Ensayo
El personaje del cual no se puede hablar de manera neutra, quien, dicho en positivo, siempre fue, es y será controversial: Jesús, el Nazareno. Ya sea que te hayas enojado, sorprendido o alegrado por su presencia en un escrito de filosofía, quizás te interesaría saber que en ciertas comunidades de la Antigüedad Jesús fue considerado como el mayor filósofo; por cierto, se trata de una manera ya olvidada de acercarse a su ministerio y quizás no sería desatinado refrescarla en los tiempos que vivimos.

En la moderna Siria encontraron, poco después de la Primera Guerra Mundial, una ciudadela cristiana del siglo III llamada Dura Europos, donde dormía la representación más antigua de los milagros: Jesús sanando al paralítico (foto de la portada). Más que un templo, se trataba de una casa acondicionada para el culto con el fin de protegerse de las persecuciones sasánidas. La construcción permaneció intacta hasta nuestros días.
Quizás por este motivo a los filósofos les encanta escribir sobre Cristo, los atrae como ninguna otra cuestión.
Sus paredes contenían pinturas que describían a Jesús como el buen pastor, el gran médico, el caminante de las aguas y también como filósofo. De hecho, un autor notó el detalle de que en la imagen va vestido con el atuendo típico de un filósofo antiguo, con su corte de pelo característico y su postura clásica de enseñanza. Bajo este aspecto de filósofo se lo representa haciendo milagros, enseñando y sanando (Johnatan Pennington, 2020, p. 5). De esta manera, los creyentes de Dura Europos fueron tan sólo una muestra de esa perdida creencia antigua en Jesús. Quizás por este motivo a los filósofos les encanta escribir sobre Cristo, los atrae como ninguna otra cuestión.

Antes de que dejes de leer, quisiera pedirte que consideraras que Jesús fuese realmente Dios, al menos como ejercicio intelectual. Déjame aclarar también que lo que defiende la religión cristiana no es la existencia de Dios, que ya los filósofos paganos hablaron de un Dios concebido como pura energía autocontenida que era principio del Universo, sino que lo propio del credo cristiano es la Encarnación de ese mismo Dios, cosa que excede cualquier afán humano de comprensión en la misma medida en que exige la fe.
Así que por un momento piensa que esto fuera verdad. ¿Ese Dios hecho hombre, cuando habitó entre nosotros, podría no haber sido filósofo?
Me parece interesante preguntárselo, porque el Dios Encarnado no excluye nada de la naturaleza propia del hombre, a la que no busca suprimir o reducir, sino más bien enaltecer y elevar a la participación de la vida sobrenatural. Y no hay nada más natural en el hombre que el deseo irrefrenable de saber, como dijera Aristóteles al comienzo de la Metafísica. Dicho de otra manera: la filosofía es la consumación de esa sed natural de conocimiento que hace del hombre un ser existencialmente inquieto.
A veces cuando leo estas sentencias me pregunto si la filosofía ya no es posible después de la venida de Cristo.
Por eso el Dios Encarnado se pudo haber eximido de todas las profesiones menos de la filosofía, que acaso no alcanza el estatuto de una profesión. Puedes verlo en que de alguna manera todos somos filósofos; pues la mayoría de la gente, más allá de su profesión u ocupación, tienden a una cierta filosofía personal, a perseguir un saber unitario sobre la realidad que les permita dar sentido a su vida. En cierto sentido las profesiones son complementos técnicos de la vida moral, donde se juega lo propiamente humano. De esta manera, Jesús el Nazareno, a la vez que carpintero, era un filósofo.

¿Y cuál era su doctrina?
Hay una lección que los filósofos deberían tomarse muy en serio. En el Evangelio de San Juan dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14:6). A veces, cuando leo estas sentencias evangélicas tiemblo entero y me pregunto si la filosofía ya no es posible después de la venida de Cristo. Observa como no dice que es un camino más junto Buda u otros maestros iluminados o profetas, sino que solo Él se autoproclama el camino, ¿hacia dónde? Pues hacia Dios mismo.
Después dice que es la Verdad misma, la verdad hecha persona y ya no un concepto abstracto como lo era para los filósofos paganos. En otro lugar, dice: "Yo soy la vid verdadera"(Jn 8:12). Me pregunto si los escépticos al negar que existe la verdad absoluta, o cuando algunos vivarachos te piden que les muestes La Verdad, así con mayúsculas, no estarán negando de fondo esta posibilidad.
Finalmente, cuando afirma que Él es la vida está siendo congruente con la aspiración de la filosofía en la Antigüedad donde la doctrina estaba al servicio de la configuración de un cierto modo de vivir.
Para concluir, te dejo lo que según Tomás de Aquino, doctor común de la Iglesia Católica, es el núcleo irreductible de la enseñanza de Cristo:
«El fin principal de la religión cristiana consiste en desprender a los hombres de las cosas terrenas y hacerlos tender hacia las espirituales” (Contra doctrinam retrahentium a religione, 1)»
¿Debemos considerar estas palabras cómo filosofía? ¿Existe una razón para excluirlas? ¿Por qué tomarlas menos en serio que, por ejemplo, los escritos posmodernos o algunos filósofos que son bastante menos coherentes?
En suma, la enseñanza del filósofo nazareno consiste en despreciar las cosas terrenas y desear las espirituales, todo lo contrario a lo que requiere un sistema de producción capitalista. ¿Será por eso que molesta tanto la enseñanza de Cristo en nuestro tiempo? En este sentido, la filosofía verdadera corre la misma suerte, puesto que en esta manera de concebir la vida económica el tiempo libre no puede emplearse en actividades improductivas, sino que ha de dedicarse al consumo o la productividad, los dos mandamientos del nuevo evangelio.
«Está claro que esas distinciones son formales, pero es un poco como en el caso de los físicos que cada mes inventan una nueva partícula» (Jean Baudrillard)
Esta semana estuvo candente la noticia del premio nobel de física, por lo que aprovecharé la ocasión para comentar un tema recurrente en la divulgación científica como es la pregunta por la realidad que plantea la mecánica cuántica. Más allá de sus méritos o deméritos filosóficos, creo que tiene la virtud de recordarle al gran público la importancia de preguntarse qué es real, aunque se corre el riesgo de tomar dogmáticamente sus opiniones como si fueran la clausura definitiva del conocimiento, porque así es como se presentan habitualmente estas noticias.
I
Primero trataré de describir la gracia del experimento para luego comentarlo a propósito de la pregunta por la realidad. La página del Nobel dice lo siguiente:
«Un factor clave en este desarrollo es cómo la mecánica cuántica permite que dos o más partículas existan en lo que se llama un estado entrelazado. Lo que le sucede a una de las partículas en un par entrelazado determina lo que le sucede a la otra partícula, incluso si están muy separadas»
El concepto clave es el de estado entrelazado (entangled state) que se refiere a un sistema de partículas subatómicas en el que la acción de una sobre otra es simultánea e independiente de la distancia o los objetos que pudieran encontrarse entre ellas. Parece que el premio se le otorgó a los tres físicos por haber diseñado de forma independiente experimentos con fotones que permitiesen comprobar que existe dicho estado. Antes del experimiento, el concepto era ciertamente problemático, porque parecía contravenir la relatividad de Einstein quien ya en los sesenta se refería a esta teoría como una "espeluznante acción a distancia". El genio no se la compraba.
La relatividad prohibe que dos eventos distintos en el universo puedan ser simultáneos, porque no hay un tiempo absoluto más allá del marco de referencia provisto por un observador. La posibilidad de la instantaneidad era lo que perturbaba a Einstein. Lo interesante de este concepto es que los valores conocidos de una partícula permiten saber algo de la partícula entrelazada aunque estén separados por distancias interestelares. Realmente espeluznante. ¿Cómo llegamos entonces a la pregunta por la realidad? Nadie mejor que Morfeo en la película The Matrix para recordárnoslo:

«Qué es real. ¿Cómo se define real? Si estás hablando de lo que puedes sentir, lo que puedes oler, lo que puedes saborear y ver, entonces lo real son simplemente señales eléctricas interpretadas por tu cerebro»
II
Siempre me ha llamado la atención el por qué los físicos terminan hablando sobre lo que es la realidad, un asunto más propio de la filosofía. ¿Será que están haciendo un cierto tipo de filosofía con métodos matemáticos como los antiguos pitagóricos? Es cierto, todas las ciencias hablan de la realidad, pero de un aspecto de la realidad. Limitadas por su mismo carácter especializado no se cuestionan lo que es la realidad en su conjunto, sino que recortan un aspecto, una región de lo real, que dan por supuesto para realizar sus investigaciones.
