ir al contenido

El miedo a dejar pasar

OjoVoraz # 19

Por fin de vuelta. Montreal es una linda ciudad y, aunque es grande, se conserva muy limpia, ordenada, segura, y lo mejor, sin caca de perro regada por doquier que puede transformar el paseo dominical en una pesadilla. El congreso cayó al mismo tiempo que el famoso festival de jazz, donde tocó la banda de moda Angine de Poitrine (unos loquillos que tocan música atonal disfrazados de extraterrestres, cuya propuesta bien puede ser una monada, una genialidad o derechamente una payasada de músicos talentosos). Se desbordó el aforo, pero ni me enteré. No sabía que tocaban y justo ese día preferí ir a otro rincón de la ciudad a tomarme una cerveza. Supe que me había perdido el evento cuando ya estaba de vuelta en el hogar, al otro hemisferio. Pero, más allá de la curiosidad que despierta ver a músicos con una propuesta distinta, no los escucharía ni en pelea de perros. Prefiero escuchar al eterno bronceado, Luis Miguel.

Pese a ello, sí me dio FOMOfear of missing out o «temor a dejar pasar»– esa sensación de sentir que uno se pierde de algo extraordinario, que uno contempla de lejos como todos los demás disfrutan de la vida exuberante. Una ansiedad producto del deber moral de nuestro tiempo, el miedo a estar ausente donde uno debería estar presente. Dado que ya estaba ahí, debería haber asistido al concierto. Y si bien he visto descrito el fenómeno en relación con eventos sociales, lugares turísticos (las fotitos en tal o cual lugar que hay que tomarse), fiestas varias, nunca lo he visto abordado en relación con la vida personal: un miedo a perderse la vida del círculo íntimo, al tiempo que no se recupera, de aquellos que realmente te importan. Uno que se desprende de una dimensión existencial, y nunca desaparece del todo.

De este núcleo brotan los clichés. Lo cotidiano hace invisible lo importante, el tiempo que te arrebata lo único verdaderamente único, las personas que participan y le dan forma a tu vida. Ahí sí que hay un cierto deber de estar presente, simplemente presente, como una piedra inmóvil.

CTA Image

OjoVoraz, un boletín para quienes pensamos que la vida encierra un misterio inagotable. Cada semana, escritura para una mirada insaciable.

Apúntate

Sobre mi breve ausencia

OjoVoraz #18

Por si lo notaste, lamento mi ausencia. Estas últimas semanas me he dedicado exclusivamente a preparar mi presentación en el 9th World Congress on the Square of Opposition en Montreal y no me ha dado mucho espacio para sentarme a compartir OjoVoraz. Estoy entre los keynote speakers, todo un honor y orgullo para mí. Acá el enlace del Congreso por si quieres saber más .

Esta conferencia es una continuación de mi trabajo en la versión anterior del Congreso en 2024.

Aunque le daba el toque exótico a un filósofo independiente, esta vez voy sin el bigote: que voy participar para compartir lo que creo ha sido un descubrimiento original en la lógica aristotélica. Ya veremos.

CTA Image

OjoVoraz, un boletín para quienes pensamos que la vida encierra un misterio inagotable. Cada semana, escritura para una mirada insaciable.

Apúntate

Una época muy especial

OjoVoraz #17

«Puede decirse que todas las naciones bárbaras o civilizadas, grandes o pequeñas, poderosas o débiles, pacíficas o guerreras, bajo las más diversas formas de gobierno, profesando las religiones más contrarias, y sin distinción de climas y edades, han conocido la esclavitud» –José Antonio Saco

¡Qué manera de empezar un libro! Entre las joyas de mi biblioteca me encontré con la Historia de la Esclavitud del (exiliado) historiador cubano José Antonio Saco. Algunos dicen que el trabajador promedio de la actualidad trabaja bastante más que un esclavo romano. No lo sé con certeza. Pero eso sugeriría que la idea de esclavitud, además de ser relativa en términos históricos, depende más de la propiedad sobre el tiempo personal que de grilletes y latigazos. Lo que me pregunto a diario es si nuestra época no se auto-engaña en creer que es la excepción a esa regla.


CTA Image

OjoVoraz, un boletín para quienes pensamos que la vida encierra un misterio inagotable. Cada semana, escritura para una mirada insaciable.

