (“On American Morals”, 1929)
En esta corriente he encontrado los escritos más interesantes al respecto.
Como primera muestra, hay un librito llamado Hacia una teología del fumar la pipa (1970) de Arthur D. Yunker, que lleva por subtítulo:
«En el que se argumenta que fumar en pipa dignamente es uno de los últimos dones del Espíritu Santo y acerca a sus practicantes a la naturaleza del reino de Dios, cuyos argumentos están diligentemente respaldados por pruebas irrefutables, textos y lógica incontestable»
Y el autor no está bromenado, aunque tampoco quiere que lo tomen tan en serio. El primer capítulo se llama "Herejías refutadas" y la primera se refiere al riesgo que involucra fumar, donde afirma que la mayoría de los estudios asociados al tabaco se relacionan con los cigarrillos, y poco y nada se han estudiado los efectos a largo plazo de la pipa y los puros. La gran diferencia, en efecto, es que el humo de cigarrillo se inhala, está para usarse como un medio de obtener nicotina; mientras que el tabaco de pipa y el puro no se inhalan; están para saborearse, para deleitarse en ese exquisito y único gusto. Pero, más allá de lo que digan los estudios estadísticos, el autor tiene un punto:
«Es sencillamente absurdo evitar los riesgos. Esta es una maldición propuesta por fanáticos...Todos los amores son inconvenientes. ¿Cuáles son los riesgos de fumar (pipa, claro está), comparados con los riesgos del cortejo y el matrimonio? ¿O comparados con los riesgos de la ordenación sacerdotal o la fidelidad a una vocación? Toda vida, al menos toda vida que valga la pena, involucra riesgos» (p. 2)
Luego de las refutaciones, continúa con un punto que me parece destacable: el carácter del placer concomitante a ciertas actividades. Pues, al fin y al cabo -dice- Dios creó la planta del tabaco, cuyas hojas puedes ver recién colgadas para curarse en la imagen
Como se dice en el Eclesiástico 38:4-7:
Dios hace que la tierra produzca sustancias medicinales, y el hombre inteligente no debe despreciarlas...Con esas sustancias, el médico calma los dolores y el boticario prepara sus remedios
El tabaco era una de esas sustancias que se recogían en los tratados de medicina de hace unos siglos (de hecho, de éste saqué la cita bíblica).

El vicio se introduciría por el uso desordenado del tabaco, por un reduccionismo de sus prestaciones que lo limita a ser un medio para obtener nicotina, dejando de lado su aspecto más importante.
Este otro artículo de US Catholic (2018) se pregunta si fumar pipa es bueno para el alma, donde se destaca el ritmo pausado que impone el fumar tabaco fino: si lo fumas muy rápido, se quema y pierde sabor; si lo fumas muy lento, se apaga y se interrumpe el flujo de la experiencia, además de que prenderlo de nuevo disminuye sus prestaciones. Pues bien, este ritmo se impone, por lo que la experiencia no se puede apurar. El relajo en la demora es inevitable.
«Es este ritmo y esta práctica lo que hace que fumar en pipa sea un compañero bienvenido para la contemplación»
Destaca, además, que para fumar se requiere del mismo ocio que requiere la filosofía: ese tiempo activo en que florece la experiencia humana en toda su plenitud. Se trata de saborear el regocijo en ese tiempo que no pertenece al mundo del trabajo.
Por lo que naturalmente se distingue fumar por ese placer contemplativo que fumar para calmar la ansiedad. El primero te lleva al tabaco de puro o pipa, el segundo, al cigarrillo que, dicho sea de paso, está tapado en químicos añadidos.
Por último, este artículo se publicó en el conocido portal First Things First titulado El Tabaco y el Alma (1997), que arranca con estas palabras:
«El alboroto actual sobre el tabaquismo ha hecho que todos sean dolorosamente conscientes de los efectos del tabaco en el cuerpo, pero también ha oscurecido una razón más profunda de la popularidad del tabaquismo: su relación con el alma»
El autor, Michel Foley, establece una correspondencia entre los cigarrillos, los puros y la pipa, con cada una de las tres partes del alma de acuerdo con la teoría de Platón.
