Una breve filosofía del fútbol
OjoVoraz #8
«En todos estos intentos actúa el mismo motivo fundamental: la resistencia del sujeto a ser nivelado y utilizado por un mecanismo social y técnico»
–Georg Simmel
Con esta entrega me disparo en los pies. No me gusta el fútbol: no lo practico, no lo miro. Nada de nada. Me parece una fomedad total, aunque como todo niño disfruté pegándole a una pelota de ajedrez y soñé con poder hacer el tiro del tigre. Pero hace un tiempo me he percatado de un fenómeno curioso por su fuerza de arrastre. Por alguna razón arcana, no me puedo sustraer de su influjo ni abstraer de sus relatos. A ratos me veo interesado en la discusión de quién ha sido el mejor jugador de la historia: si CR7 o Messi, Maradona, Pelé o el Fenómeno. El tema interpela con una fuerza que me hace imposible mirar para otro lado pese a que no me interesa en lo más mínimo. No te miento que estaré pendiente de si Cristiano gana el mundial.
Lo que me lleva a plantearme algunas preguntas: ¿por qué un deporte colectivo por definición se evalúa en términos individuales? Y no sólo eso, sino que incluso asumiendo un criterio de evaluación individual, sólo algunas posiciones son admitidas para acceder al puesto del mejor de la historia. Nadie le daría ese título a un arquero, ni siquiera a René Higuita cuando atajó haciendo un escorpión o cuando le quitaron la pelota los cameruneses en el '90 (corría en cámara lenta al lado de los africanos 😅). Así, cualquiera estaría de acuerdo en que es improcedente comparar la Araña Yashin con Messi, porque uno fue un guardametas ruso de los sesenta y el otro un delantero argentino contemporáneo (o como sea que se llame la posición y función que ocupa en el campo). Otras épocas, otras posiciones.
Pocos, sin embargo, reparan lo suficiente -ni se escandalizan los hinchas- con que se comparen méritos individuales en un juego colectivo. Así, pues, en vez de comparar estructuras grupales, como la defensa del Madrid de tal año con el mediocampo de ColoColo del '91, o la delantera de Brasil del '70 (repito: no entiendo nada de fútbol, los ejemplos son para hacer mi punto), se comparan jugadores de una sola posición o función, por lo general delanteros o goleadores. Cosa distinta ocurre en el tenis o en el surf, donde los méritos del resultado sí dependen únicamente del desempeño personal. En el fútbol, lo lógico y esperable sería comparar equipos. Lo otro, me huele raro.
Cuando al fin pensaba que mi madurez intelectual me podía mantener a salvo de la marea futbolera, el otro día mi hijo me pidió que le comprara una pelota y lo llevara a jugar con sus amigos. Ni te explico cómo se me apretaron las entrañas ante mi incapacidad de una reacción limpia: si lo animaba con entusiasmo, en el fondo le mentía. Pero si no lo hacía, lo decepcionaba. No había forma de escapar al dilema del amor paterno. Así que una breve negociación conmigo mismo me permitió prometerle una pelota y acompañarlo a jugar, tratando de fomentar su propio gusto por el deporte. ¿Pero si yo jamás le había mencionado que existía ese juego, como se había enterado? En la escuela, por supuesto, donde todos sus amigos hablan de jugadores, equipos y resultados. Naturalmente él tampoco se puede sustraer a esa fuerza y no le quiero transmitir la maldición de un espíritu crítico. Por lo menos, no a tan temprana edad. Así que fuimos a practicar el Siuuuu de CR7. Me mostró sus quinientos intentos hasta que le resultó. Sonreí.

Mi perplejidad ante esta fuerza cultural me llevó a dar con una distinción del filósofo y sociólogo berlinés, Georg Simmel. Pues, entre las tantas cosas difíciles que tiene la filosofía es hacer concreto un concepto abstracto: en ilustrarlo por medio de un ejemplo o mostrar cómo opera en la vida cotidiana. Para comprender lo que el fútbol me generaba, esa imposibilidad de soltarme de sus tentáculos y que primen mis preferencias en una sociedad que las ignora, acudí a su distinción entre cultura objetiva y cultura subjetiva.