Apúntate

En la senda de Cartesio

OjoVoraz #16

«Mis designios no han sido nunca otros que tratar de reformar mis propios pensamientos y edificar sobre un terreno que me pertenece a mí sólo. Sí, habiéndome gustado bastante mi obra, os enseño aquí el modelo, no significa esto que quiera yo aconsejar a nadie que me imite» –Renato Descartes

Aceptaron mi ponencia en uno de los congresos de lógica más importante del mundo. El Square of Opposition International Congress que este año toca en Montreal. Estoy contento y nervioso. Porque, por un lado, voy a exponer lo que creo ser un descubrimiento original, el hallazgo de algo inédito. Y por otro, expongo como independent researcher, porque no tengo afiliación institucional que me respalde. Me presento nada más que con mis ideas, lo cual para mí al menos se siente extraño. Una mezcla de orgullo de que han valorado mi propuesta independientemente de mi situación académica, aunado al miedo de exponerla frente a los más capi del mundo.

Es interesante, porque la palabra afiliación se usa habitualmente en estos contextos para referirse a la pertenencia a alguna institución o asociación. La palabra viene del latín ad- el prefijo que significa dirección «hacia» más filius, hijo. Literalmente sería algo así como «hacerte hijo». De este modo, al incorporarse como hijo de una institutición ya se admite que hay un padre. La afiliación es de esas relaciones que van en dos direcciones: correlativas dicen los encumbrados. La afiliación institucional te dice, entonces, implícitamente que hay un padre detrás del que va a hablar. En cambio, quien no la tiene, va como huérfano en la vida académica. El respaldo da seguridad y confianza al niño recientemente incorporado.

Y te lo digo precisamente porque me las tengo que haber con lo contrario: sin respaldo me siento a veces inseguro y con menos confianza. Pero nunca tanta como para perder de vista mi trabajo en la convicción de la importancia de la filosofía para los tiempos que corren.

Creo que en el fondo la afiliación institucional esconde una transferencia del poder paterno, al menos de su figura de autoridad, que opera una sutil intimidación previa al encuentro. Ciertamente no sería lo mismo si me presentara con Oxford o Harvard detrás. Se vería bonito, pero más importante aún es que generaría la expectativa de lo que sale de mi boca es casi una revelación del Sinaí. Cuando me presento como independent researcher veo la decepción antes de pronunciar cualquier palabra.

Lo que me lleva a pensar que la afiliación entrega una señal, casi como un sello de calidad, que empaqueta lo que se dice –el contenido del packaging–, realzándolo en un marco, como los cuadros, y dándole autoridad como el INRI sobre el madero (ahí solamente los romanos dicen que tienen más autoridad y poder que el colgado). Da lo mismo lo que se publique sino cuánto.

Pero para contrarrestar esos sentimientos me repito de vez en cuando que en la filosofía, y así como en las demás disciplinas del pensamiento, lo importante no es quién lo dice ni quién lo respalda, sino lo que se dice. La autoridad debiese ser indiferente para una disciplina tan noble. En eso Descartes me parece aún insuperable, habiéndose ganado varios puntos en la autonomía del pensamiento al pararse solo frente a cualquier autoridad. Su peluca habitual no le resta ni un pelo de mérito. Por eso los filósofos son malos haciendo gremio, que por definición su disciplina es «la ciencia más libre de todas», propia de la persona que la hace de nuevo cada vez. La institución cede, el hijo por fin se puede volver padre de su obra y pensamiento.

CTA Image

OjoVoraz, un boletín para quienes pensamos que la vida encierra un misterio inagotable. Cada semana, escritura para una mirada insaciable.

Apúntate

De sermones y homilías

OjoVoraz #15

«Mi satisfacción es plena cuando escucho, no cuando predico...No hay miedo entonces a dar en el precipicio de la vanidad, porque se mantiene uno sobre la firme roca de la verdad. El lugar de los oyentes es el de la humildad» –Agustín de Hipona

En la entrega anterior dije que detestaba a los escritores que sermoneaban a su lector. Pero vale hacer una aclaración importante, porque tengo la fortuna de contar con un sacerdote entre mis suscriptores y parte de su quehacer es dar sermones. Poco se advierte la profunda dimensión humana tras esta cuestión, pues el púlpito, esa capacidad y gracia de hablar frente a una audiencia dispuesta a escuchar, tiene una doble dimensión moral.