El cigarrillo correspondería a la parte apetitiva, que persigue satisfacer el deseo sensible. Sería, pues, un símbolo de quienes buscan la satisfacción instantánea y libidinal.
El puro procedería de la parte espiritual que busca satisfacer el deseo de fama y el reconocimiento. Su aspecto fálico destacaría su relación con la ambición y el poder.
Para el autor, la pipa sigue a la parte racional del alma que desea la verdad. La diferencia está en que, a diferencia del cigarrillo y el puro, la pipa permanece y:
«De manera similar, las preguntas del filósofo duran mucho más que las preocupaciones pasajeras de los deseos físicos, por un lado, y las ambiciones humanas, por el otro...Finalmente, el efecto que la pipa tiene sobre los demás es análogo al efecto de filosofar: la dulce fragancia de una pipa, como la buena filosofía, es una bendición para todos los que están cerca»
A continuación atiende la objeción obvia de que se puede decir lo mismo del fumar cannabis. Pero responde señalando hacia el efecto que cada sustancia produce en el fumador: el tabaco promueve la contemplación y la conversación relajada, mientras que la cannabis trastoca la percepción y la razón. Por eso ésta se clasifica como una droga psicotrópica. A fin de cuentas, dice el autor, la cannabis es un sucedáneo sofístico del tabaco, que imita en apariencia todas sus prestaciones.
Quizás no sea casualidad que la retirada del tabaco coincida con el avance de la cannabis. Pero, en mi opinión, el punto crucial del artículo es que en la cuestión del tabaco habría toda una idea previa del hombre o, si prefieres, una preconcepción antropológica. Si se lo concibe sólo como un cuerpo en el que la conciencia es un añadido evolutivo, ciertamente los estudios arrojarán que se trata una cuestión de sustancia-adicción corporal que se resuelve en la química.
Pero si la naturaleza humana es al mismo tiempo alma y cuerpo, el efecto del tabaco no sería separable en compartimentos estancos, sino que se influirían recíprocamente. De esta manera concluye:
«Tampoco debería sorprendernos en esta era sin pipa que la feroz batalla por el tabaco haya perdido el verdadero punto sobre su poder adictivo. El tabaco domina el alma tanto como el cuerpo. Las cualidades que adopta en sus diversas formas lo convierten en un complemento casi irresistible para el deseo particular dominante en el alma de un individuo»
En este breve sumario puedes ver que existe una relación, accidental por cierto, pero no por eso desdeñable, entre el tabaco y la contemplación filosófica que ha atráido a los pensadores desde Kant en adelante.
Para adentrarse en el ritual, conviene distinguir, como suelen decir los filósofos: el cigarrillo del tabaco fino que consiste solamente en hojas curadas y enrolladas a mano, porque sólo éstas pueden ser material de un ritual personal y social.
El ritual de la pipa o el puro podría ser un símbolo de la contemplación filosófica en esto que representa el ascenso desde la experiencia sensible al mundo inteligible, además de que intensifica el placer propio de la actividad teórica.
Pues, a un amante del tabaco no le interesa ponerse un subidón de nicotina, sino que persigue una experiencia que convoca a todos los sentidos y la razón: al tacto por sostener de manera delicada -con una cierta reverencia- la pipa o el puro; al olfato y al gusto los convoca juntos en el sabor del tabaco. De hecho, existe un concepto que se llama retro-gusto, en inglés retro-haling como de inhalar al revés, en el que el humo sostenido en la boca por unos segundos se expulsa de vuelta por la nariz para intensificar su sabor. A la vista, por contemplar el arte en la confección de la pipa o la perfección de un puro hecho a mano, además de la contemplación de los girones del humo en el aire. Y al oído lo convoca por el silencio, por el ruido ausente del humo.
Este aspecto ritual y simbólico del tabaco es una manera de llevar al objeto de la filosofía, el mundo inteligible, a imágenes que puedan indicarlo indirectamente, al verlo reflejado en una semejanza de un objeto material que lo acerca y vuelve familiar. Ese ascenso del humo hasta desaparecer es como el alma se eleva a la contemplación del ser.