«El aumento desproporcional de la cultura objetiva en relación a la subjetiva pesa sobre la autonomía de cada individuo» –Micaela Cuesta
El fútbol, quiéralo o no, es cultura objetiva que presiona la autonomía individual. Lo veo en mi hijo. Nada de malo con el juego más bonito del mundo, como dicen sus adeptos. Pero de lo que hablo es de otra cosa: su fuerza social, que en definitiva, es política. Esa fuerza es poder operativo, de facto, sin conspiración. Es la forma más rudimentaria, trillada y efectiva de poder. En este sentido, el fútbol va más allá de la mercadotecnia, porque se ha independizado de sus creadores y tiene vida propia, convirtiéndose el espacio en que grandes masas construyen su identidad.
La frase de don Aurelio
OjoVoraz #7
«La Naturaleza es el conjunto de todo lo que existe» (revelaré el autor en la glosa)
Como soy escéptico con la ciencia moderna me he propuesto volver a estudiar Matemáticas. Desconfiado, tiendo a suspender el juicio con respecto a algunas de sus afirmaciones, sobre todo las más radicales y generales. No me creo todo lo que dicen los científicos. Por eso, me he propuesto estudiar las matemáticas justas para llevar adelante mi tarea como filósofo de reducir, sino eliminar, la brecha entre lo científico y humanista como disciplinas del conocimiento.
División que me parece más derivada de una política que una división real de los saberes. Así que aunque fracase en esa tarea, me he decidido a estudiar las matemáticas a fondo para comprender el lenguaje científico desde adentro. Inflitrarme, como cuando los científicos se inmiscuyen en la filosofía.
Porque un filósofo fracasado, a diferencia de otros oficios, puede ser un gran filósofo precisamente a causa de ese fracaso y no a pesar de él. Al menos tuvo el mérito de mostrar un camino intransitable para otros. Para ese propósito, entonces, abrí el famoso texto Áritmética de don Aurelio Baldor como preparación para su Álgebra, y recién en la primera página noté la frase algo desencajada, fuera de lugar.

A primera vista es una frase que a cualquiera remotamente familiarizado con la filosofía le sonaría familiar. La podría haber dicho Anaximandro, Demócrito, Aristóteles, Descartes, Galileo, Russell y varios más. Mi expectativa era una sentencia más de campo, sobre los números y su manipulación notacional. Pero la afirmación es totalmente filosófica.
Fíjate en los términos que la componen:
- Naturaleza
- Conjunto
- Existencia
Ninguno evidente por sí mismo ni más claro en su significado que los demás. Juntar los tres en una sola frase es un atrevimiento mayor.
Intuyo que don Aurelio debe haber estado impregnado del proyecto intelectual de la época en que figuras como Gottlob Frege, Bertrand Russel y N. Whitehead fijaban los términos de lo que se podía pensar con rigor. Así, todos esos ilustres pensadores coincidían en eso: que la Naturaleza es el conjunto de lo que existe, porque comparten una manera común de comprender su significado. Pero para un escéptico como yo, detecto rápido cuando una afirmación filosófica se pasa como si fuera científica.
El problema de la frase están en que, como arranque de un texto de Aritmética, moldea la manera de pensar, porque lo que viene después, ciertamente es verdadero. Se produce la temida falacia del consecuente. Pensar equivocadamente que, a causa de lo que viene a continuación es verdadero (en este caso, la aritmética), lo anterior también lo es (la frase inicial). Y te lo digo con toda seguridad: nada de lo que diga esa frase está justificado en la aritmética por si sola. Se necesitan ideas no numéricas, como la de existir.
No creo que haya habido mala fe de parte de don Aurelio, pero creo que es de esas cosas que adoctrinan en el 'pensamiento científico' y contribuyen a esa división tan indeseada con lo humanista. ¿Dónde está el problema con todo esto?