De etimología sencilla, la palabra viene de sermo, una expresión latina para significar todo un campo relacionado con la retórica y el lenguaje, que se encuentra de forma consumada en la conversación. Viene de una raíz ancestral en la idea de entretejer, encadenar. Por eso, un sermón no es cualquier tipo de intercambio, sino una conversación ordenada. Hay también otra palabra relacionada aunque menos usada, la homilía, que he visto definida como sermón corto durante la Misa. Su origen griego sugiere el estar juntos, en comunión (de ahí el trillado «comunidad» de la mercadotecnia). La homilía vendría a ser un cierto tipo de sermón, uno orientado a revivir cada vez lo que aconteció en una montaña de Judea: un aleccionar acerca de cómo lograr una vida bien aventurada. Por defecto se asoció después con cualquier reprensión para enderezar tu vida que te empuje a realizar o dejar de hacer cierto tipo de acciones censurables.

De este modo, la diferencia entre el sermón del escritor, incluso del cineasta, con el del sacerdote radica en la humildad de parte de quien libremente se dispone a escuchar y la sinceridad sin engreimiento de quien ofrece la palabra, en la transparencia de proponer una conversación. Porque creo que a ningún adulto le gusta que lo sermoneen contra su voluntad. Ya tuvo suficiente con sus padres.

Lo que me molesta de muchos escritores es que, abusando de tu atención libremente concedida, elaboran una prédica disfrazada de trama novelesca. Prometen una narración, pero en el fondo lo que se busca es que reconduzcas tu vida. Ni siquiera la divulgación científica se escapa: también promete ciencia, pero te entrega moral, cuando proclama que no somos más que polvo de estrellas. Quizás se deba a que hay menos responsabilidad en eso que defender una posición abiertamente en un ensayo. En cualquier caso, sería distinto si te dijeran desde el inicio que van a cantártelas cómo es que has de vivir y pensar. Ahí cada uno verá cómo enfrenta el texto, como me pasa con la honestidad de Saramago.

Así, si se piensa la lectura como un contrato entre escritor y lector, que me parece una manera acertada de entender la relación, se trata de un rompimiento del pacto. Te prometo una cosa para ganarme tu atención, pero te entrego otra. Gato por liebre en el comercio de la consciencia.

Cuando uno acude al templo, en cambio, acepta con toda libertad que alguien te de un sermón. Por mi parte, espero que la homilía me hable del más allá, donde terminaremos todos y está la gente que uno ha amado. La sola posibilidad de ese reencuentro vale más que las más sofisticadas explicaciones del entrelazamiento cuántico. Lo increíble es que muchos sacerdotes ya inseguros de su posición te hablan del más acá para evitar la censura implícita que hay en el sermón cuando se aleja de su sentido noble.

Por eso, si libremente me dispongo a oír un sermón sentado sobre un banco de madera que por alguna extraña razón siempre está helado, que sea sobre el más allá; que me hablen del misterio del amor y la eternidad. Pero si me van a sermonear sobre el más acá, ya tengo suficiente con el escritor.


Como siempre, uso este diccionario etimológico para averiguar el fascinante uso primigenio de las palabras: https://etimologias.dechile.net/

Las joyas de mi biblioteca

OjoVoraz #14

«Así como una biblioteca muy numerosa pero desordenada no tiene tanta utilidad como una muy discreta pero bien dispuesta, una gran cantidad de conocimientos, que no hayan sido elaborados por el propio pensamiento tiene mucho menos valor que unos conocimientos en número muy inferior pero reiteradamente meditados» –Arturo Schopenhauer

Retomando de la idea de la entrega pasada, me las di de sabio y finalmente me atreví a ordenar mi biblioteca, a la que tenía abandonada por este periodo de exilio voluntario que a nadie interesan. Cinco años acumulando polvo; y ya se me había olvidado la lógica que le había conferido originalmente. Ahora dispuse un criterio temático e histórico que espero dure un par de años más. Debo tener algo más de mil ejemplares de filosofía y obras completas de unos cuantos novelistas escogidos. Entre ellos, cómo no, José Saramago, mi placer culpable; un estilo magistral mezclado con un ateísmo que le resta profundidad. Mi opinión, claro. Comienzo a leerlo maravillado y siempre, absolutamente siempre, termino decepcionado. Pero no puedo parar. Me gusta Saramago y cuánto agradezco que no sermonee a su lector.

Entre tanto libro descubrí que me sobraba espacio allí donde antes me faltaba. Las maravillas del orden. Pero lo más sorprendente es que encontré un tesoro: aparecieron joyas que ni sabía que tenía. Te las iré mostrando en diferentes entregas, como éste querido librito: Los 10,000 verbos castellanos ¡de 1887!