Un buen tabaco realza el aspecto placentero de la contemplación filosófica, porque, según el decir de José Ferrater Mora, es “el sabor de la vida” (1985 p. 163). De manera que, aunque la relación de la filosofía con el tabaco sea accidental, se podría decir que ocupa un lugar instrumental específico en la medida en que intensifica el placer concomitante y propio de la actividad contemplativa por medio de un ritual simbólico. En definitiva, así como el tabaco permite gozarse en el placer de saborear con todos los sentidos, la filosofía conlleva un placer único cuando se topa, aunque sea tengencialmente, con la verdad.
Pensar por cuenta propia es difícil, muy difícil. La pura lógica no basta, porque la corrección formal del discurso requiere completarse con la aceptación de ciertas premisas conocidas y verdaderas. Es decir, se requiere tener experiencia encarnada en el mundo para distinguir lo verdadero de lo falso, aunque sea en un nivel rudimentario.
Me parece que un primer paso para pensar de manera autónoma y disponerse a encontrar la verdad, es estar prevenido frente al poder de las palabras, como enseña Aristóteles en un librito poco estudiado llamado Las Refutaciones Sofísticas.
Según el pensador griego, no existe una correspondencia total entre el lenguaje y la realidad, lo que da lugar a que uno se deje llevar por las palabras y oraciones como si representaran totalmente el mundo. Dice que éste es el origen más común del error al momento de sentarse a pensar.
Las palabras están cargadas de veneno y virtud, porque una sola de ellas puede significar distintas cosas. En términos técnicos, este fenómeno es un caso de homonimia o equivocación.
Por ejemplo, la palabra 'vela' puede significar tanto el estado de vigilia por la noche para hacer la guardia como el cilindro de cera usado para iluminar, e incluso también la tela de los barcos para moverse con el viento. Otro ejemplo: la palabra 'cabo' da tanto para referirse al accidente geográfico (el Cabo de Buena Esperanza o de Hornos) como al cabo González del ejército. Vela y cabo son, pues, palabras equívocas.
La dificultad está en que las palabras elementales del pensamiento, aquéllas sobre las que se pretende erigir la filosofía, son de esta clase, porque son las que significan los conceptos más universales como ser, pensar, tiempo, identidad, etc.
Y con esto llegamos al problema de la actualidad. La palabra 'filosofía' es de esta clase en la medida en que significa distintas posiciones, escuelas y corrientes de pensamiento; incluso algunas contrarias entre sí. Puedes ver la homonimia en que para Aristóteles, por ejemplo, la filosofía consiste en la contemplación de las verdades eternas del ser. Para Marx, en cambio, es una praxis social contingente que pretende transformar el mundo. Así, sus filosofías se oponen pese a que se sirven de la misma palabra para describir su quehacer como si procedieran de una misma tradición.
Por eso también, quienes se dedican a estas cuestiones se preocupan antes que nada de redefinir lo que entienden por "filosofía", señalando sus límites, su relación con la ciencia y sus fines, para autocalificarse después como filósofos. Y esta es la razón de que este portal se llame filósofo.com, porque detrás de cada pensamiento hay una persona de carne y hueso con un mundo propio en que lo desarrolla y un mundo compartido donde lo hace público. A fin de cuentas, el filósofo es un quién, un sujeto desplegado en una biográfia de descubrimiento.
El problema surge para quien mira desde lejos, debido a que no tiene cómo distinguir unos de otros, pues le parece que caen todos los pensadores en la misma bolsa de gatos en que se ha convertido la filosofía. Frente a esta situación, Aristóteles reservó la palabra 'sofística' para referirse a su versión deformada. Quien cultiva esta disciplina, el sofista como contrapartida del filósofo, no se toma la molestia de dedicar una vida entera a la búsqueda de la verdad. Le basta solamente con aparentar que sabe y lucrar con ello.
Sin embargo, gracias a la estructura administrativa de las facultades de filosofía en las universidades modernas, no es posible distinguir en ellas al sofista del filósofo, porque allá adentro son todos colegas al margen de la posición teórica que sostenga cada uno. Es decir, por derecho propio son todos filósofos al estar adscritos a alguna facultad y no porque adhieran a determinada escuela o tradición de pensamiento. Por ejemplo, pese a las diferencias insalvables en sus respectivas posiciones, tan filósofos serían los seguidores de Tomás de Aquino como los escritores posmodernos, como Jacques Derrida. Aunque desde afuera yo llamaría sofistas a los segundos.
