El origen de OjoVoraz
Una pequeña librería de barrio con una vocación inmensa.
«Mentalidad Libresca es aquélla en que la educación de una persona no puede concebirse sin la suma provechosa de sus lecturas» –Pablo Boullosa
A comienzos de siglo, en los años en que ardía mi pasión irrefrenable por los libros empolvados, buscaba obras de filosofía y literatura en los rincones de mi ciudad. Recuerdo que andaba tras Crimen y Castigo, que en ese entonces no era fácil de conseguir. Deambulando por las ruinas de la calle Valparaíso, aquélla donde había paseado tantas veces de la mano con mi abuela, de casualidad me topé con un escaparate donde se exhibían libros usados en el segundo piso de una galería comercial.
Era un sucucho esquinero de 15 metros cuadrados, que daba suficiente espacio para que don Julio, su fundador, durmiera la siesta. En ocasiones ni la campanilla de la puerta lograba despertarlo y disimulaba somnoliento las marcas del libro que usaba de almohada.
Don Julio contaba que había abierto la librería en ese cuchitril después de haber sufrido un ataque al corazón que casi le cuesta la vida. El susto lo hizo replantearse, renunciar a su trabajo, y empezar de nuevo a los cincuenta años, lejos del estrés. Si bien se presentaba a la pata del cañón todos los días, abría el boliche a cualquier hora, lo que convertía en una aventura incierta algo tan simple como ojear un libro. Los tiempos sin Amazon.
Como casi todo amante de los libros, era fanático de Borges y se gozaba mostrando las raras ediciones que tenía de sus obras -por supuesto que no estaban a la venta. Por él supe que existía una editorial española, Aguilar, que tenía ediciones exquisitas de papel de biblia forradas en cuero de autores clásicos. Después de las obras completas de Dostoyevsky, me hice de todas las que pude para saciar mis intereses: aún conservo las Obras Completas de Cervantes, Séneca, Aristóteles, Platón, Shakespare, Tolstoi, y otras más.
Hace poco volví a mi ciudad, y, movido por la nostalgia, decidí pasar a saludarlo. Apenas subí las escaleras, vi de lejos que en su lugar había un centro de manicure. Después de veinte años, supongo que don Julio debe haber muerto. No lo sé.
Todavía resuena su consejo de no dejarme absorber por la lectura más allá de lo necesario para la vida, porque te puedes empachar con el sucedáneo y dejar de vivir. Que no olvidara a Adolfo Bioy Casares, de que leer es la otra aventura.
OjoVoraz se leía en el modesto rótulo de la librería de barrio que tanta alegría me dio.

Mi boletín toma su nombre de aquel espíritu libresco. OjoVoraz es esa experiencia de inquietud y desolación existencial, que se revela en una manera particular de vincularte con los libros. Una mirada insaciable que llama a no contentarse con sucedáneos ni imposturas. La voracidad del ojo libresco no cabe en la estrechura de un pasatiempo. Leer es una vida. Y aunque no se pueda domesticar, quizás se pueda sublimar con la paz que exige la contemplación de un paisaje, cuando se deja el libro abierto sobre la roca, mientras el viento enfría tu rostro.
Créditos Imagen: https://www.tresparrafos.com/archives/2489/comment-page-1
Nadie puede eludir la llamada a involucrarse en algún tipo de especulación filosófica. Filosofar es inevitable, porque es nuestro destino.