Que si Dios se cuenta o está entre las cosas que existen, estaría en la Naturaleza. Pero, por otro lado, si no es parte de la naturaleza, ¿quiere decir que no exista? Ya lo han dicho autores neoplatónicos hace rato. Dios es, no existe. El ser está más allá de la existencia, pero tampoco es la nada. Aunque también se Lo puede pensar como la nada respecto de todas las cosas existentes. Trabalenguas con sentido profundo desde Plotino a Tomás de Aquino. Sea como sea, la frase sostiene que únicamente existen los seres naturales.
Y como Dios no está dado a la experiencia ni los métodos de la ciencia, algunos científicos concluyen que no existe. Pero lo que parece una afirmación de física es en realidad una afirmación filosófica, discutible ciertamente -y ahí está lo jugoso-, pero en los términos que corresponde.
No me cambie (ni me imponga) las reglas del juego.
Ya pronto comienzo con la aritmética.
Bonus
La Escuela de Atenas, he visto la imagen mil veces, pero cuando la pude ver en directo lloré.
La meca del filósofo moderno, solitario en su quehacer, pero parte de una empresa colectiva, cuya comunidad intemporal el cuadro representa de manera sublime.
Pero incluso después de haberla visto con detención, siempre me aporta con detalles desconocidos.
👉 Acá puedes leer cómo fue inspiración de mi novela filosófica de juventud.
Pero la imagen de hoy es un recorte que muestra al matemático árabe medieval, Averroes, mirando los apuntes de Pitágoras.
Hermoso.
Pessoa, filósofo
OjoVoraz #6
«Y entonces, diré "Me soy". Habré expresado una filosofía en dos breves palabras. Obedezca a la gramática quien no sabe pensar lo que siente» | Fernando Pessoa
Pessoa frente a Platón. «Me soy» refresca la idea de que el filósofo es quien se atreve a pensar el ser. Piénsalo como quieras, pero piénsalo. Por eso, cuando una filosofía no te habla del ser o lo evita con rodeos sofisticados, es otra disciplina que lleva el mismo nombre, como un billete antes y después de la inflación.
- Pessoa, Fernando, Libro del Desasosiego, Acantilado 2013, 98 ↩︎
La divulgación de un saber difunto
OjoVoraz #5
«Dios ha muerto» – Federico N., 1882
«La filosofía ha muerto» –Esteban Halcón-Rey, 2010
En nuestra cultura, la muerte de la filosofía sucede a la muerte de Dios. Por alguna razón a los intelectuales les encanta declarar la muerte de lo que sea, pero acá la han liado con el sepulcro de dos personalidades ilustres. Que sea un filósofo el que declare la muerte de Dios, y un científico la muerte de la filosofía, no es casual. Aunque tampoco providencial. Dios ha vivido sin necesidad de la filosofía en casi toda cultura conocida, adoptando formas innumerables. No así la filosofía sin Dios, aunque sea únicamente para negarlo. Pero si muere Dios, ¿por qué ha de morir también la filosofía?
La desaparición del escritor comprometido
OjoVoraz #4
«El escritor serio es una figura o un tipo en retroceso» | James T. Farrell
Si esperabas que ya era hora de hablar de cómo la IA pone en riesgo las profesiones y amenaza en especial al oficio del escritor, sigue leyendo. En el inglés original la frase dice 'decline', pero le puse «retroceso» en vez de otras traducciones, porque ese es el punto delicado que le pone título al artículo del Sr. Farrell:
«El Declive del Escritor Serio»
Naturalmente agradecerás -al igual que yo- que desaparezcan los escritores serios, si con ello queremos decir graves, aburridos, que se pierden en detalles que a nadie interesan, o que levantan ceja para predicar sin púlpito.
Pero en este caso, el Sr. Farrell usa la palabra 'serious' para calificar a un cierto tipo de escritor, donde traducir por «seriedad» o «gravedad» tampoco honra su sentido.
Lo que distingue, en cambio, al autor «serio» del que tan sólo lo parece, es haber dedicado y orientado sus fuerzas vitales al cultivo de un oficio inagotable; como el filósofo a la verdad, o el artista a la belleza.
Y eso se logra únicamente con una decisión libre, porque perseguir el oficio requiere renuncias importantes: económicas, sociales, y por qué no, afectivas.
El escritor serio es un autor comprometido con un conjunto de ideas y valores integrados en una visión estética que abarca la vida entera.