La cuestión ha llegado a tal nivel de absurdo que incluso algunos filósofos declaran muerta a la propia disciplina que cultivan.
¡Muerta!
Pero ya es tiempo de que la filosofía salga al mercado con sus escuelas, tal como lo hizo en sus orígenes.
Poco y nada tiene que ver esto con la manera en que se enseña hoy en las facultades la historia de algunos sistemas de pensamiento ordenados de acuerdo con una cronología dudosa: Antigua, Medieval, Moderna y Contemporánea, donde se insertan distintos personajes célebres e influyentes en una línea imaginaria de tiempo. La filosofía se ha convertido de este modo en el estudio sistemático de las opiniones de los hombres pasados.
Mi propuesta es que fuera de las facultades universitarias, su aparente unidad podría diversificarse en escuelas bien definidas de pensamiento, que ostenten principios y postulados claros y públicos, para que el joven estudiante que emprende un camino tan largo como difícil, pueda recibir el valor real que hay en cada posición. Valga como ejemplo que San Agustín estudió con los maniqueos antes de retomar la senda neoplatónica luego de su conversión. Lo que no encontró en una escuela lo encontró en otra y la peor terminó por desaparecer.
Por consiguiente, para pensar de manera autónoma y disponerse a encontrar la verdad hay que definir primero, antes de cualquier otra cosa, lo que uno entiende bajo una palabra, para que quien te escuche pueda contemplar lo mismo que tú. Y en ese ejercicio conviene revisar los distintos significados con los que ya cuenta. En este sentido, las academias de la lengua se limitan a recoger estas variaciones en las acepciones del diccionario.
Así que nunca discutas sin acordar con tu oponente los significados de los términos en discusión. Que te sirva de ejemplo que ni los filósofos se ponen de acuerdo en qué es la filosofía.
Chesterton escribía hace poco más de un siglo un breve artículo titulado La falacia del éxito, donde, además de reírse de los escritores de autoayuda financiera de su época por ser malos escritores, critica la idea que venden bajo la etiqueta del éxito. La tendencia de la cultura del capitalismo de asociar el éxito con la felicidad busca reducir la vida humana al trabajo, idea que se vende bajo la consigna de un individuo empoderado que dirige su propio destino, pero no de cualquier manera, sino que ha de hacerlo en la gran corporación o construyendo una desde el garaje.
Como cualquier religión, la cultura corporativa promete una realización personal, salvo que esta vez su templo es la oficina, y su Dios, el trabajo. Una visión de este tipo supone una cierta imagen de la vida humana y el lugar del trabajo en ella. Así, el nuevo discurso de la empresa se ha vuelto cada vez menos economicista hasta verse inundado por clichés filosóficos. Pero, ¿la fórmula del Evangelio Corporativo éxito=felicidad tiene algún trasfondo de verdad?
Hablaré del éxito a partir de mi experiencia del fracaso.
Pese a haber fracasado recientemente con un proyecto al que le dediqué diez años de mi vida, hoy me siento más realizado que nunca. No, porque la vida no presente desafíos, que eso es parte esencial de estar anímicamente vivo, sino porque me atreví a poner el trabajo en su lugar adecuado: por fin me mudé a la selva de Costa Rica, donde vivo con mi familia. Aprendí que para llevar una vida auténtica, aquella que uno anhela construir desde dentro hacia afuera, no hay que anteponer el dinero, sino que éste debe ser la consecuencia de una elección existencial previa.
Parece obvio, pero antes pensaba que tenía que contar con varios millones de dólares en el banco para poder construir una vida al margen de caminos preestablecidos, ya sabes, salirse de la carrera de ratas como la llaman algunos. Pero me di cuenta que se te puede ir la vida en ello. Me di cuenta de que, a mayor envergadura del proyecto, más dedicación demanda, y así puede llegar a consumirte por completo. Enfrentar la quiebra de mi empresita, aquella que prometía financiar mi estilo de vida, fue un alivio, porque abrió la posibilidad de reordenar mi vida de acuerdo con lo que dictaba mi corazón, en responder por fin a eso que llaman vocación (la filosofía y los libros).