Y ya en los orígenes de la filosofía los pensadores griegos se percataron de esta situación existencial:
«o debemos filosofar o no debemos hacerlo -decía el joven Aristóteles-. Si debemos hacerlo, entonces debemos hacerlo. Si no debemos hacerlo, entonces también debemos hacerlo [para explicar por qué no debemos hacerlo]. Luego, en cualquier caso debemos filosofar»
Sé que parece un trabalenguas, pero resulta que es un dilema con una lógica perfecta:
[(pv¬p) . (p→p) . (¬p→p)]→p
En las siguientes palabras de Stephen Hawking (2010) puedes ver cómo ni el científico puede escapar de esta situación:
«¿Cómo podemos comprender el mundo en que nos hallamos? ¿Cómo se comporta el universo? ¿Cuál es la naturaleza de la realidad? ¿De dónde viene todo lo que nos rodea? ¿Necesitó el universo un Creador? […] Tradicionalmente, ésas son cuestiones para la filosofía, pero la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimiento»
Sin embargo, aunque estas afirmaciones están incluidas en la introducción de un libro dedicado a la divulgación científica, son "una sorprendente confirmación del dicho de Aristóteles de que para probar la filosofía hay que filosofar, y para refutar la filosofía hay que filosofar" (E. Gilson).
En cualquier caso, si no te gusta la que está disponible tienes que hacer otra, pero pretender destruir o cuestionar la filosofía desde la ciencia es hacer mala filosofía.
En este caso se trata de las opiniones de un científico que revelan una filosofía camuflada de ciencia (que así es como se las presentan al público).
El pensador español, Gustavo Bueno, describía esta práctica como «la filosofía espontánea de los científicos». Porque como personas que son, los científicos están en todo su derecho dar su opinión sobre materias filosóficas o aventurarse a especular. La complicación viene cuando esa opinión se confunde con ciencia y se transfiere su autoridad en una materia donde pueden ser competentes a otras donde son amateurs o derechamente ineptos; asunto bastante más común de lo que parece.
Aristóteles (inventor de la lógica) se refería a este sofisma como «demostración aparente», que consiste en pasarse de una ciencia a otra (ya sea voluntaria o involutariamente), en este caso, de la cosmología a la filosofía.
El sofisma sería algo así: dado que la filosofía no se ha mantenido al corriente de los descubrimientos de la física, sólo cabe a la ciencia ser la única instancia válida de conocimiento. Luego, la filosofía ha muerto.
Pero para advertir el sofisma basta nada más con preguntarse por las premisas que pueden conducir a una conclusión semejante:
¿Qué premisas científicas cualificarían para eso?
¿La fuerza de gravedad de los hoyos negros?
¿La singularidad de una supernova?
¿El Big-Bang?
¿Los eclipses?
¿Las leyes de Newton o las teorías de Einstein?
Pero nada hay en la cosmología ni en la física en general que permita deducir conclusiones como las que pretende el científico. Simplemente se aceptan -sin crítica ni examen- como axiomas o principios indemostrados por los cultores de una ciencia.
Pero este no es el momento ni el lugar para criticar, sino de mostrar cómo ni los científicos más sobresalientes pueden resistirse a la vocación de la filosofía, quienes se ven desbordados por la tendencia natural hacia ese saber universal que no excluye nada de su campo, allí donde viven las preguntas esenciales: ¿quién soy yo?, ¿qué va a ser de mí?, ¿qué es el ser?
Ya, todo bien, pero ¿de adónde procede ese destino existencial de la filosofía?
¿Por qué no podemos eximirnos del filosofar?
Ese destino procede del mismo objeto o materia que estudia la filosofía, que es el ser de todo lo que existe, y que por su misma naturaleza genera un estado de perplejidad insuperable, porque se convierte en tarea personal.
Imagínate que ya Aristóteles se refería a esta cuestión y todavía después de dos mil quinientos años después, todavía nos seguimos preguntando lo mismo como si no hubiéramos avanzado nada:
«En efecto, lo que antiguamente y ahora y siempre se ha buscado y siempre ha sido objeto de perplejidad...es...¿qué es el ser de lo que existe?»
Pero, ¿por qué no nos hemos topado aún con las respuestas que nos dejen a todos conformes y tranquilos?
¿Por qué mejor no repetimos como loros las doctrinas de los pensadores del pasado?
Si bien la repetición de mantras filosóficos puede ser una alternativa viable, el asunto es que las respuestas genuinas son siempre personales, porque quien filosofa está existencialmente comprometido con el objeto de sus investigaciones, el ser.
En este sentido, los científicos se ven movidos a filosofar en la medida en que participan de la naturaleza humana, no por ser científicos.
