«Mis designios no han sido nunca otros que tratar de reformar mis propios pensamientos y edificar sobre un terreno que me pertenece a mí sólo. Sí, habiéndome gustado bastante mi obra, os enseño aquí el modelo, no significa esto que quiera yo aconsejar a nadie que me imite» –Renato Descartes
Aceptaron mi ponencia en uno de los congresos de lógica más importante del mundo. El Square of Opposition International Congress que este año toca en Montreal. Estoy contento y nervioso. Porque, por un lado, voy a exponer lo que creo ser un descubrimiento original, el hallazgo de algo inédito. Y por otro, expongo como independent researcher, porque no tengo afiliación institucional que me respalde. Me presento nada más que con mis ideas, lo cual para mí al menos se siente extraño. Una mezcla de orgullo de que han valorado mi propuesta independientemente de mi situación académica, aunado al miedo de exponerla frente a los más capi del mundo.
Es interesante, porque la palabra afiliación se usa habitualmente en estos contextos para referirse a la pertenencia a alguna institución o asociación. La palabra viene del latín ad- el prefijo que significa dirección «hacia» más filius, hijo. Literalmente sería algo así como «hacerte hijo». De este modo, al incorporarse como hijo de una institutición ya se admite que hay un padre. La afiliación es de esas relaciones que van en dos direcciones: correlativas dicen los encumbrados. La afiliación institucional te dice, entonces, implícitamente que hay un padre detrás del que va a hablar. En cambio, quien no la tiene, va como huérfano en la vida académica. El respaldo da seguridad y confianza al niño recientemente incorporado.
Y te lo digo precisamente porque me las tengo que haber con lo contrario: sin respaldo me siento a veces inseguro y con menos confianza. Pero nunca tanta como para perder de vista mi trabajo en la convicción de la importancia de la filosofía para los tiempos que corren.
Creo que en el fondo la afiliación institucional esconde una transferencia del poder paterno, al menos de su figura de autoridad, que opera una sutil intimidación previa al encuentro. Ciertamente no sería lo mismo si me presentara con Oxford o Harvard detrás. Se vería bonito, pero más importante aún es que generaría la expectativa de lo que sale de mi boca es casi una revelación del Sinaí. Cuando me presento como independent researcher veo la decepción antes de pronunciar cualquier palabra.
Lo que me lleva a pensar que la afiliación entrega una señal, casi como un sello de calidad, que empaqueta lo que se dice –el contenido del packaging–, realzándolo en un marco, como los cuadros, y dándole autoridad como el INRI sobre el madero (ahí solamente los romanos dicen que tienen más autoridad y poder que el colgado). Da lo mismo lo que se publique sino cuánto.
Pero para contrarrestar esos sentimientos me repito de vez en cuando que en la filosofía, y así como en las demás disciplinas del pensamiento, lo importante no es quién lo dice ni quién lo respalda, sino lo que se dice. La autoridad debiese ser indiferente para una disciplina tan noble. En eso Descartes me parece aún insuperable, habiéndose ganado varios puntos en la autonomía del pensamiento al pararse solo frente a cualquier autoridad. Su peluca habitual no le resta ni un pelo de mérito. Por eso los filósofos son malos haciendo gremio, que por definición su disciplina es «la ciencia más libre de todas», propia de la persona que la hace de nuevo cada vez. La institución cede, el hijo por fin se puede volver padre de su obra y pensamiento.
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