Por eso el artículo advierte acerca de la extinción inminente de ese tipo social que tuvo su apogeo en la cultura de los últimos siglos, expulsado por las fuerzas del mercado hasta casi desaparecer .
Una cultura que ha abdicado de sus valores tradicionales.
Del más allá al más acá:
«Y una de las razones de este declive radica en el hecho de que la seriedad, las ideas y la literatura no se pueden comercializar fácilmente»
Y la razón es la misma que exige el cultivo de la filosofía: tiempo. Pues:
«La audiencia masiva no tiene tiempo para pensar y tiene poco tiempo para sentir»
La literatura, y diría que también una cierta filosofía, se consume como texto o vídeo:
«La atención se centra en el ocio y el consumo, que ahora son factores dominantes en nuestra próspera sociedad»
Pero no contento con distinguir al escritor serio del productor de texto para una audiencia masiva, el Sr. Farrell se manda un bombazo:
«La gente quiere que gran parte de su pensamiento venga empaquetado»
El empaquetado o envasado (packaging) es una práctica industrial que con el tiempo se convirtió en una función de la mercadotecnia (marketing).
Los orígenes del packaging se remontan al problema de la distribución masiva de alimentos, donde el envase tenía la función de protegerlos y transportarlos.
La producción en masa exigió soluciones de envasado estandarizadas.
Y en la estandarización está la clave, porque un pensamiento empaquetado es un pensamiento estandarizado, es decir, uniforme y masivamente distribuido.
Por eso hoy parece haber cajas de resonancia en vez de personas con criterio propio.
El packaging de las ideas importa tanto como su contenido.
La pregunta, entonces, no es tanto quién lo produce, sino quién lo envasa.
En definitiva, me temo que la desaparición del escritor comprometido arrastra también la desaparición del lector competente, uno con criterio formado y capaz de pensar por sí mismo.
Y cualquiera diría que la cita del epígrafe es otra crónica o diagnóstico de lo mal que va nuestro mundo, la venta de un apocalipsis del que ni siquiera el escritor puede escapar.
¿Pero qué pensarías al enterarte que el artículo de Farrell es de 1957, escrito hace casi 70 años?
Biblio:
- James T. Farrell, “The Decline of the Serious Writer”; The Antioch Review, Vol. 17, No. 2 (1957): 147–160.
- Diana Twede, “The Birth of Modern Packaging: Cartons, Cans and Bottles”, Journal of Historical Research in Marketing 4, no. 2 (2012): 245–272.
Una hermosa metafísica
OjoVoraz #3
«El mundo amado por los niños y descrito por su filósofo, Aristóteles | Albert G. A. Balz. [1]»
Hay que estar muy inspirado para lograr una frase tan profunda y certera como la del profesor Balz; de potencia inusual, condensa en un solo enunciado una gran tesis filosófica como el micro-cuento del dinosaurio. Máximo impacto con economía de medios.
Cuando le pregunté a mi esposa en la sobremesa (una institución en extinción, por cierto) qué le había parecido la primera entrega de OjoVoraz, me decepcioné al ver que no le había prestado atención ni dado importancia. «¿Ya y qué? ¿Eso es un cuento?...esperaba algo más elaborado, como los que escribías antes», me decía. Le parecía simplón, al borde de lo pretencioso. Como ingeniero civil que es, confío en su criterio al que suelo poner a prueba de vez en cuando. Nuevamente me fui derrotado en mis pretensiones intelectuales.
Más tarde, gracias a mis niños de cinco y casi tres, pude apreciar el genio narrativo de Monterroso, cuando luego de oír esas siete palabras no tardaron en llegar agazapados, acosándome con miles de preguntas: ¿Por qué el dinosaurio todavía estaba ahí? ¿Era un dinosaurio de verdad o uno de mentira? ¿Cómo llegó a su pieza? Y se ponían a elaborar teorías: «Quizás entró por la ventana», decía uno, «o quizás por la puerta», decía la otra. Me tuvieron así por dos horas. Literal.