O en palabras de Leonardo Polo:
«La filosofía es una actividad en la que el existente está enteramente comprometido, está convocado por ella, y de esa manera se va desvelando a sí mismo en la medida en que la filosofía le pide poner en marcha cada vez más capacidades, más recursos propios»
Por eso cuando un científico se pone a filosofar, me alegro y pienso: «¡Pastelero... vamos a tomarnos un café!».
El estilo de vida es lo que lo define al filósofo, aunque hoy en día es muy difícil advertirlo en las facultades de filosofía, donde cuesta distinguir si sus practicantes están movidos por la necesidad de un oficio remunerado, la respuesta a una genuina vocación, o una mezcla de ambas.
Porque a fin de cuentas se trata de una vida configurada en torno al saber, y no a cualquier tipo de saber, sino a uno de carácter universal y omniabarcante, que sea capaz de comprender de una sola mirada la totalidad de las cosas, sin dejar nada de lado. ¡Vaya tarea ambiciosa y, para los críticos, soberbia y ridícula! Porque parece obvio que nadie puede saberlo todo, menos en estos tiempos.
Pero en esta pretensión está la clave para comprender el estilo de vida del filósofo: la filosofía es más que un saber con pretensiones científicas, porque su mismo objeto de estudio requiere de toda una vida para definirse con claridad.
No sucede como en las demás ciencias donde está bastante definido lo que se va a estudiar y que luego de unos años de entrenamiento se puede llegar a dominar con el debido rigor, como los genios matemáticos adolescentes. Pero la filosofía, en cambio, requiere de experiencia vital, estabilidad en los asuntos prácticos y acaso una cierta madurez emocional.
Debido a que no basta una vida entera para llegar, ni menos aún dominar, ese saber total, parte del valor de la filosofía está en su tradición dos veces milenaria, en la que los aportes de un pensador pavimentan el camino para los demás, ya sea para avanzar a paso seguro o para evitar un camino sin salida. Hay un sentido muy fuerte de comunidad entre vivos y muertos que me fascina.
Ahora bien, esa tendencia del filósofo a una cierta plenitud en la que se aquieten las preguntas para permanecer en la serenidad de las respuestas, lo sume en un estado de frustración e insatisfacción permanente, porque dicha plenitud del conocimiento nunca llega. Hay adelantos en ciertos momentos de lucidez; pero nunca se puede agarrar esa plenitud evanescente que hace arder el corazón.
Y en este punto se le plantea una encrucijada al pensador de carne y hueso: ¿cómo ha de ganarse la vida con ese conocimiento?, ¿con qué ha de comerciar para que pueda financiar ese estilo de vida?
Los filósofos antiguos se percataron inmediatamente del peligro que había en esta encrucijada, porque ante la dificultad de comercializar la filosofía, que a primera vista tiene poco o nulo valor de mercado, el pensador puede caer en la tentación permanente de invertir el estilo de vida, y, en consecuencia, en vez de vivir para alcanzar ese saber prefiere aparentar tenerlo y contentarse con comercializar un conocimiento sucedáneo, superficial.
A este anverso del filósofo lo llamaron, Platón primero y Aristóteles después, sofista.
Ambos dirán que el filósofo difiere del sofista en la manera de vivir, uno para el saber y el otro para lucrar con ideas superficiales que parecen genuinas.
El estilo es el hombre mismo, dicen por ahí.
De este concepto central se desprenden algunas palabras como sofisma, que describe el carácter falso de sus argumentos, y sofisticado, que refiere a algo muy complejo o avanzado. Ambos remiten a un significado vigente en la actualidad como es el confundir la verdad con una manera compleja y arcana de presentar las ideas. Como si lo verdadero estuviera allí donde no entiendes lo complejo de la argumentación, como ocurre con la física cuántica o la hipótesis del multiverso.
El sofisma sería algo así: si es sofisticado, ha de ser verdadero.