Es lamentable ver el rápido deterioro actual de la lengua española. Noto como se han reducido sus posibilidades expresivas, cediendo al dominio pragmático del inglés. Hay quienes denuncian el abuso del presente continuo por sobre el presente del indicativo, que sigue una sintaxis anglosajona en vez de la hispana auténtica. Si es verdad la frase atribuida a Víctor Hugo, hay que honrar el español, porque mientras el inglés es la lengua del comercio y el francés del amor, la nuestra es la lengua para hablar con Dios. ¡Toma Saramago! Y para eso es importante conocer su tesoro: ¡10,000 verbos! Cuánta riqueza.

Lo ojeo de vez en cuándo para saber lo que hay a mis espaldas, porque detrás de una lengua hay un pensamiento.

Belleza total que por ser tan cercana suele pasar desapercibida, como la esposa que despierta después de décadas a tu lado. La belleza antevista.

A esa entrada del verbo antever la antecede otra de igual estirpe: antevenir. Y así es fácil perderse en este modesto librito. Belleza que sólo puede vivir en nuestras bibliotecas y quizás nos disponga mejor para hablar con Dios. Vaya descubrimiento.

¿Por qué la fijación con el sabio?

OjoVoraz #13

«Ordenar es propio del sabio» –Tomás de Aquino
«¿Pero qué necesidad? ¿Para qué tanto problema?» – Juan Gabriel

Quizás te parezca obvia, pero me tomó más de veinte años entender la sentencia. Recién a mitad de mi vida –espero estar en la mitad– creo que he podido captar su sentido. Y quizás por lo mismo, los filósofos clásicos recomendaban dedicarse a la filosofía, lo mismo que a la ética y las cuestiones políticas, ya entraditos en canas. Un mozuelo por definición carece de experiencia vital, la misma que te da la perspectiva del tiempo para juzgar las cosas. Y como la filosofía tiene que ver con la vida personal, la de cada uno, en su totalidad, un joven al estar hecho de ilusión y expectativa, con más futuro que pasado, tiene poca base sobre la que apoyarse. En mitad de la vida, en cambio, hay tanto pasado de apoyo como futuro que proyectar. Aterrador, lo sé.

Toma tiempo y esfuerzo deliberado aprender a sopesar las cosas y asignarles el lugar que le corresponde en la vida. De hecho, de ahí viene la idea originaria de pensamiento, de ponderar, tomarle el peso y la gravedad a cada cosa. Es semejante a ordenar la habitación, « cada cosa en su lugar», sólo que en la vida el lugar no es físico sino el tiempo limitado que se nos ha dado. Con qué lo llenamos es la cuestión apremiante, pues llenarlo con unas cosas requiere siempre sacar otras. Tan sólo en un sentido derivado y muy abstracto el pensamiento puede concebirse como una facultad, una máquina si quieres, de sopesar razones. Más tedioso que aterrador. Y quizás sobre esa capa se erige un sentido pragmático de solucionar problemas.

Pero el sabio no es un problem-solver, porque, como bien recuerda Juan Gabriel, la vida no es un problema a ser solucionado aunque a veces así lo parezca. Ordenar es una actividad vital que reclama la vida entera. El sabio es alguien que ordena, no alguien que informa.

No creo haber visto nunca a uno. Tan escaso es este tipo humano que parece un ideal. Si el sabio no parece haber existido nunca en ningún lugar, ¿de adónde viene esa esquiva idea de que podemos y queremos saberlo todo sin contento?

Sabio en todo, experto en nada

OjoVoraz #12

«El sabio lo sabe todo en la medida de lo posible, sin tener la ciencia de cada cosa en particular» – Aristóteles

El problema es que muchos piensan que saben mucho, pensando en que saben muchas cosas: 1, 2, 3, 4... en vez de saber qué es el número. Ciertamente que el experto sabe algunas cosas, quizás importantes pero no por eso menos triviales, por estar sometido a la tiranía insoportable de la especialización. No hay mejor manera de ilustrarlo con que existen médicos especializados en una sola rodilla; que si vas con una dolencia en la izquierda, te derivará al especialista en la derecha. Así se pierde de vista que uno camina con las dos. Por eso, quizás, amigos cercanos me han preguntado con toda honestidad, «Gonzalo, si los filósofos son tan inteligentes, ¿por qué no son millonarios?». Acusé el golpe.