Ninguna ciencia, salvo la filosofía, puede cuestionarlo todo incluso sus propios fundamentos. Por ejemplo, el sicólogo no se cuestiona si el paciente es real o si los males que padece lo son, sino que, suponiéndolo, investiga sus causas. ¡Imagínate que el médico se preguntara si el paciente es real! Del mismo modo, un matemático no se pregunta si los números, el punto, la recta y el plano son reales, sino que deja esta cuestión en suspenso, ya que no influye para nada en el resultado de sus cálculos. Pero, ¿qué hay en la mecánica cuántica que siempre termina en la cuestión de la realidad?

Algunos físicos se ven forzados a preguntarse por la realidad de las cosas cuando se enfrentan al mundo subatómico donde las intuiciones más básicas de la vida diaria dejan de tener validez. De acuerdo con la interpretación de Copenhagen de la teoría cuántica, que es la ortodoxia que se enseña a los físicos practicantes, el hecho de que las partículas carezcan de atributos, es decir, que estén indeterminadas en cuanto a sus valores numéricos antes de ser observadas "es, por supuesto, profundamente contrario a nuestras experiencias cotidianas".
La pregunta por la realidad aparece de esta manera cuando se introduce el concepto del observador en la medida en que éste influye de modo determinante en el fenómeno observado (uno puede preguntarse qué tan real es el mismo observador, porque si se trata de disolver la realidad en la interacción de partículas, ¿porque no disolvemos de una vez por todas también la realidad del que propone semejantes elucubraciones? En fin).
¿Qué hace una teoría del observador en medio de la física? Si se supone que a esta ciencia le compete describir el mundo natural, movimiento, cuerpos, interacción de fuerzas, ¿qué diablos hace en ella una teoría del conocimiento y, peor aún, una concepción de la realidad?
III
A propósito, Anton Zeilinger (2005), uno de los galardonados con el Nobel 2022, piensa que en el concepto de estado entrelazado "lo que está en juego es el propio concepto de realidad" y concluye con lo siguiente:
«Sugiero que no se puede hacer la distinción entre la realidad y nuestro conocimiento de la realidad, entre la realidad y la información. No hay forma de referirse a la realidad sin utilizar la información que tenemos sobre ella...Tal vez esto sugiera que la realidad y la información son dos caras de la misma moneda, que en un sentido profundo son indistinguibles»
¿Qué concepto de realidad maneja el autor? ¿Cómo llegó a dicho concepto? ¿Es uno y el mismo concepto de realidad que manejan todos los físicos? Oígamos al autor laureado:
«Sugiero que esta aleatoriedad del evento individual es la indicación más fuerte que tenemos de una realidad 'allá afuera' que existe independientemente de nosotros. (op.cit)»
En este pasaje puedes ver lo que él entiende preliminarmente bajo la palabra "realidad": la existencia de un mundo extramental independiente del sujeto que conoce; la idea de que las cosas tienen atributos independiente de si son observadas o no, si una manzana es dulce independiente de la mascada de Eva. "Exterior", "allá afuera", quiere decir distinto e independiente de la conciencia y sus actos de conocimiento, pues la observación -el concepto problemático de la física cuántica- es tan sólo uno de ellos. "Preliminarmente" se refiere al concepto que va a ser el objeto de su refutación. Pero, me parece que es un error pensar que la idea preliminar corresponde a la idea común y corriente de lo que es real, omitiendo la tradicional carga filosófica que tiene.
Por otro lado, si estás pensando que esto trae un cambio sustantivo en la concepción de la realidad, porque esta vez no es pura especulación sino que se ha comprobado científicamente, te animaría a que lo pensaras de nuevo. No porque lo diga un científico significa que se ha probado experimentalmente. En este caso, el autor no llegó a la concepción preliminar de realidad por medio de algún experimento, sino que es una idea que presupone para interpretar las implicancias filosóficas de la teoría física del observador.
Su argumento sostiene que no se puede distinguir la realidad del conocimiento que tenemos de ella, porque el observador incide de modo determinante en el valor de las observaciones. Pero dicho argumento sólo niega una determinada concepción de la realidad. No alcanza, por ejemplo, a la noción de Platón, Aristóteles o Tomás de Aquino, como tampoco roza el concepto de realidad radical de Julián Marías u Ortega. Al contrario, en cierto sentido lo confirma.
El autor se encuentra en medio de una cuestión fronteriza sin saberlo, porque "realidad" como casi todos los términos filosóficos, es un término equívoco, es decir, no tienen un único significado, sino que muchos y a veces contrarios. El autor está tocando de esta manera la cuestión de si el ser viene primero que el conocer, recapitulando la vieja tesis de Parménides de que son lo mismo (Diels, fr. 28 B 3). Sin embargo, para nuestra tranquilidad, como enseñaba Aristóteles, sólo es posible refutar una filosofía a partir de otra, pero pensar que la ciencia refute a la filosofía es sencillamente hacer mala filosofía.
IV
¿Será que los físicos actuales se han olvidado de que el venerado antepasado de su disciplina, Isaac Newton, tituló su obra "Principios matemáticos de la filosofía natural" (publicado en latín como Philosophiae Naturalis Principia Mathematica)? Al menos Newton se sabía estar escribiendo sobre filosofía de la naturaleza, consciencia que llegó hasta algunos científicos del siglo pasado. En efecto, cuando uno lee los escritos de Heisenberg y Einstein, puede advertir que estaban informados de las cuestiones fronterizas y la importancia de la formación filosófica. "La preocupación por la filosofía había sido parte de la educación y la cultura de los fundadores de la mecánica cuántica", apunta un escritor.
Sin embargo, me temo que los científicos de hoy piensan que todo eso está superado y suficientemente descartado, lo que se puede apreciar en la profunda ignorancia filosófica de personajes célebres como Neil de Grasse Tyson y el finado Stephen Hawking. La ignorancia en sí misma no es un pecado a menos que en la divulgación científica se toquen aspectos filosóficos como si fueran científicos. A propósito viene bien recordar lo que decía C.D. Broad: "las tonterías escritas por los filósofos sobre asuntos científicos solo son superadas por las tonterías escritas por los científicos sobre la filosofía" (1939).
De ninguna manera digo que entiendo el detalle de los cálculos ni los experimentos involucrados; lo que puedo decir con toda seguridad, no obstante, es que entrar en la discusión sobre la realidad es entrar de lleno en la filosofía. La idea moderna defiende la separación irreductible del mundo exterior con el sujeto pensante, la cuestión de fondo es si esta idea no está tambaleando y perdiendo vigencia. En este sentido, los descubrimientos de la física aportan a la cuestión fronteriza para complementarse con la reflexión filosófica.
Hoy te quiero hablar de las "cuestiones fronterizas", un asunto importante para adquirir la perspectiva filosófica. Se trata de aquellos aspectos del conocimiento en que la ciencia se topa con la filosofía. Desde la perspectiva opuesta quiere decir que el conocimiento de la realidad no se agota en la ciencia, sino que exige la especulación filosófica para completarse.
Las ciencias que más desarrollo tuvieron en el siglo pasado y donde resurgieron fuertemente las cuestiones fronterizas fueron la cosmología y la biología. En ambos casos, dichas cuestiones se plantean a propósito del origen del universo y el hombre, donde son limítrofes con la metafísica y la antropología filosófica. Lamentablemente no todos los científicos están informados de este asunto y algunos terminan haciendo filosofía sin darse cuenta, vendiendo por ciencia lo que es pura especulación.
Más que reconocer la propia ignorancia, es más fácil decir que prácticamente todo está demostrado y que tu rol al recibir la información de la boca de los científicos es aceptarla ciegamente luego de levantarte de la reverencia y decir amén. Por eso, si esta confusión sofística no tuviera tanto impulso totalitario, no sería necesario detenerse. (Creo que puedes ver dicho impulso cuando las verdades supuestamente científicas intentan imponerse por coerción estatal, leyes penales o por funa masiva, por no comulgar con el consenso de la mayoría). Dado que la mentalidad totalitaria crece con fuerza en nuestro tiempo, considero que vale la pena ponerlas al descubierto.
En la biología, la cuestión fronteriza más importante es el origen del hombre, ya que su misma existencia es paradójica en la medida en que es un animal peculiar. Algunos biólogos del siglo pasado redescubrieron la vieja cuestión de la inespecialización orgánica del hombre en comparación con el resto de los animales. En palabras del pensador español, Leopoldo J. Prieto: "ha sido mérito de los filósofos haberse percatado antes que los científicos de las características de la inespecialización orgánica típica del ser humano" (2017, p. 195). Lo que destaca el autor es que ciencia y filosofía coinciden en un punto fundamental de la antropología, no la actitud infantil de decir "yo lo vi primero".