En términos existenciales, sería algo así como radicarse en la existencia auténtica, viviendo al margen del mundo conformado por la opinión de los demás o de imágenes de éxito impuestas desde el exterior. Quizás algo tarde entendí lo que el éxito significaba para mí. Entendí que esperar a ser millonario para llevar una vida auténtica no es más que una ilusión por dos razones:
1) Todos los millonarios que he conocido trabajan como si no hubiera un mañana y viven como si no tuvieran un peso en su billetera. Es cierto: comen rico, salen con supermodelos, viajan seguido, pero el trabajo acapara la mayor parte de (para no decir toda) su vida con altos niveles de estrés.
2) Aunque fuese millonario, tomaría la misma decisión que he tomado en mis circunstancias actuales: me iría a vivir a un lugar rural donde pudiera vivir de manera sencilla en contacto con la naturaleza y disponer de tiempo para dedicarme a los asuntos que para mí son los importantes, como el cultivo de los afectos en mi círculo de amor inmediato, la educación de mis hijos, y contar con el ocio suficiente para leer y escribir.
Anteponer la generación de dinero a lo que realmente quería fue un gran error. Hoy me doy cuenta de que aquello no era más que una ilusión de seguridad para hacer más confortable el riesgo y el costo que conlleva equivocarse. Pues equivocarse sale caro y alguien tiene que pagar esos costos. Se trata de una seguridad sicológica, acaso fantasmagórica, asociada a un cierto número en la cuenta corriente que siempre está en el futuro. "Cuando pase tal cosa, me dedicaré a lo que realmente quiero". Y así uno escapa de uno mismo.
Me di cuenta que la trampa de la riqueza está en que subyuga la vida en la misma medida en que uno termina trabajando para obtenerla. Y lo peor es que la idea es más vieja que el hilo negro. La clave está en el vivir para: puede ser para Dios, la familia, el hogar, la empresa (sea ésta propia o ajena), los amigos y los artefactos. Como el tiempo es limitado, y no alcanza para todo, hay que priorizar.
Y ordenar esta dimensión como uno quiera tiene consecuencias prácticas. Porque cada fin escogido resultará en una vida distinta, de tal manera que, mientras más personal es el objetivo trazado, mientras más propio es el equilibrio entre estos aspectos vitales, más auténtica y lograda será la vida. Y es imposible no enfrentar esta situación: si no lo ordenas tú, alguien más lo hará por ti.
Hay quienes otorgan todo su tiempo al trabajo, como el célebre caso de Elon Musk cuyo horario semanal pasó a ser un meme.
Hay otros que entregan su tiempo a Dios, como el famoso padre Pío y los innumerables monjes anónimos cuyas biografías jamás se escribirán.
Hay otros que reservan su tiempo para compartir con su esposa y educar a sus hijos, anteponiendo esto a todo lo demás.
Lamentablemente hay otros que botan su tiempo a la basura, saltando de moda en moda.
Sea como sea, a algo hay que asignarle un tiempo, como dice el Eclesiastés 3:1-8, y eso depende únicamente de ti.
A fin de cuentas, 'éxito' es una de esas palabras que tienen muchos significados, que en este caso se refieren a la consecución de un fin intentado, a la realización de un objetivo trazado. De este modo éxito significa lo mismo que logro. Por lo mismo el éxito personal, a diferencia del éxito corporativo, pone el énfasis en la realización de un proyecto de vida en el que el trabajo se encuentra ponderado.
Mi visión del éxito, que me llega recién a los cuarenta años, ha sido la elección de una vida que deja atrás otras opciones que ya no fueron. En atreverme a vivir una vida filosófica en un mundo eminentemente práctico, productivo y consumista, que no valora la búsqueda y contemplación de la verdad de las cosas. Y aunque fracase en los resultados, ya sea que nadie lea mis libros, o que no tenga suscriptores en filósofo.com, todo eso será accidental, porque mi satisfacción está en haberlo intentado: en haber vivido de acuerdo a quién soy yo.