El problema es que en las facultades universitarias de hoy el filósofo y el sofista son colegas; ambos trabajan en el mismo instituto pese a que sus estilos de vida, y las doctrinas que los soportan, son opuestos. Y así como no se distinguen en las facultades, al gran público le parecen todos lo mismo: unos vejestorios que hablan de todo en un sentido general y vago con aires de sofisticación.
Y esto que te cuento no es un asunto trivial, porque si quieres incorporar la filosofía a tu vida, hay que estar atento a lo que decía el pensador japonés, Nuburu Notomi: "la distinción entre el filósofo y el sofista es una de las cuestiones más importantes de la filosofía desde sus orígenes".
¡Buena lectura!
Desempaquetado #1
Unboxing de libros #1: Cursus Philosophicus Thomisticus de Juan de Santo Tomás, Marietti, 1929.
Al fin se acabó la espera. Ésta es la primera entrega de mi desempaquetado (unboxing) de libros y me encuentra más feliz que perro con dos colas. Lo más nerd que puede haber 🤓. Acá puedes ver el paquete que me llegó: ¡una caja de 40x40 cms!

Ni yo me esperaba que sería tan grande, porque sólo debía contener los tres tomos de la obra de Juan de Santo Tomás 'Curso de filosofía tomista' en esta edición de Marietti, 1929 (Cursus Philosophicus Thomisticus en su título original de 1637).
Pero luego de abrirlo, me encontré con que los volúmenes eran colosales. Se requiere de dos manos para levantarlo y manipularlo adecuadamente por su peso y tamaño. Su estado de conservación es aceptable pero un tanto delicado, por lo que me fue imposible no romperle accidentalmente un par de esquinas 😢.

Te prometo que estuve buscando este libro por años, porque es muy difícil de conseguir. Por lo que me siento muy afortunado (siempre he sentido que los libros llegan a tu vida cuando tienen que llegar, como si los guiara una fuerza misteriosa).
Es una obra difícil de encontrar, debido a que las copias enteras -con todos los tomos- son escasas, y cuando están disponibles, por lo mismo son bien caras. Hoy en día puedes encontrar copias en la red por $ 1,500. Me costó bastante menos, pero aún lo suficiente como para que en mi entorno pusieran los ojos blancos por haber adquirido un libro usado, añejo, medio dañado, por más de $ 400.

En cuanto a su contenido, la obra se divide en cinco partes:
-
Tomo I. El arte de la lógica (o de la materia y forma del razonamiento).
-
Tomo II. Filosofía Natural:
- 1a parte. Del ente móvil en general
- 3a parte. Del ente móvil corruptible
-
Tomo III. 4ta parte. Del ente móvil animado
Me compré la obra únicamente por el primer tomo: me interesa conocer la síntesis que hace el comentarista de la lógica aristotélica con los aportes y extensiones medievales, para averiguar hasta qué punto sigue de cerca la obra de Aristóteles o se distancia de ella, porque entremedio está la lógica de Guillermo de Ockham, cuya influencia creo que aún no se termina por dimensionar del todo en la historia del pensamiento.
Vamos a hincharle el diente a este ladrillo monumental.
¡Buena lectura!
La idea de una "teoría conspirativa de la sociedad" cae bajo la filosofía política. Se gestó en la mente del filósofo austriaco Karl Popper. Tanto en su célebre obra La sociedad libre y sus enemigos (1966) como en otros lugares, el autor propone los argumentos habituales para descartar de antemano cualquier cosa que se parezca a una conspiración. Una etiqueta que hoy en día se usa como idea-fuerza para anular e invalidar a cualquier interlocutor.
A propósito de las falacias, etiquetar a alguien de conspiranoico es una burda ad-hominem, porque descarta de antemano una idea que es perfectamente posible. Es decir, la idea de conspiración, de que un grupo controla el devenir de la historia a menor o mayor escala, no es imposible, debido a que no entraña contradicción alguna en sus términos: puede ser acaso muy difícil de llevar a cabo, con una probabilidad mínima de producirse exitosamente, por lo que sería una idea plausible o probable, pero no imposible.