Uno de los rasgos de esta inespecialización es el sugerente concepto del mono desnudo propuesto por el biólogo británico Desmond Morris (1928-): "hay ciento noventa y tres especies vivientes de simios y monos. Ciento noventa y dos de ellas están cubiertas de pelo. La excepción la constituye un mono desnudo que se ha puesto a sí mismo el nombre de Homo Sapiens" (citado por Leopoldo Prieto, p. 53). Nunca se me había ocurrido mirar mi propio cuerpo y darme cuenta de que no se requiere ningún estudio científico para comprobar que, a diferencia de los monos de los que tanto dicen que desciendo, no tengo el cuerpo cubierto por una alfombra de pelo. La desnudez del hombre es un hecho evidente que ha de ser explicado; no el resultado de una investigación científica. ¡Gran revelación!
El cuerpo del hombre carece de la protección contra el calor y el frío con que la naturaleza provee a las demás especies. No obstante, el hecho de que pueda vivir en cualquier ambiente es posible, precisamente, porque por su biología no está predeterminado a vivir en ninguno. A fin de cuentas, su cuerpo desnudo es signo de una miseria biológica. Pero, gracias a una especial característica suya, la técnica, el hombre puede confeccionar instrumentos y modificar la naturaleza. Por ejemplo, tengo la fortuna de vivir en la selva de Centro América entre mucha naturaleza virgen, y siempre pienso que el hombre no está hecho para vivir en este ambiente por la gran cantidad de amenazas hostiles que habitan entre los árboles, al mismo tiempo en que podría vivir acá tanto como en Alaska cerca del ártico.
Por esta falta de determinación biológica, la relación del hombre con el medio no es de adaptación sino de modificación. No tiene alas, pero construye aviones; se ve ridículo si intenta sumergirse como un delfín, al que opaca con los submarinos; se congelaría en el ambiente del oso polar, pero construye bases permanentes para conocer la realidad de ese ambiente (de hecho, aprovecha de estudiar al oso polar y sacarle fotos a la deriva en un iceberg para mostrar como su ambiente se deteriora).
La desnudez del cuerpo humano muestra que el hombre no está restringido a ningún aspecto de la realidad (por eso puede estar en todos, incluso en marte o en mundos imaginarios). Pareciera, entonces, que lo distintivo del hombre no es tanto su cuerpo desnudo, como su razón. Pero, "el animal racional de antaño -se queja Prieto- ha sido degradado a la condición de simple simio lampiño". Y de esto es lo que algunos te van a intentar convencer: de que la asombrosa excepción biológica no dice nada del ser que la ostenta; de que no hay diferencia esencial entre hombre y mono, sino tan sólo adaptativa.
Sea como sea, la cuestión fronteriza radica en identificar lo que es presupuesto (una idea concebida y definida antes del estudio empírico de la realidad), de lo que es hipótesis y experimentación. La filosofía se mete ahí donde están los presupuestos, preguntándose cuáles y cuántos son, y por su verdad. Alguien perfectamente educado en las mejores universidades del mundo puede partir de presupuestos falsos. Hay que estar prevenido para ello. Para el caso de la antropología filosófica, el gran presupuesto es el mismo hombre que encarna la figura del investigador (estudia lo que él mismo es).
Como es habitual, ante la pregunta ¿qué es el hombre?, te verás enfrentado a la opción naturalista que lo reduce a un mono especial, pero monito al fin y al cabo, donde la antropología es tan sólo un capítulo de la zoología; o bien, desde la perspectiva filosófica, a comprenderlo como una criatura de otro orden, que no se define por ser mono, sino por ser racional, es decir, por estar abierto a la totalidad de lo real gracias a su inteligencia.
Algunos biólogos, como A. Portmann (1897-1982), reconocen que el estudio del hombre es imposible de llevar a cabo sin una idea preconcebida de lo que es; es decir, libre de todo presupuesto. Cualquier estudio científico buscará a tientas si desconoce lo que ha de buscar. Lo que quiere decir (quería terminar con mis propias palabras, pero Leopoldo J. Prieto es un pensador extraordinario) que: "privada de una forma de racionalidad no experimental-cuantitativa, sino filosófica, la antropología es un proyecto inviable. En el hombre es más lo que no se ve que lo que se ve" (p. 38). Para pensársela, ¿no?
Si te dijera que filósofo(.com) pretende convertirse en una universidad, seguramente pensarás que la megalomanía de este tipo es una razón suficiente para anular la suscripción. Pero, aunque parezca una empresa ambiciosa, mis pretensiones con el sitio son modestas. No aspiro más que a construir una comunidad en torno al saber filosófico por el mero gusto que conlleva: reunir a unos cuantos gatos que les gusta leer, conversar y preguntarse cosas. Con esto pretendo recobrar el sentido genuino de universidad que es originariamente filosófico.
Todo comenzó con las universidades medievales de Paris (1257) y Londres (1096), sin desconocer la de Bologna (1088). Pero es interesante y paradójico que la más antigua de América no fue Harvard (1636), sino que la anteceden la universidad San Marcos de Lima, Perú (1551), mismo año que se fundó la Real de México; la San Fulgencio de Ecuador (1586); la de Córdoba, Argentina (1613); la Javeriana de Santa Fe, Colombia (1623) y la Mayor Real de Chuquisaca, Bolivia (1624). ¡Seis universidad hispanas antes que el ícono de la Ivy League! (¿Qué cresta nos pasó?)
El curioso hecho de que nuestra época haya decidido conservar una sola institución del mundo Católico Medieval, la universidad, su gran invento, se explica, porque la universidad es de esas instituciones naturales, en el sentido de que se desprende de la naturaleza humana. Por eso, en cualquier época en que se den ciertas condiciones materiales, surgirá espontáneamente la universidad, la reunión libre de un grupo de personas en torno al saber.
En el sentido más profundo, entonces, la universidad se refiere a la comunidad de maestros y estudiantes (universitas magistrarum et scholarium) abiertos de manera irrestricta al conocimiento (universitas scientiarium), es decir, al aporte de todas las ciencias a la comprensión de la realidad. Todo el esfuerzo científico no tiene otro fin que éste.
En palabras del gran historiador de las ideas, Etienne Gilson: "Universitas, o la Universidad, en la Edad Media no significa el conjunto de facultades establecidas en una misma ciudad, sino el conjunto de personas, maestros y alumnos que participan de la enseñanza impartida en esta misma ciudad"...y continúa "basta que haya habido necesidad de dirigirse al conjunto de profesores y estudiantes residentes en un mismo lugar para que dicha expresión ["universidad"] sea naturalmente empleada".
Como nos cuenta este autor, lo característico de la universidad no es la organización en facultades en vista a su propósito de formación profesional, sino que se define más bien por el lugar en el que se reúnen distintas personas con el objetivo común de lograr el saber a través del intercambio de ideas.
Como alternativa, filósofo(.com) pretende ser ese lugar de reunión virtual en el que distintas biografías se juntan para intercambiar ideas filosóficas, las únicas que permiten comprender el mundo en su totalidad. Ya que sin filosofía el hombre queda como náufrago en la existencia. Acá se encuentra el origen filosófico de la universidad más allá de su dimensión técnico-profesional.
Si a esto le agregamos que la lengua de Cervantes es la segunda más hablada del mundo y la tercera de internet, con casi seiscientos millones de hablantes, además de su notable capacidad de expresión filosófica, el sitio podría convocar eventualmente a cualquiera que comparte nuestra lengua y la riquísima historia hispanoamericana.
Espero que este primer correo pueda ser el primero de una serie que me sobreviva. Por eso agradezco nuevamente tu participación. Me puedes ayudar compartiéndolo o recomendando el sitio a quien le pudiera interesar.
¡Buena lectura!
Gonzalo
Pese a las palabras de buena crianza que se escuchan en las redes, el fracaso no vende; se esconde y, como si fuera un virus, se evita para no contagiarse por el fracasado. Al parecer, conozco bastante gente en mi entorno a la que le va increíblemente bien. Entre esa fauna de Salomones me toca hablar del fracaso que, a medio camino de mi vida, se me presenta como una realidad ineludible.
El proyecto: Teart
A pocos meses de su trágico fin luego de una lenta agonía pandémica, a mis treinta y nueve años, Teart (proyecto al que le dediqué una década de mi vida) me enfrenta al desafío de conocerme a mí mismo en medio de nuevas circunstancias.