Visto así, me parece que si la fórmula corporativa tiene algún grado de verdad, es porque hay que trabajar para construir una vida auténtica. La falacia está en identificar ese trabajo que en la tradición filosófica se llamaba práxis, con el trabajo productivo o directivo, que en la filosofía se llamaba póiesis.
Por eso, me pregunto si el trabajo no será la excusa moderna para escapar de uno mismo, de distraerse en el tiempo productivo para escapar de la responsabilidad con la propia vida que trae el tiempo contemplativo. Dedicarse a la filosofía es una vía alternativa que te desafía a ocupar el tiempo en conocerte a ti mismo y en indagar en las cuestiones fundamentales, por cierto, en la medida de lo posible y ajustado a las circunstancias de cada quien.
Seguro que conoces la famosa obra de Aldoux Huxley 'Un mundo feliz' (1931). A propósito de conspiraciones, te sorprenderá saber que escribió una especie de apéndice a esa obra titulado 'Nueva visita a Un Mundo Feliz' (1958) en la que se refiere al primero en estos términos:
«En 1931, cuando fue escrito Un Mundo Feliz, yo estaba convencido de que se disponía todavía de muchísimo tiempo. La sociedad completamente organizada, el sistema científico de castas, la abolición del libre albedrío por el acondicionamiento metódico, la servidumbre hecha aceptable por dosis regulares de bienestar químicamente inducido y las ortodoxias inculcadas en cursos nocturnos de enseñanza durante el sueño eran cosas que venían, desde luego, pero no en mi tiempo, ni siquiera en el tiempo de mis nietos»(p. 7)
Y acá se tira la frase que da que pensar:
«Las profecías que hice en 1931 se están haciendo realidad mucho más pronto de lo que pensé» (p. 8)
¿Cómo? ¿Profecías? ¿No que era una novela de ciencia ficción? Un conspiranoico tomaría el sentido literal de sus palabras: la obra es un compendio de profecías noveladas. Alguien que se resiste a ver un plan maestro detrás de la historia dirá que se trata de una metáfora o un descuido del autor.
Pero si uno sigue leyendo, podrá notar que está muy seguro del tono profético de sus palabras, por cierto, no en un sentido inspirado por Dios, sino más bien por la capacidad de prever hechos futuros a partir de conocimiento del presente. El mundo descrito en la profecía es uno “excesivamente ordenado...donde la perfecta eficiencia no dejaba sitio para la libertad o la iniciativa personal”.
¿Qué sabía este hombre que los mortales de a pie ignoramos? ¿Cómo habrá llegado a un conocimiento tan detallado de los eventos que marcaron el siglo pasado cuyos efectos se están viendo en nuestro presente? ¿Será debido a que su familia era de la élite de Inglaterra y su hermano, Julian Huxley, fue un conocido biólogo eugenista, primer director de la Unesco a la vez que presidente de la Socidad Eugenésica?
Me imagino sus conversaciones:
-Pero cuéntame, Julian- le preguntaba Aldous a su hermano en la sobremesa del almuerzo dominical-, ¿y en qué estás trabajando?
-En un plan de dominio mundial, pero eso es todo lo que te puedo contar.
-Ya, pues, cuéntame- insistía mientras sacaba secretamente su cuaderno de notas de su maletín bajo la mesa.
Julian se largó finalmente luego de un par de copas.
Así, luego de comparar brevemente su obra con la igual de famosa '1984' de G. Orwell, concluye lo siguiente:
«Cabe decir que las probabilidades se inclinan actualmente más en favor de algo parecido a Un Mundo Feliz que en favor de algo parecido a 1984» (p. 9)
Comentaristas actuales dirán que el nuevo orden social que se está gestando es una mezcla de ambos.
La cuestión de la libertad personal es lo que hace el libro interesante:
«Hasta en los países que tienen una tradición de gobierno democrático parece que se está desvaneciendo esa libertad y hasta el deseo de esa libertad. En el resto del mundo, la libertad de los individuos ha desaparecido ya o está desapareciendo manifiestamente» (p. 8)
Por mi parte, soy tan poco optimista como se declara Huxley en esta breve libro que te invito a leer. Lo peor es que nos resistimos a aceptarlo. La estrategia del avestruz. O solamente una novela para disfrutar con un café.