Recuerda que los hechos humanos, sobretodo la política, dependen de la voluntad y la razón que no del azar como en los fenómenos naturales. Lo interesante es que esta misma posibilidad permite que una conspiración falle espectacularmente y este mismo hecho de no lograr su objetivo tenga consecuencias que tendrán un impacto en la historia. Es decir, una conspiración fallida tiene tantos efectos como una exitosa.
Si existiese una conspiración, entonces, ¿porque una teoría que pretenda descubrirla, describirla o caracterizarla queda automáticamente catalogada como falsa? (Maquinación es otra palabra muy descriptiva que se usa poco). ¿No es limitar los recursos de análisis? ¿Toda atribución de conspiración a un evento histórico es falsa, o en algunos casos puede ser la explicación más adecuada y plausible, como cuando Cicerón denunciaba a Catilina como conspirador ante el Senado Romano en el 63 a.C? ¿Por qué pensar que es ingenuo creer que existe una conspiración?
¿Tan seguro estás de que no la hay?
Para poner a prueba estas inquietudes, continuación te dejo una entrevista de la filósofa y periodista chilena Vanessa Kaiser al médico Aliro Galleguillo Romero, cirujano, gineco-obstetra, especialista en salud pública, en torno al tratado multinacional que propone la Organización Mundial de la Salud (OMS) y que algunos países se aprestan a firmar.

En la entrevista podrás encontrar perlas de este calibre:
«Este es el peor de los monstruos y es el monstruo más oscuro que ha podido crear el ser humano, desde mi punto de vista. Es transformar a todos los países en un gran campo de concentración. No es otra cosa» –Vanessa
«La OMS en sus inicios estaba motivada por un espíritu colaborativo [...] donde uno participaba como científico. Pero este organismo colaborativo cambió su sentido desde que asumió este señor Tedros Adhanom [...] que fue impulsado por China para llegar a este cargo» –Aliro
Me parece que la entrevista tiene el mérito de mostrar de que no hay una única versión de los hechos: que hay médicos cuadrados como soldados ante la OMS, pero también hay otros que son disidentes y se están agrupando para hacer frente a este Leviatán inminente.
Es lo más parecido a la implantación del ninguneado Nuevo Orden Mundial, donde los países cederán soberanía en materias sanitarias a un organismo internacional burocrático y por cierto no-democrático.
¡Biopolítica en esteroides!
¿No te llama la atención el hecho de que la medicina, que tanto se jacta de los avances del último siglo, haya adoptado medidas literalmente medievales como los confinamientos y permisos de circulación para hacer frente a la peste?
¿No había otra solución más acorde con los tiempos o más bien la historia que nos contaron de la Peste Negra del siglo XIV encubre la misma herramienta de control político donde se diezma gran parte de la población para recomenzar una reconstrucción social?
Personalmente, me llama poderosamente la atención el despliegue vulgar de poder y la ostentación espectacular tras los confinamientos, que me ha llevado a preguntarme por quién tiene la capacidad de encerrar a gran parte de la población mundial y qué magnitud de poder hay tras de eso, porque es inconmensurable con medidas humanas.
Con este tratado para prevenir futuras pestes, la OMS pretende retomar estos temas ensayados hace unos años.
Conspiración o no, tú decides.
Voy a retomar el boletín semanal y el blog, como antes, pero esta vez lo haré desde el dominio gonzalollach.com. Dado que estabas suscrito a filósofo.com, puedes cancelar la suscripción cuando quieras, aunque todo lo demás queda igual; yo sigo siendo el autor. Podrás ver que agregué una página de categorías para organizar mejor el contenido que llegará igualmente una vez por semana, y otra con mis publicaciones. Espero que te quedes 😉.
El dilema que se me había presentado era que, si bien filósofo.com es un sitio extraordinario, para efectos de marca es más grande que yo y mis ideas. Da tanto como para hacer una plataforma que conecte a todos los filósofos de habla hispana y otros cosas entretenidas que tengo pensadas. Pero tendrá que esperar para otra época de mi vida o a otro emprendedor. Mientras tanto, lo dejaré en hibernación hasta que lo despierte el bicho del emprendimiento nuevamente.