«La gente nos prefería por sobre Twinnings, Dilmah y Lipton»
Por cierto que me avergüenza mostarme fracasado y enfrentar la imagen destronada del hombre que quise ser, tanto como temo no ser capaz de recomenzar ante la presión de una familia que sostener.
Sin embargo, sé que, si no se enfrenta el fracaso, será difícil saber dónde habrá que buscar el éxito personal.
Teart era para nosotros el símbolo de una vida simple en medio de la sobrecarga tecnológica, porque comparecía un trozito de lo natural en tu mesa.
La preparación del té no se puede apurar (y por eso han fracasado las máquinas de té express): hay que tomarse 5 minutos para prepararlo, otros 10 para enfriarlo, y 5 más para beberlo.
Por eso diseñamos una manera simple e innovadora de preparar té en hebras, que brindaba una experiencia estética y sensorial; el sistema permitía contemplar el lento desenvolver de las hojas hasta el final de la infusión, como se muestra en el siguiente video explicativo que usábamos para comunicar el concepto a nuestros clientes:

Patentamos este hermoso infusor que transformaba cualquier taza en una tetera individual.

Trabajamos muy duro para sacar el proyecto adelante, confiados en lo que nos decían nuestros clientes y cómo desde el inicio pudimos reemplazar marcas reconocidas en restoranes, cafeterías, y algunos hogares. La gente nos prefería por sobre Twinnings, Dilmah y Lipton.
En el siguiente video puedes ver nuestro infusor en acción:

Pero todo se derrumbó ante nuestros ojos precisamente en el momento en que más esperanzados estuvimos, cuando al fin el negocio estaba ordenado y los números nos decían que teníamos una pequeña empresita que se preparaba para crecer. El dos mil veinte era el año de Teart. Pero ya sabes qué fue lo que pasó. No pudimos resistir ni psicológica ni financieramente dos años con el negocio congelado, prácticamente sin ingresos. Arrastrábamos un desgaste de años y esto tan sólo fue la estocada final.
Gonzalo -me dijo un socio-, bienvenido a la realidad
Hoy, que traigo a la memoria la ilusión por la que trabajamos tan duro, me retuerce las entrañas ver de nuevo, con la perspectiva del tiempo, el video con el que nos habíamos esperanzado de que al fin lo habíamos logrado; recuerdo el regocijo por el futuro que nos aguardaba lleno de cosas buenas; la confianza de que el esfuerzo y el dinero invertido por fin se pagaría; el sentimiento de que había una justicia cósmica que retribuía el trabajo duro después de todo.
Las lecciones
Desde luego, no toda la causa de la debacle fueron los dos años de confinamiento, sino que cometimos errores de manual cuando no debimos. Las lecciones que me llevo de este proyecto son:
1) Las buenas ideas no bastan
El mundo está lleno de buenas ideas (y buenas intenciones). Pero el desafío no está en la ocurrencia, sino en la puesta en acción, en la ejecución. De ahí el refrán de que "el camino al infierno está hecho de buenas intenciones". Poniéndome un poco filosófico, la realización de un proyecto es posterior a su concecepción teórica. Primero uno piensa en lo que va hacer y luego lo hace.
En este sentido, parte importante de la mentalidad emprendedora es llevar a cabo de manera inteligente pruebas de riesgo controlado que permitan probar la idea que tienes para resolver algún problema. Por eso algunos agregan que el éxito de un proyecto depende más de una correcta ejecución, basada en la conformación de un buen equipo, que de una idea brillante.
« Crecer no es algo deseable en toda circunstancia»
Teart era una buena idea, masificar la experiencia ritual del té en hebras, pero desde el punto de vista económico requería bastante financiamiento, más del que pensamos originalmente, lo que hacía que el crecimiento fuese lento. En la práctica nos encontramos con problemas de todo tipo que, junto con malas decisiones, derivaron en el fracaso del proyecto.
2) No hay que buscar necesariamente una idea escalable
La escalabilidad se refiere a la capacidad que tiene una organización de ajustar su producción a una demanda creciente sin aumentar su estructura o los recursos disponibles. En una palabra: su capacidad para crecer rápido. Por ejemplo, cuando Facebook (hoy llamada extrañamente Meta) compró Whatsapp por 19 mil millones de dólares, ¡tan solo 50 empleados atendían a 450 millones de usuarios! Y llegaron hasta ese punto en seis años. Una locura.
Ahora bien, para lograr la mítica escalabilidad, la organización debe ser capaz de resolver un problema real en un mercado lo suficientemente grande, en la escala de los cientos de millones, que idealmente esté creciendo. Todo ello motiva tanto a emprendedores como inversionistas. Sin embargo, también se puede resolver un problema local, de nicho, en el que te sientas cómodo y realizado. Crecer no es algo deseable en toda circunstancia. Un amigo era feliz con una gelatería italiana de barrio. Eso sí, ten por seguro que no encontrarás inversionistas, a lo más un socio capitalista. Lo que nos lleva al siguiente punto.
3) Mejor cabeza de ratón que cola de león
Mi abuela siempre me decía "el que pone la plata pone la música", y si los inversionistas ponen la guita, ya sabes. Más allá del reconocimiento y la fama que trae encabezar una start-up escalable, no se habla de quien realmente pone la música. Este aspecto ha sido estudiado en un famoso artículo "El dilema del fundador" ( Noam Wasserman, 2008) que es una elaboración técnica del dicho que repetía mi abuela: cuanto más crece la compañía menos control tiene el fundador sobre su destino, ya que su participación accionaria se diluye hasta convertirse en una participación simbólica (aunque valga mucho, tiene poca importancia comparativa al interior de la sociedad). La propiedad real, y por tanto, el control lo tienen otros.
El ejemplo más conocido es la expulsión de Steve Jobs de Apple en 1985. Por cierto que esta realidad se trata de ocultar bajo lindas narrativas, pero no por eso el principio deja de ser verdadero. El dilema que describe el autor tiene su correlato popular en el refrán "mejor cabeza de ratón que cola de león": pues uno debe optar entre hacerse millonario o dirigir la compañía, pero ambas caminos no son posibles al mismo tiempo y de manera legítima. Lamentablemente a mí se me confundieron y perdí de vista la razón íntima por la que me decidí a emprender inicialmente.
Para mí siempre se trató de autonomía: el ser capaz de construir mi propio camino de vida, que nadie me dijera lo que tenía que hacer, poder controlar mis horarios, abrir tiempo de ocio, en una palabra, ser libre. Y si este era el camino, debería haber tomado otras decisiones. Pero caí en la narrativa del fundador, que parece tener la fuerza atractiva de un arquetipo junguiano; nosotros lo veneramos tanto como los griegos antiguos al primer inventor. Eso sí, ya no fundamos ciudades, sino compañías escalabes. En suma: ambos refranes describen el dilema del fundador. Prefiero ser cabeza de ratón con todas las consecuencias que eso tiene (este es un buen libro al respecto).
4) No hay que escalar antes de tiempo
Esta es de manual. Apurados por crecer, obtuvimos financiamiento para validar el infusor en EEUU. Recién habíamos sacado la versión más sofisticada que funcionaba espectacular. Ingenuamente pensé que bastaba que tuviéramos gente enamorada de nuestro producto en el país del Norte para que nos llovieran los inversionistas y con eso todos nuestros problemas reales de caja en Chile desaparecerían. Lamentablemente, las voces de sirena del escalamiento me deslumbraron, tanto así que, en vez de enfocarme en la estética del proyecto y su ritmo natural, lo forcé a ser lo que no era. Fue como pedirle a un niño que aprenda a correr cuando aún no sabe gatear.
Si pudiera volver el tiempo atrás, me enfocaría en atender a nuestros clientes leales, a quienes confiaron en nuestra visión desde el día cero. Todo el capital levantado habría sido mucho mejor aprovechado en mejorar la operación local que en validar internacionalmente el producto. Pero claro, suena mucho mejor esto último. Error. Por eso aprovecho de agradecer a Juan Valdéz Café, que apostó por incluir Teart en su parrilla de productos aún cuando no teníamos una trayectoria demostrada. Juan Valdéz se transformó en nuestro primer cliente simplemente por creer en nuestra visión, lo que después nos abrió muchas puertas. Por suerte, hay textos que advierten de esta situación como el "El Manual del Emprendedor" (Steve Blank), donde le dedica varias páginas al error del escalamiento prematuro.