Hoy te quiero presentar en español un breve escrito del reconocido economista y pensador libertario Murray Rothbard (1926-1995) para reflexionar sobre los alcances de la conspiración como método de análisis político. Antes de entrar en la lectura del texto, creo te serán de ayuda algunos precisiones sobre esta palabra tan cargada de animosidades.
La etimología es elocuente: viene del latín con- (todo, junto) y spirare (exhalar el aire del cuerpo, respirar, misma raíz presente en 'espíritu', para referirse por analogía a lo invisible que anima el cuerpo). Así, conspirar no sería otra cosa que respirar en conjunto, lo que da a entender una comunión estrecha entre quienes se reúnen para actuar en vista de un mismo objetivo. Si has ido a una clase guiada de yoga podrás hacerte una idea de lo potente que es respirar en comunidad.
En español disponemos del neologismo 'conspiranoico', que describe la paranoia de los defensores de una conspiración tras el decurso de la historia universal. Claro, paranoia desde el punto de vista de los críticos. Pero hasta antes de que la categoría fuese promovida negativamente por Karl Popper en su obra La sociedad abierta y sus enemigos (1945), no había nada de extravagante en pensar que había gente que se unía para hacer planes en contra de una autoridad.
En este escrito, M. Rothbard justifica el empleo de la conspiración cuando viene al caso y nos previene de cometer dos errores en el análisis conspirativo. A fin de cuentas, la conspiración es concepto de crítica política y quizás por eso se tiende a desprestigiar como categoría legítima de análisis. ¿Por qué extirpar del pensamiento la pregunta por quienes nos gobiernan realmente más allá de las apariencias? ¿Qué tienen las teorías de la conspiración que se consumen tanto como se odian? Dedicaré varios artículos más a este tema que me apasiona.
¡Buena lectura!
La teoría de la conspiración de la historia revisada (Murray Rothbard, 1977)
Cada vez que se presenta un análisis riguroso de quiénes son nuestros gobernantes, de cómo se entrelazan sus intereses políticos y económicos, los liberales y conservadores del establishment (e incluso muchos libertarios) lo denuncian invariablemente como una "teoría conspirativa de la historia", "paranoico", "determinista económico" e incluso "marxista". Estas etiquetas difamatorias se aplican en todos los ámbitos, a pesar de que tales análisis realistas pueden hacerse, y se han hecho, desde cualquier parte del espectro económico, desde la Sociedad John Birch hasta el Partido Comunista. La etiqueta más común es "teórico de la conspiración", casi siempre utilizada como un epíteto hostil en lugar de ser adoptada por el propio "teórico de la conspiración".
No es de extrañar que, por lo general, estos análisis realistas los expliquen varios "extremistas" que están fuera del consenso del establishment. Porque es vital para la continuidad del gobierno del aparato estatal que tenga legitimidad e incluso santidad a los ojos del público, y es vital para esa santidad que nuestros políticos y burócratas sean considerados espíritus incorpóreos dedicados únicamente al "servicio público". Una vez que se suelta el gato de la bolsa de que estos espíritus con demasiada frecuencia se basan en la tierra sólida de promover un conjunto de intereses económicos a través del uso del Estado, y la mística básica del gobierno comienza a colapsar.
Tomemos un ejemplo fácil. Supongamos que descubrimos que el Congreso ha aprobado una ley que eleva la tarifa del acero o impone cuotas de importación al acero. Seguramente solo un imbécil no se dará cuenta de que la tarifa o la cuota se aprobaron a instancias de cabilderos de la industria siderúrgica nacional, ansiosos por dejar fuera a los competidores extranjeros eficientes. Nadie lanzaría una acusación de "teórico de la conspiración" contra tal conclusión. Pero lo que el teórico de la conspiración está haciendo es simplemente extender su análisis a medidas de gobierno más complejas: digamos, a proyectos de obras públicas, el establecimiento de la ICC, la creación del Sistema de la Reserva Federal o la entrada de los Estados Unidos en un guerra. En cada uno de estos casos, el teórico de la conspiración se hace la pregunta ¿cui bono? ¿Quién se beneficia de esta medida? Si encuentra que la Medida A beneficia a X e Y, su siguiente paso es investigar la hipótesis: ¿X e Y de hecho cabildearon o ejercieron presión para la aprobación de la Medida A? En resumen, ¿X e Y se dieron cuenta de que se beneficiarían y actuaron en consecuencia?