Por otro lado, hace exactamente una semana la prestigiosa revista History and Philosphy of Logic me publicó un artículo titulado La unidad teórica de la silogística categórica y la sofística de Aristóteles, que es una versión mejorada de mi tesis doctoral. Se trata de uno de los hitos más importantes de mi trayectoria como filósofo que consuma diez años de paciente y solitaria dedicación al estudio. Te cuento esto, porque como me enseñó mi esposa:
Como no procuré hacer carrera académica, nunca me preocupó mucho engordar mi currículum para optar a plazas docentes. Mi destino estaba en otro lado. Así que un solo artículo bueno sopesa la falta de número. De manera que esta publicación me permite sentar un precedente en la discusión acerca de la unidad de los escritos lógicos de Aristóteles, que para mi agenda de mi investigación constituye una etapa fundamental. En otra entrada te contaré por qué.
Pero más importante aún son las lecciones que me llevo de este proceso tan largo:
1. La discusión es fructífera cuando se orienta al saber. Es bueno exponer y someter a crítica las ideas para que la investigación rinda frutos. Paradójicamente, los comentarios que más me sirvieron fueron los más incisivos y duros con mi trabajo, porque me permitieron avanzar, soslayando cada uno de estos obstáculos.
2. La crítica es fértil cuando se brinda con buenos modales y altura de miras. Durante el proceso recibí bastantes críticas, porque mi tesis va a contra corriente del consenso académico (si es que existe algo así). Descubrí que a nadie le agrada mucho que le cuestionen los presupuestos básicos con los que interpreta el mundo. Quizás por eso la filosofía irrita tanto. Por eso estoy convencido de que la humildad para aceptar y recibir la crítica, y la honestidad vital para estar dispuesto a derrocar los propios presupuestos, son virtudes propias del rigor intelectual. Lamentablemente, muchos científicos se olvidan de esto.
3. La falacia ad hominem es más común de lo que parece. Para evitar caer en esta falacia se requiere de la prudencia intelectual, una cierta mesura al emitir juicios tajantes y definitivos, como si el conocimiento estuviera clausurado. La descalificación del emisor en vez de un análisis paciente y exhaustivo del argumento es un vil recurso que destruye toda civilidad. Por eso la falacia ad hominem es otra forma del argumento de autoridad, porque, al descalificar al emisor de un argumento previo a todo análisis, te estás poniendo en una posición de superioridad al margen de la lógica de la discusión. ¿Te acuerdas de A. Fauci, el ministro de salud de USA, cuando decía "Yo soy la Ciencia"? En ocasiones me atacaron personalmente por mi trabajo: que era mal escritor, que no entendía el asunto, etc. Evitar esta falacia requiere de una cierta nobleza de espíritu que en mi caso se ha transformado en un ideal de vida, porque lograrlo requiere esfuerzo. No es algo que se da de buenas a primeras. Y si piensas que nada tiene que ver contigo, déjame ponerte en esta situación: ¿qué pensarías si te dijera que soy terraplanista y antivacuna?, ¿qué asociaciones mentales automáticas emergerían en tu conciencia?, ¿cómo modifica la manera de plantear tu relación conmigo como lector?, ¿no quedaría invalidado de antemano? Te lo muestro para que veas lo fácil que es caer en la descalificación personal del otro.
4. El doctorado es el inicio de una carrera intelectual y no el final de una formación. Este fue un consejo de mi director de tesis al verme demasiado ansioso por cubrir todos los flancos débiles de mi investigación. A diferencia de otras disciplinas, las ideas filosóficas requieren de mucho tiempo para madurar y cuajar, por lo que apresurarse en encontrar las respuestas es un desgaste innecesario. Por esta misma razón veo incompatible la vida filosófica con el principio "publica o muere", porque las ideas tienen sus propios tiempos de maduración, y, si se publican cuando aún están verdes, se puede estropear todo su valor. Por otro lado, es cierto que el doctorado puede ser visto como un hito más en la acumulación de títulos para que el currículum se vea gordito e impresionante en la sobremesa, pero ese no es su propósito. Se trata más bien de plantear adecuadamente una investigación para que pueda rendir frutos en el tiempo. Por supuesto que hay excepciones, como la tesis de Kurt Gödel que con 25 años revolucionó la manera de entender las matemáticas.