5) Hay que pagarse un sueldo desde el día cero
Con la ingenua idea de sacrificarnos en pos de la empresa, al comienzo nos pagamos poco pensando en que prontamente la caja nos daría para pagarnos mejor. Sin quererlo, entramos en un círculo perverso, porque ese momento se alejaba cada vez más: como no nos alcanzaba para vivir, adquirimos deudas personales, lo que disparaba la ansiedad por generar flujo rápido; tomábamos, en consecuencia, decisiones cortoplazistas que permitiesen generar ingresos en vez de mantenernos firmes en una visión de largo plazo para construir empresa. Con el tiempo esta situación se perpetuó hasta mermarnos sicológicamente. Mirando hacia atrás, no entiendo cómo aguantamos tanto. Dolió tanto la quiebra, porque el dos mil veinte era el año en que se invertiría la tendencia. Los confinamientos dijeron lo contrario.
«¿Para qué quieres ser cola de león?»
En relación con la lección anterior, para ser cabeza de ratón debes privilegiar tus ingresos, saber bien cómo deseas vivir para que lo que generas pueda soportar tu estilo de vida. Más sobre esto en el la lección #7.
6) Procura gestionar la comunicación con los inversionistas
A los inversionistas les interesa la plata, el retorno del capital. Y es justo que sea así, porque, a no ser que seas multimillonario, cuesta ganársela. Debido a que el ingreso a EEUU fue un éxito en términos de validación de producto, pues teníamos clientes enamorados de nuestro infusor -principalmente retailers de té y productos naturales-, fue un fracaso financiero, porque quedamos sin alternativas para financiar la operación en Chile, que andaba bien. Esto nos generó una bola de nieve que no pudimos parar. Súmale el punto anterior y el cocktail era una molotov. Por eso mismo, quizás por miedo a comunicar la situación indeseable o evitar sumarle otra fuente de estrés a nuestras vidas, descuidamos la comunicación con los inversionistas hasta que fue demasiado tarde.
Naturalmente cuando un barco va a la deriva lo esperable es rescatar lo que se pueda antes de saltar. Algunos inversionistas comprendieron la situación y otros se mosquearon, no tanto por haber perdido lo invertido, sino, porque no se sintieron tratados como debían (creo que con razón).
Para la próxima, si quieres ser cola de león, prepárate para comunicarte con los que ponen la música y bailar a su ritmo. Es parte de las reglas del juego. Fue una cara lección.
7) Reflexiona el para qué del proyecto que vas a emprender.
Esta es la lección que me hubiera gustado haber aprendido antes de los treinta. Pero la vida se vive hacia adelante y se comprende hacia atrás, ¿verdad? La primera pregunta antes de comenzar cualquier proyecto es tu para qué personal. No me refiero con esto al "todo comienza con el por qué" (Simon Sinek) que se refiere a la razón de ser de la empresa, sino a la pregunta anterior del para qué en relación contigo mismo. ¿Para qué quieres ser cola de león?
La mayoría te va a decir que para ayudar al prójimo o salvar el mundo (los dos pilares del Evangelio Corporativo). Pero pocos te van a decir que por el reconocimiento, la fama (el sucedáneo universal de la felicidad) o el sentirse importante, útil o valorado. La transparencia con tus objetivos personales alineará los medios para su realización.
Quizás no sea necesario ser cola de león para sentirte realizado, como es mi caso, porque mientras más grande es la compañía, más dedicación requiere hasta el punto en que absorbe los demás aspectos de tu vida. Considero prudente, por tanto, plantearse estas preguntas antes de comenzar:
¿Qué sentido vital te dará tu próximo proyecto?
¿Qué lugar ocupa en el contexto más amplio de tu vida o es que la abarca completa a tal punto en que tu proyecto es inseparable de tu identidad personal?
Sin haberme hecho estas preguntas, emprendí en el mundo del té, porque me parecía un producto filosófico; con sus más de dos mil años de tradición, el té tiene valores asociados a un ritual que representa lo simple y lo natural. Además, tenía la esperanza de que me brindaría un estilo de vida similar al filosófico. Se acercaba, pero eso no era lo que realmente quería.
Error.
Un caso célebre de las consecuencias de estas preguntas es el de Elizabeth Holmes; la otrora ícono de Sillicon Valley hoy arriesga una sentencia de 20 años en prisión por haber defraudado a inversionistas y al público en general con su startup Theranos. Ella quería cambiar el mundo, pero también tener poder hasta el paroxismo de modificar su voz para sonar más empoderada (tragicómico). Dicen que 1 de cada 3 emprendedores sufre de depresión, y lo he confirmado en mi experiencia.
En adelante, cualquier proyecto que emprenda será tan sólo una parte importante, pero no la principal de mi vida. Por eso, entre otras razones, me mudé a una aldea remota de Costa Rica con mi familia para instalar mi centro de operaciones, sanar las heridas, y recomenzar desde ahí. Porque fallé en cada uno de estos puntos, vienen a cuento las palabras que alguna vez me dijo un socio: "Gonzalo, bienvenido a la realidad". La realidad no siempre se ajusta a nuestras expectativas; la mayoría de las veces destruye tu ilusión sin piedad.
Adios para siempre
Dicen que el aprendizaje de estos años me acompañará toda la vida; que nadie te quita lo bailado. Me pregunto si será solamente un premio de consuelo para que no me sienta mal. ¿Se valora realmente la experiencia del fracaso o es que sólo sirve para estar atento al recomenzar? ¿Seré percibido en adelante como un emprende-zombie, el emprendedor que no fue? Veremos qué me depara el futuro en mi nuevo proyecto Filósofo AI en el contexto de mi plataforma en la red.
Gracias a mis socios, Christian y Francisco, que dejaron los pies en la calle y se embarraron hasta el cuello.
¡Hasta siempre Teartito!
Una de las razones que me motivó a comenzar filósofo(.com) fue poner a prueba el conflicto histórico del filósofo con el dinero. El saber filosófico, a diferencia de otras formas de conocimiento, no produce nada útil y por esta característica su valor es difícil de medir económicamente para transformarlo en mercancía. Por definición, lo útil es aquello que sirve para producir u obtener otra cosa, como la harina para producir el pan o el dinero para comprarlo calientito a primera hora de la mañana. En general, lo útil tiene carácter instrumental.
Pero la filosofía no se busca por ninguna otra razón más que por sí misma; perseguirla por otra otra cosa sería deformar su naturaleza, como conservar la cáscara sin la pulpa y la caparazón sin la tortuga (en esto Marx se apropió de la palabra filosofía para darle su propio significado en su conocida consigna de que su deber no es conocer el mundo, sino transformarlo; es decir, produjo su tortuga on demand). Aún recuerdo cuando las mamás de mis amigos se escandalizaban al preguntarme qué se hacía con eso de la filosofía una vez que terminara de estudiar y mi respuesta era sencillamente: nada. Lo decía con un cierto sarcasmo, pero capturaba mi pleno compromiso vital con la filosofía. Incluso algunos amigos me preguntaban: ¿y eso se come? A fin de cuentas, la posesión del saber filosófico es un bien, pero no produce bien alguno. Su valor de cambio es prácticamente nulo, o al menos así ha sido a lo largo de la historia. Y tampoco puede ser un bien de consumo que se extinga luego de su uso. ¿Dónde cabe la filosofía en este mundo en transición?
Debido a que no se puede elaborar o fabricar nada con el saber filosófico como si fuera un insumo, su naturaleza es extraña (y diría hasta sospechosa) para la mentalidad de consumo propia de nuestro tiempo. Tampoco es posible idealizar una edad de oro de la filosofía, porque desde sus orígenes ha sido despreciada por el resto de la sociedad quizás a causa de esta falta de utilidad práctica. Aristóteles observó esta fragilidad social de la filosofía, cuando decía que los demás saberes son más necesarios, precisamente porque son más útiles, pero ninguno de ellos es más noble.
Lo anterior explica por qué la filosofía tiene cada vez menos cabida en la educación, no sólo básica, sino en la formación general de los ciudadanos, que privilegian una instrucción técnica en desmedro de las humanidades. No es exagerado decir que hoy en día se busca el conocimiento nada más que por el rendimiento económico que puede brindar. Pero, imagínate un mundo compuesto por puros ingenieros y médicos; para mí, la definición absoluta del infierno.
Desde luego, el filósofo, a sabiendas de que el saber que busca no puede generar riqueza, queda anclado en una posición económica bastante desventajosa. En efecto, la adquisición del saber filosófico requiere de mucha inversión personal (tiempo, sacrificio, esfuerzo, talento) y ciertas condiciones de vida que podríamos calificar de aristocráticas (ocio, amigos con intereses filosóficos semejantes). Como solía recordar Julián Marías, a la filosofía siempre se han dedicado unos cuantos gatos; por eso, en cierto sentido, es aristocráctica, ya que no paga económicamente toda la inversión que requiere. Por constrate, el emprendedor realiza tanto sacrificio, pero por la apuesta de un retorno que pague más de diez veces la inversión.