Lejos de ser un paranoico o un determinista, el analista de la conspiración es un praxeólogo; es decir, cree que las personas actúan con un propósito, que toman decisiones conscientes para emplear medios a fin de llegar a metas. Por lo tanto, si se aprueba una tarifa de acero, asume que la industria del acero presionó por ella; si se crea un proyecto de obras públicas, plantea la hipótesis de que fue promovido por una alianza de empresas constructoras y sindicatos que disfrutaban de contratos de obras públicas, y burócratas que ampliaron sus empleos e ingresos. Son los opositores al análisis de la "conspiración" quienes profesan creer que todos los eventos, al menos en el gobierno, son aleatorios y no planificados, y que, por lo tanto, las personas no se involucran en elecciones y planes intencionales.
Hay, por supuesto, buenos analistas de la conspiración y malos analistas de la conspiración, así como hay buenos y malos historiadores o practicantes de cualquier disciplina. El mal analista de conspiraciones tiende a cometer dos tipos de errores, que de hecho lo dejan expuesto a la acusación de "paranoia" del establishment. Primero, se detiene con el cui bono; si la medida A beneficia a X e Y, simplemente concluye que, por lo tanto, X e Y fueron responsables. No se da cuenta de que esto es solo una hipótesis y debe verificarse descubriendo si X e Y realmente lo hicieron o no. (Quizás el ejemplo más loco de esto fue el periodista británico Douglas Reed quien, al ver que el resultado de las políticas de Hitler fue la destrucción de Alemania, concluyó, sin más pruebas, que, por lo tanto, Hitler era un agente consciente de fuerzas externas que deliberadamente se dispuso a arruinar Alemania.) En segundo lugar, el mal analista de conspiraciones parece tener la compulsión de envolver todas las conspiraciones, todos los bloques de poder de los malos, en una conspiración gigante. En lugar de ver que hay varios bloques de poder que intentan hacerse con el control del gobierno, a veces en conflicto y a veces en alianza, tiene que suponer, de nuevo sin pruebas, que un pequeño grupo de hombres los controla a todos y sólo parece enviarlos a la guerra.
Estas reflexiones están motivadas por el hecho casi descarado, tan descarado como para ser comentado por los principales semanarios de noticias, de que prácticamente todos los principales líderes de la nueva administración Carter, desde Carter y Mondale para abajo, son miembros de la pequeña y semisecreta organización. Comisión Trilateral, fundada por David Rockefeller en 1973 para proponer políticas para Estados Unidos, Europa Occidental y Japón, y/o miembros del directorio de la Fundación Rockefeller. El resto está relacionado con los intereses corporativos de Atlanta, y especialmente con Coca-Cola Company, la principal corporación de Georgia.
Bueno, ¿cómo vemos todo esto? ¿Decimos que los prodigiosos esfuerzos de David Rockefeller en favor de ciertas políticas públicas estatistas son meramente un reflejo de un altruismo desenfocado? ¿O hay una búsqueda de interés económico involucrada? ¿Jimmy Carter fue nombrado miembro de la Comisión Trilateral tan pronto como se fundó porque Rockefeller y los demás querían escuchar la sabiduría de un oscuro gobernador de Georgia? ¿O fue sacado de la oscuridad y hecho presidente por su apoyo? ¿J. Paul Austin, jefe de Coca-Cola, fue uno de los primeros partidarios de Jimmy Carter simplemente por su preocupación por el bien común? ¿Fueron todos los Trilteralistas y la Fundación Rockefeller y la gente de Coca-Cola elegidos por Carter simplemente porque sintió que eran las personas más capaces posibles para el trabajo? Si es así, es una coincidencia que aturde la mente. ¿O hay en juego intereses político-económicos más siniestros? Sostengo que los ingenuos que obstinadamente se niegan a examinar la interacción de los intereses políticos y económicos en el gobierno están desechando una herramienta esencial para analizar el mundo en el que vivimos.