Así espero retomar pronto mi comunicación contigo.
La fecha de lanzamiento será el ocho de abril de 2024 🥳 👏
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A propósito de la inminente recesión global avisada por la reciente caída de Silicon Valley Bank y Signature Bank en Estados Unidos, y el temor de que contagie a Credit Suisse para extenderse por Europa, como la mejor versión de una pandemia, me parece oportuno recordar las lecciones de un olvidado libro del pensador y economista libertario Murray Rothbard, de quien ya hablé hace unas semanas, titulado El misterio de la banca.
El autor nos dice que el sistema bancario es un gran esquema Ponzi protegido por el Estado:
«Debe quedar claro que la banca de reserva fraccionaria moderna es un juego de conchas, un esquema Ponzi, un fraude en el que se emiten y circulan recibos de depósito falsos como equivalentes al efectivo supuestamente representado por los recibos» (p. 97, 113)

Y no creo que quepa llamar conspiranoico a un economista que se toma la molestia de probar esta tesis a lo largo de todo un libro con esas cosas que gustan tanto como los gráficos y el álgebra.
Ciertamente el autor puede estar equivocado, pero su posición no responde a una paranoia respecto de los hilos del poder, porque apunta al hecho indesmentible del monopolio sobre la oferta monetaria que ostentan los bancos centrales. Aunque éstos operen de modo independiente del aparato estatal, es el Estado el que les otorga el beneficio legal de ser la única institución capaz de controlar la oferta monetaria.

Como explica el economista que fuera jefe del Fondo Monetario Internacional, Olivier Blanchard, en su libro de texto:
«En las economías modernas, la forma en que los bancos centrales suelen cambiar la oferta de dinero es comprando o vendiendo bonos en el mercado de bonos. Si un banco central quiere aumentar la cantidad de dinero en la economía, compra bonos y los paga creando dinero. Si quiere disminuir la cantidad de dinero en la economía, vende bonos y saca de circulación el dinero que recibe a cambio de los bonos. Estas acciones se denominan operaciones de mercado abierto porque tienen lugar en el “mercado abierto” de bonos» –Macroeconomics, Blanchard, p. 74
Dicho sistema se pone en marcha por medio de un mecanismo conocido como reserva fraccionaria, que, en pocas palabras, consiste en que los bancos solamente guardan como reserva una fracción (alrededor del 10%) de los depósitos de sus clientes. El restante 90% lo ponen de vuelta en circulación como crédito que se cuenta como moneda circulante.
Por esta razón, el banco te puede devolver la plata en condiciones normales cuando el resto no la retira al mismo tiempo que tú. Pero cuando todos se asustan y quieren retirar su dinero al mismo tiempo, no pueden hacerlo debido a que el banco por definición no tiene el dinero en sus arcas para responderles a todos. El famoso corralito que pone al descubierto el fraude (p. 113).
En definitiva, ¿de adónde saca el dinero el banco central para comprar los bonos? Sólo hay dos opciones: o le da play a la impresora o pide prestado, lo cual abriría la cadena de préstamos hasta el infinito. Es decir, debemos llegar a un primer principio en el que alguien (ie., una institución) presta dinero sin deberle a su vez a alguien más. Así, el efecto más importante y devastador es la inflación continua inherente al sistema monetario vigente:
«Una inflación continua y sostenida, es decir, un aumento persistente en los precios generales, puede ser el resultado de una caída persistente y continua en la oferta de la mayoría o todos los bienes y servicios, o de un aumento continuo en la oferta de dinero» (p. 28)
Autoridades y medios dijeron que la inflación de los últimos años se debía al conflicto bélico entre Rusia-Ucrania, pero son pocos los que destacaron a tiempo que la Reserva Federal el 2020-21 imprimió una cantidad ridícula de dinero (¡+USD 13 trillones americanos en un año!) para compensar las desastrosas medidas tomadas durante la pandemia (Nasdaq).