En mi caso, sé que nadie me va a pagar mis ocho años de doctorado. Podría haber elegido un tema de tesis facilón para que fuera un trámite rápido de sacar, como hacen algunos con cierta razón. Pero no; elegí entender aquello que no entendía para cubrir las lagunas que faltaban en mi comprensión de la metafísica. ¿Valió la pena? Totalmente, aunque estoy consciente de que el esfuerzo nunca se pagará económicamente. En resumen, el filósofo siempre la ha tenido difícil monetizando su oficio.
Ni los pensadores más célebres se ganaron la vida con la filosofía:
- René Descartes (1596-1650) se licenció en derecho civil y canónico; pero no ejerció como abogado, sino que se unió al ejército de Mauricio de Nassau y después al de Maximiliano de Baviera. Hacia el final de su vida vivió bajo el patrocinio de la reina Cristina de Suecia.
- Baruch Spinoza (1632-1677) se ganó la vida puliendo lentes para instrumentos ópticos, colaborando en diseños con Christiaan Huygens.
- John Locke (1632-1704), como otros grandes filósofos, fue médico de formación y profesión. También vivió de su mecenas, Anthony Ashley Cooper, primer conde de Shaftesbury.
- David Hume (1711-1776) trabajó como secretario de su primo, el teniente general James St. Clair. Después fue bibliotecario de la Facultad de Abogados de Edimburgo; y más tarde secretario de la embajada británica en París.
- Arthur Schopenhauer (1788-1860) vivió en la soltería, tranquilo junto a su perro, gracias a la herencia de su padre, un exitoso empresario alemán.
- John Stuart Mill (1806-1873) fue administrador colonial de la Compañía de las Indias Orientales de 1823 a 1858; y se desempeñó como Miembro del Parlamento de la Ciudad y Westminster de 1865 a 1868.
- Charles Sanders Peirce (1839-1914) pasó la mayor parte de su vida laboral como científico en el Servicio de Investigación Costera de los Estados Unidos, hasta que en 1891 renunció y se fue a vivir de una herencia de su padre, matemático Benjamin Peirce.
- Friedrich Nietzsche (1844-1900) fue profesor de filología clásica en la Universidad de Basilea. Y por problemas de salud fue pensionado por la universidad de Basilea.
- Gottlob Frege (1848-1925) enseñó matemáticas en la Universidad de Jena; y durante su carrera temprana sobrevivió con becas y conferencias no pagadas o mal pagadas, y tuvo que ser subsidiado por su madre.
- Jeremy Bentham vivía de una herencia de su padre, Jeremiah Bentham, un abogado de gran éxito.
- Ludwig Wittgenstein (1898-1951), que había sido soldado voluntario en el ejército austrohúngaro durante la Primera Guerra Mundial, trabajó como jardinero y maestro de escuela antes de regresar a Cambridge en 1929.
En este sentido, es pertinente el consejo de Juan Manuel de Prada, un novelista español que parece teletransportado desde el siglo de oro, quien aconseja no vivir de la escritura, porque eso hace que el arte deje de ser crítico con su época y se deba ajustar a las modas para poder permitirle al escritor llevar una vida financieramente estable. Quizás por eso en otras épocas hubo algunos filósofos que fueron médicos como Galeno, Al-Farabi, Avicenna, Averroes, y Maimónides. Otros, además, fueron monjes, obispos o papas, como San Agustín, Tomás de Aquino y Pedro Hispano. Y otros, matemáticos e ingenieros, como Descartes, Leibniz, Bertrand Russel y Ludwig Wittgenstein.
Hoy en día, en cambio, el filósofo es un profesor cuyo oficio es impartir clases en alguna institución académica y que se enfrenta por lo mismo a un profundo dilema existencial: "¿Qué es, pues, actualmente un filósofo? Básicamente, un profesor al que no le resulta del todo fácil justificar, ante los demás y ante sí mismo, su propia actividad, y es más, que dedica buena parte de ella precisamente a encontrar esa justificación, formulando constantemente la pregunta ¿Qué es la filosofía?" (José Bermejo).
De hecho, uno que otro profesor ya entrados en sus cincuenta me ha confesado que, si tuvieran que elegir de nuevo cómo habrían de ganarse la vida, no habrían elegido la filosofía. Y me lo confesaban detrás de su escritorio mientras escribían otro de sus artículos con cara de tristeza, pese a ocupar cargos importantes en sus respectivas facultades. La conciencia de que la mayoría de los artículos queda sin leer desalienta a cualquiera y, si a eso se le suma la exigencia de publicar artículos como si fuera una línea de producción industrial, el resultado es el cuestionamiento del sentido de la propia ocupación. Quizás por esta causa hay tanto arrepentido de haber estudiado humanidades. Por otra parte, hay muchos filósofos que estudiaron derecho por consejo de sus padres (que con la filosofía se iban a morir de hambre), pero igualmente terminaron en la burocracia disimulada de la carrera docente.
"¿Qué es, pues, actualmente un filósofo? Básicamente, un profesor al que no le resulta del todo fácil justificar, ante los demás y ante sí mismo, su propia actividad, y es más, que dedica buena parte de ella precisamente a encontrar esa justificación, formulando constantemente la pregunta ¿Qué es la filosofía?" (José Bermejo)
El dilema existencial del filósofo en la era de internet genera así varias inquietudes: ¿Será que sólo se estudia la filosofía para formar a futuros profesores de filosofía? ¿Será que al institucionalizarse en la universidad contemporánea se estudia para perpetuar una facultad en la que se forman profesores para ser profesores de otros profesores? Un caso semejante ocurre con la escritura creativa que, cuando se estudia a nivel universitario, sus egresados, en vez de dedicarse a escribir novelas, que sería lo lógico, aspiran a conseguir una plaza en una facultad que forma otros profesores de escritura, por la razón más que comprensible de que genera ingresos estables.
El dilema del filósofo con el dinero ha sido reconocido desde los orígenes. En palabras de Aristóteles: "Así parece que debe obrarse también con los que nos comunicaron la filosofía; su valor, en efecto, no se mide con dinero, y no puede haber honor adecuado para ellos". Si bien esta perspectiva es pre-capitalista, y el criterio para la fijación del precio por la filosofía es la justa retribución y no el valor de mercado, sus palabras capturan algo esencial: que el valor de la filosofía no se mide con dinero.
Pero no se trata un defecto intrínseco o connatural a la actividad filosófica, sino que en un mundo en transición post-capitalista como el nuestro, se acentúa su contraste con la utilidad universal en la medida en que ésta invade prácticamente todos los ámbitos de las relaciones humanas. La nobleza de la filosofía proveniente de su carácter de saber definitivo (que se busca en razón de sí mismo y no por alguna utilidad) la convierte en extranjera en una sociedad regida por valores utilitarios. Por esta fisura estructural, es razonable que exista un resentimiento del filósofo con el sistema; de ahí los furibudundos críticos del capitalismo.
Por cierto, el presupuesto que mantiene vigente esta perspectiva sostiene, querámoslo o no, que todo puede ser medido con dinero (llevado hasta el paroxismo, diría que sólo existe aquello que puede ser medido con dinero). Un bien que no cumple con este requisito quedaría al margen de una sociedad con un desarrollado sistema monetario (eso explica que la facultad de filosofía sea subvencionada y se haya convertido en un sistema cerrado marginado del resto de la sociedad). Y esta idea es la que pone a prueba filósofo(.com) que, sin violentar su noble naturaleza, procura monetizar el oficio por medio de comunicar la filosofía a quien la busca.
Aristóteles insistía en que el sabio (es decir, el filósofo consumado) debe ser lo más autosuficiente posible en la conducción de su vida; ha de ser capaz de procurarse la autarquía necesaria, liberando tiempo para dedicarse a estas cuestiones. Recién en esta época asistimos a las consecuencias del problema. En efecto, cuando uno está subsumido bajo el financiamiento de uno solo (por lo general, una institución que paga el salario o becas que financian proyectos de investigación) la libertad especulativa se puede ver coartada por los intereses o la visión de quien financia.