Por eso cambié el enfoque que tenía reservado para esta ocasión, dejando de lado la dimensión argumental para bajar al registro del asombro. Ya es un lugar común decir que la capacidad de asombro es el primer paso para adentrarse en las profundidades de la filosofía. El asunto es que los niños son maestros en eso.
Lamentablemente esa capacidad se va adormeciendo de a poco, y con los años, cae en el olvido. Quizás sea tarea del filósofo despertarla. Porque el asombro filosófico no es una emoción distinta, sino que reúne en una misma mirada lo que el asombro infantil encontraba disperso en muchas. Como cuando desde la ventana del avión se integran en un conjunto cosas que antes se veían separadas.
El asombro filosófico despega desde la multiplicidad de las cosas concretas y singulares de la experiencia común, hasta darse cuenta de que todas esas cosas simplemente están ahí, como el dinosaurio. Y cuando la inteligencia le agrega a la emoción cruda el por qué de todo eso, ya se ha sembrado la semilla del filosofar. Entonces, Aristóteles es en cierto sentido el filósofo de los niños, porque busca una filosofía en la que las teorías más complejas den cuenta de ese mundo por el que nos maravillamos alguna vez.
¡Vaya afirmación la del profesor Balz! ¿No? El amor te saca de ti mismo y te mueve a conocer aquello que se ama. Por eso la filosofía es una manera de amar este mundo tan maravilloso, buscando sus causas y principios. Así la inocencia del asombro infantil, por el amor espontáneo de su mundo inmediato, merece llamarse por lo que es: una hermosa metafísica.
Anton Webern y la filosofía
OjoVoraz #2
«Condenado al fracaso total en un mundo sordo de ignorancia e indiferencia, siguió inexorablemente tallando sus diamantes, sus deslumbrantes diamantes, cuyas minas conocía a la perfección»
Decía Igor Stravinsky sobre Anton Webern, músico austríaco, maestro en componer piezas de extrema concisión poética. Las obras de Webern tienen una belleza misteriosa que revela en una breve composición las profundidades del alma humana, las minas a las que se refería Stravinsky.
Con esto quiero despejar la confusión esperable de la filosofía miniaturizada con el aforismo, como los de Nietzsche que tanto gustan a los gurús del desarrollo personal:
Derribar ídolos...eso sí ya forma parte de mi oficio
El aforismo desprende un aire de autoridad que ni el microrrelato ni las composiciones de Webern pretenden. En cambio, la concisión poética te hace participar, invitándote a llenar activamente los vacíos y omisiones. Ciertamente la brevedad define la extensión de la pieza, pero no mucho más: no habla ni de su composición ni estructura interna, donde está la sustancia jugosa y sabrosa. Por eso, más allá de la brevedad, la similitud con el aforismo es superficial y aparente.
Y acá creo que está la diferencia fundamental: el aforismo sentencia; la miniatura compone. Y compone una totalidad, armada a partir de una multitud de partes discretas y sucesivas, que se expresa con pocos recursos, en la que el silencio y la omisión son partes constituyentes de la pieza.
Y volviendo al asunto de ganarse la vida con las obras del espíritu como la filosofía y las artes, Webern con toda su genialidad no logró ganarse la vida con su obra, sino que su reconocimiento -cómo no- fue póstumo.
Condenado al fracaso total en un mundo sordo de ignorancia e indiferencia...
Si eso ocurre con la música, ¿qué esperar para la filosofía?
Filosofía en miniatura
OjoVoraz #1
«Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí» | Augusto Monterroso
Palabras de gran impacto narrativo. El relato de Monterroso revela cómo puede escribirse una narración completa con economía extrema de recursos. Me pregunto si puede escribirse una filosofía con esa misma potencia.
Esta es la primera entrega de OjoVoraz.
Finalmente me decanté por el boletín por sobre la plataforma Filósofo.com.
Puedes revisar la historia y su inspiración en este enlace → Leer.
Paradójicamente, corren tiempos extraordinariamente favorables para el cultivo de la filosofía, pero a la vez son desafiantes, porque el exceso de información lleva a perder de vista el criterio para distinguir lo verdadero y encontrar lo esencial.
Por eso, OjoVoraz es un boletín que propone hacer filosofía en tu inbox.