Nada nuevo bajo el sol.

La crisis que estámos presenciando es más de lo mismo: el aumento de las tasas de interés para frenar la inflación provocada por el mismo sistema fraccionario, tiró por el suelo el valor de las acciones y otros instrumentos financieros, y, por consiguiente, el valor de los activos de bancos de inversión como los que están comenzando a caer. Precisamente para evitar los efectos de un sistema fraccionario que dejó a la economía real en bancarota, M. Rothbard escribía su libro reeditado para la crisis del 2008 cuando cayó el gigante Lehman Brothers.
Y da igual si son bancos de inversión o comerciales, porque de lo que se trata es de la expansión monetaria propulsada por los bancos centrales que crean dinero de la nada. El viejo dicho de Aristóteles de que el dinero es estéril porque no crea por sí mismo más dinero, sigue vigente. Cuando esto pasa, dice el pensador griego, es porque unos hombres les quitan a otros lo que les corresponde. Sólo que no se nota.
Así puede concluir Rothbard:
«Hemos visto que la inflación moderna consiste en una emisión crónica y continua de dinero nuevo por parte del Banco Central, que a su vez alimenta y proporciona las reservas para un sistema bancario de reserva fraccionaria para piramidalizar un múltiplo de chequera sobre esas reservas» (p. 170)
En suma: el monopolio sobre la oferta monetaria a través del mecanismo (que no es más que eso, un mecanismo convencional como cualquier otro) de reserva fraccionaria es el que impide identificar la idea de capitalismo con la de libre mercado. Pues, ¿cómo habría de serlo si el bien más importante de toda la economía está sujeto a un control monopólico? La moneda se transforma así en una variable exógena al libre mercado que no se regula por competencia sino por el interés de las élites gobernantes (p. 11).
Pero no se trata de suprimir a los bancos, sino del monopolio sobre la oferta de moneda y las inevitables distorsiones que eso genera.
Creo que la idea se entiende mejor presentando su opuesto: un sistema de banca libre que el autor define
«como uno en el que los bancos son tratados como cualquier otro negocio en el mercado libre. Por lo tanto, no están sujetos a ningún control o regulación gubernamental, y la entrada al negocio bancario es completamente libre» (p. 111)
No me parece razonable el argumento en contrario que aduce -como siempre el miedo a la libertad- que bajo un sistema de banca libre quedaría el caos absoluto, porque los devastadores efectos que observamos responden a un diseño deliberado.
Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con la filosofía?
Te había dicho que filosofar consiste en una especulación sobre los principios, y la moneda, fundamento del sistema bancario, es uno de esos principios de la vida práctica.
Por un lado, la moneda es un instrumento natural, asentado en la naturaleza humana, que requiere del concurso de otros en una relación de intercambio para lograr su fin. En este sentido, la moneda es parte del bien común y como tal no reductible al beneficio de pocos. Por eso Aristóteles sitúa la especulación sobre la moneda en el ámbito de la ética a propósito de la justicia, perspectiva olvidada por el cientificismo de los economistas contemporáneos.
Por otro, la moneda es un instrumento artificial que determina por convención la unidad de medida para representarla, como históricamente se ha hecho con el oro y la plata. También moneda han sido el tabaco, el cacao y un sinnúmero de bienes valorados por una comunidad particular.
La lección que me llevo del libro es que la inflación no es un fenómeno natural al modo de la traslación de la tierra entorno al sol, sino que es una máquina diseñada para extraer la riqueza desde la base productiva hasta las cúpulas que controlan los engranajes de la oferta monetaria. Basta camuflarla bajo un halo de misterio en el que pocos tienen acceso a sus arcanos procedimientos.
Y no te lo mandan a decir con nadie.

El misterio de la banca.