"El que pone la plata pone la música" decía mi abuela; así que mucho ojo con quien financia al filósofo, ya que le puede exigir a qué son bailar. Para evitar caer en esta subordinación ideológica, ¿qué ocurriría si son los lectores quienes financian al filósofo? ¿Sería esto garantía de autosuficiencia especulativa y de calidad de las ideas? Gracias a la tecnología de internet, un número suficiente de lectores comprometidos que aportan con una suma econónima que sólo en el agregado es relevante, permitiría que el filósofo se concentre en su oficio. De esta manera sería más fácil admitir que, si la filosofía no tiene nada que aportar, ya que para eso están las ciencias, está destinada a desaparecer.
Lo que hace inevitable plantearse la pregunta por el valor de la filosofía en un mundo como el nuestro. ¿Tiene aún valor la filosofía? Si es así, ¿cuál filosofía?¿Puede existir el filósofo en estado puro donde su oficio es la misma dedicación a la filosofía?¿Qué es aquello que el filósofo le aporta al mundo como para poder monetizar su oficio? Si admitimos que el sofista es el filósofo que ha abdicado de la verdad en pos de la fama propicia para lucrar (los ejemplos sobran, como los críticos del capitalismo que venden sus libros por Amazon), ¿cómo llevar una vida digna sin transformarse en sofista? Lo interesante es que esta perspectiva pone el foco en el valor que yo como filósofo puedo aportar a mi audiencia; sería mi fallo, no de la filosofía.
"Así parece que debe obrarse también con los que nos comunicaron la filosofía; su valor, en efecto, no se mide con dinero, y no puede haber honor adecuado para ellos" (Aristóteles)
Lo primero que debemos aceptar para delinear una respuesta es que la filosofía tiene que contar con los mismos requisitos de cualquier estrategia económica: ha de resolver un problema real. ¿Y qué problema resuelve la filosofía? Se me ocurren solamente tres: 1) la aspiración natural del hombre al saber; 2) la aspiración natural a llevar una vida lograda; 3) la aspiración natural a trascender la muerte. Por eso en filósofo(.com) me he planteado el desafío de monetizar el oficio del filósofo precisamente por el valor que aporta a la vida personal en esas tres dimensiones. Se trata de comunicar la experiencia filosófica y no un stock acumulable de ideas. Porque, al final del día, ¿quién y para qué las acumula?
Gracias al estado actual de la tecnología, hoy es posibile como nunca realizar dos ideales antiquísimos, como son el acceso universal al saber filosófico y la formación de una comunidad en torno a este. Pese a que las circunstancias políticas actuales son extraordinariamente apocalípticas, estoy convencido de que vivimos tiempos propicios para dedicarse a la filosofía. Nos ha tocado vivir en una época ideal para desarrollarla, porque la vida ordinaria cuenta con las comodidades suficientes para dedicarse a la búsqueda de la verdad. Ya no es necesario perseguir lo extraordinario, sino que se puede cultivar en la tranquilidad del hogar con un par de libros y una conexión a internet.
¿Será posible monetizar el saber filosófico? Acompáñame en el viaje de filósofo(.com) para averiguarlo.
A Stephen Hawking no se le movió ni un dedo cuando afirmó ante los ejecutivos de Google que la filosofía estaba muerta. No dijo que estaba muriendo, dando a entender que va de capa caída en la actualidad, tampoco advirtió que, si seguía con sus malas prácticas, iba a morir. Nada de eso. Prefierió decir que ya había estirado la pata y que sólo podemos asistir a sus exequias.
Y yo acá, después de ocho insufribles años de doctorado y veinte de filosofía a la vena, aprestándome a escribir el artículo inaugural de Filósofo(.com), ni me había enterado de que había muerto. ¿De qué voy a escribir ahora? ¿A qué le he dedicado todos estos años de mi vida?
Cabizbajo después de haberme enterado, me parecieron sospechosas las circunstancias de su muerte, así que me las dí de detective, armado con una pipa y un cuaderno de notas, y me propuse investigar el caso; no vaya a ser de esos en que el difunto aparece días después aduciendo que había sido raptado por los extraterrestes y su muerte era tan sólo un encubrimiento de algo más sórdido.
I
Que el crimen se haya perpretado en las oficinas centrales de Google, el enemigo natural del filósofo, es una sospechosa coincidencia. A un muerto no se lo mata dos veces. Después de revisar la escena del crimen me di cuenta de que la filosofía había sobrevivido a esa primera estocada. Me contaron que agonizaba sangrante, pero disimulaba con el ojo entreabierto y las manos sobre la herida, esperando a que el asesino se fuera para poder arrastrarse a un lugar seguro y recuperarse. Y lo sé, porque el Sr. Hawking tuvo que volver para rematarla, dándole una segunda estocada sin escribir su epitafio ni lavarse las manos. La declara muerta de nuevo con las mismas palabras unos años después en su libro de divulgación El gran diseño (2010):
“¿Cómo podemos comprender el mundo en que nos hallamos? ¿Cómo se comporta el universo? ¿Cuál es la naturaleza de la realidad? ¿De dónde viene todo lo que nos rodea? ¿Necesitó el universo un Creador?…Tradicionalmente, ésas son cuestiones para la filosofía, pero la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimiento”
El Sr. Hawking era el sicario perfecto del que nadie se habría atrevido a desconfiar, porque mantuvo una relación cordial con la difunta que lo convierte en el principal sospechoso de haber sido el autor material del delito.
Encontré la evidencia en su libro El universo en una cáscara de nuez (2001), donde se declara seguidor de una determinada filosofía para comprender su propio quehacer:
“Cualquier teoría científica seria…-dice el Sr. Hawking- debería en mi opinión estar basada en la forma más operativa de filosofía de la ciencia: la perspectiva positivista propuesta por Karl Popper y otros. Según esta forma de pensar, una teoría científica es un modelo matemático que describe y codifica las observaciones que realizamos” (cap.2)
¡Vaya sorpresa! Dice que una teoría científica seria tiene que basarse en el positivismo y más encima cita a Carlitos Popper. ¿Qué le pasó a este hombre que, después de abrazar una cierta filosofía, termina declarando muerta a toda la disciplina y, no contento con eso, alegando públicamente que conoce la causa de muerte? Ciertamente este hombre es un insider. El cambio de actitud lo incrimina. Pasó de tener una relación de amistad a declarar su muerte, dando a conocer la causa de muerte antes de que los peritos pudieran investigar el caso.
Pero no es tan preocupante. Gracias a la historia sé que la filosofía ha sobrevivido a todos sus verdugos, aunque los del presente son más agresivos que los del pasado. Puede que, como decía Vico-C (el artista urbano autoproclamado El filósofo), la filosofía ya salió de su tumba para contratacar con lo que aprendió de sus enemigos, como el Conde de Montecristo, estudiando sus debilidades para derribarlos uno por uno. Volverá a reclamar lo que es suyo.
II
Está a la vista de todos que el vocero de la ciencia es el sicario de la filosofía. La quiso matar, porque deseaba apropiarse ilegítimamente de su patrimonio: el físico quería quedarse con las preguntas últimas, las fundamentales, más allá de las que no cabe preguntarse nada más. El tópico intemporal de la pelea por la herencia: la maltrecha filosofía parece esa tía viuda muy rica que, en el mejor de los casos, los sobrinos lejanos esperan que se muera pronto, y en el peor, intentan apurar su muerte. Es un tema de paciencia. En esta situación, el patrimonio de la filosofía será herededado por quien más reclama. Esta vez no son sus sobrinos, sino su hija, la ciencia moderna.
El Sr. Hawking se incrimina solo cuando decide de manera autoritaria quién ocupará el espacio intelectual que ha quedado vacante. No sólo les entregó la herencia sino que les encomienda su resguardo cuando les dice a los científicos que serán los únicos capaces de llegar al conocimiento. Ciertamente tiene intereses creados; necesita que muera para desarrollar su proyecto.
¿Será que el Sr. Hawking le agarró odio a toda la disciplina, porque un filósofo que era de su agrado le aguó la fiesta? Su antiguo camarada, Karl Popper, le dejó en claro que hay algunos temas que naturalmente escapan a los científicos y que es mejor dejarlos tranquilos: “la ciencia no hace afirmaciones sobre las preguntas últimas -sobre los acertijos de la existencia o del destino del hombre en el mundo-. Esto se ha comprendido usualmente bien. Pero algunos grandes científicos, y algunos no tanto, han comprendido mal la situación” (Popper 1978: 342). He aquí un buen motivo para sospechar que algunos la quieren fuera del mapa.
III
La filosofía pudo sobrevivir a las dos estocadas que le infligió el Sr. Hawking, porque formular e intentar responder las preguntas últimas es inevitable. El astrofísico encuentra que vale la pena conservar ese tipo de preguntas para responderlas por medio de "los descubrimientos y los progresos teóricos recientes, que nos conducen a una nueva imagen del universo y de nuestro lugar en él" (El gran diseño, 2015:4).
Cosmología a la filosófica.
Es decir, los descubrimientos de la física, pasados y venideros, permitirán resolver de una vez por todas los acertijos existenciales ante el silencio de los filósofos desempleados. Y esta es la empresa que acomete en su obra de divulgación científica: el libro del Sr. Hawking está inundado de preguntas filosóficas.
El primer capítulo se titula El misterio del ser.
A ver, ¿cómo se llama el libro del olvidado filósofo Gabriel Marcel?
El misterio del ser, ¡de 1950!
Da como para sospechar del divulgador en vista de la falta de cortesía intelectual que muestra: ni una sola cita, referencia, o mención a esta obra que lo antecede directamente en el tema. Pero sabemos que no podía hacerlo, porque sus intenciones eran otras. Qué saben esos filósofos del misterio del ser.
Un poco más adelante se encuentra el tercer capítulo titulado ¿Qué es la realidad?
Este tema conecta al Sr. Hawking directamente con la tradición de Platón y Aristóteles, porque es la pregunta filosófica por excelencia, la que se han hecho y seguirán haciendo por siempre los filósofos, aunque estén arruinados. Es sospechoso, por cierto, que no se tome la molestia de citarlos en relación con el tema planteado en la pregunta, sino que los menciona vagamente a propósito de la evolución de algunas ideas de la física para mostrar cómo se encuentran superados. Un golpe bajo.
IV
Al final del primer capítulo se encuentra consumada su intención de apropiarse del patrimonio filosófico:
“Para comprender el universo al nivel más profundo, necesitamos saber no tan sólo cómo se comporta el universo, sino también por qué. ¿Por qué hay algo en lugar de no haber nada? ¿Por qué existimos? ¿Por qué este conjunto particular de leyes y no otro? Esta es la cuestión última de la vida, el universo y el Todo.” (Cap 1)
Fíjate cómo el hombre prepara el terreno para cometer el crímen ahí donde dice que, para comprender mejor el universo, es necesario saber el por qué y el cómo. En este punto exacto da el salto de la física hacia la filosofía. Mira bien las preguntas que se hace a continuación:
- ¿Por qué hay algo en lugar de no haber nada?
- ¿Por qué existimos?
- ¿Por qué este conjunto particular de leyes y no otro?
Cualquiera con un sano sentido común tendría que preguntarse qué hacen esta preguntas en un texto de física. ¿Te parece que son preguntas que se debe plantear un físico?
Se trató de un crimen premeditado, porque antes había dicho que “la prioridad de los antiguos [estaba] en averiguar porqué la naturaleza se comporta como lo hace en lugar de cómo lo hace”(cap. 2). Es decir, el Sr. Hawking critica la filosofía antigua por haberse concentrado en el por qué de la Naturaleza en vez del cómo, para reintroducirlo en la nueva comprensión del universo que promete la Cosmología contemporánea. Otro golpe bajo.
Si a estas alturas estás pensando “¿Qué sabe un pobre filósofo que no lo lee ni su abuela de estas cosas?”, vamos por buen camino. Porque de algún modo intuyes bien que existe una intromisión injustificada de una disciplina en otra. No dudas en pensar que soy un ignorante que opina de física. Pero, ¿por qué no admitir que se da el mismo caso al revés, que el Sr. Hawking entra como ignorante en los temas filosóficos? ¿Se borra acaso el carácter filosófico de las preguntas sólo con omitir que se insertan en la tradición especulativa llamada filosofía?
V
Según el principal sospechoso, la filosofía murió desangrada en su propio aislamiento intelectual por no estar al tanto de los descubrimientos científicos del último siglo. Para que tenga sentido esta acusación, cuando el Sr. Hawking dice “filosofía” en realidad quiere decir “Todos los filósofos”, porque si no se está refiriendo a todos, habría que admitir que existe al menos uno que se escapa de la crítica.
¿Qué pasaría si existiera, en efecto, ese filósofo ducho en la cosmología del último siglo?¿Debería llegaría acaso a las mismas conclusiones del Sr. Hawking por necesidad? ¿O es posible que llegue a conclusiones distintas a partir de los mismos conocimientos? Sea como sea, habría sido bastante más sencillo que, en vez de declararla muerta, se le hubiese ofrecido gentilmente a los filósofos un curso en estas materias para iniciados.
Pero la intención real tras esta acusación es que la filosofía llegue a las mismas conclusiones que la física bajo amenaza de ser enviada a la horca si no lo hace. Filosofía sin filósofos, nada más.
Y ese es el movimiento sospechoso.
¿Por qué un físico le pide eso a la filosofía? ¿Qué premisas de la física lo llevan a semejante petición? ¿Acaso no se puede el caso contrario? ¿Por qué habrían de estar más actualizados de física los filósofos que los físicos sobre moda o psicología? ¿Es una razón suficiente como para declarar muerta a una disciplina el que no esté actualizada en los descubrimientos de otra?
El magnicidio intentado por el Sr. Hawking responde al mandato totalitario de que la filosofía debe ajustarse al razonamiento de la física para tener legitimidad. (A pesar de que nada hay en la física que permita llegar a esa conclusión). Ha quedado así amenazada de muerte: si no lo hace y desobece, la filosofía será enviada a matar por sicarios intelectuales. Parece que el Sr. Hawking no se ha enterado de que la filosofía jamás cederá su noble quehacer ante amenazas de muerte. Prefiere morir por la verdad, como lo hizo Sócrates (la escena representada en la pintura de la portada).
Epílogo
Si los autores intelectuales del delito hubieran estado convencidos de que la filosofía estaba bien muerta, ¿no habría sido más coherente eliminar totalmente las preguntas? Una filosofía realmente muerta debiese haber sido sepultada con el glorioso patrimonio de sus preguntas, anulando los conceptos contenidos en ellas para borrar de la memoria la posibilidad de maravillarse ante el simple hecho de existir. Deberían haberla enterrado como a los faraones egipcios y no haber saqueado su tumba luego de su muerte.
Pero el Sr. Hawking no es el responsable principal sino que es tan sólo un portavoz, entre muchos otros, de una corriente de pensamiento que se extiende en la actualidad: el Cientificismo y, su padre, el Naturalismo; los autores intelectuales del crimen. La idea central que defienden es que no se reconoce objeto alguno fuera de los que estudian las ciencias naturales y de esta manera no admite ningún dominio para la filosofía que no sea alcanzable por dichas ciencias. No es que el Naturalismo quiera convivir en armonía con la filosofía, sino que busca eliminarla por principio. Al revés no sucede lo mismo. Las ciencias son buenas, pero tienen límites (y esto es lo que no les gusta oír a los cientificistas).
De esta manera, los matones detrás del Sr. Hawking necesitan que la filosofía muera para desarrollar su proyecto que busca instaurar por la fuerza una determinada manera de pensar. Lograr la coherencia total con esta perspectiva habría sido decir que la filosofía muere con sus preguntas. ¿O es que se dieron cuenta de que sencillamente no se puede eliminar, sino que se trata de una actividad inevitable para el hombre? Lo más interesante de todo, es que la muerte de la filosofía es un tema filosófico en sí mismo (que exploraremos oportunamente en el sitio).
Así, la tesis de que la filosofía es incapaz de responder a sus propias preguntas por no estar actualizada en la física, me parece una declaración de principios camuflada de ciencia para ganar la adhesión del gran público a favor de una cierta manera de pensar (la cientificista). De lo contrario, ¿qué descubrimiento cosmológico permite llegar a semejante conclusión?
Este caso ha descubierto que nos ha tocado filosofar bajo una amenaza totalitaria de muerte: o te ajustas al cientificismo o mueres. Esa es la situación de la filosofía en la era del nihilismo tecnológico. Si bien no me preocupo mayormente, porque siempre sale ilesa de los intentos de liquidarla, las diversas formas de cientificismo o positivismo constituyen una amenaza real que asfixia el quehacer filosófico al reducirle sus posibilidades especulativas.
Pero hay que dar batalla haciendo buena filosofía.
Un buen comienzo es preguntarse si hay preguntas exclusivamente filosóficas, como la pregunta por el ser, y si los descubrimientos de la física son capaces por sí mismos de resolver dichas preguntas en lo que tienen de propio sin anularlas, detallando bien cómo han de hacerlo.
La filosofía andaba de parranda, ya sabemos cómo sobrevivió al famoso sicario.

