La decadencia de la diva
OjoVoraz #11 –Unboxing
«Tener horror al tabaco no es tener un estándar abstracto de lo correcto; sino exactamente lo contrario. Es no tener norma alguna de lo correcto y pretender convertir ciertos gustos y disgustos locales en sustitutos. Nadie que tenga un estándar abstracto del bien y el mal puede pensar que fumar un cigarro está mal» – G.K. Chesterton
Estos fueron días de desempaquetado, práctica conocida como unboxing. Aunque técnicamente lo mío no lo es, porque me remito a abrir un paquete sin la cámara que lo registra ni las visitas que lo aprueban. Entre otros tantos, me llegó el libro de Ian Gately 'La Diva Nicotina: Historia del Tabaco'(2003) cuya portada le hace honor al título. Aparece una mujer maquillada de labios carmesí, pestañas negras sobre sombras moradas, acostada de espaldas, fumándose un pucho con el torso descubierto. Queda a criterio del lector dilucidar la trama que derivó en ese derroche de actitud. Una diva total, como esa planta del Nuevo Mundo que muchos amamos, porque le da una especie de adorno a la vida al conferirle un ritual cotidiano.
El problema –para mí, sintomático– es que nuestra época se representa el tabaco como el mal absoluto. Sin medias tintas, cuando hay otras cosas que se trivializan, y se presentan como si no fueran tan malas, y para peor, admisibles. Pero, como dicen los filósofos, hay que distinguir: el método de entrega no es igual, ya sea en forma de cigarrillo, donde el tabaco se enrolla dentro de papel delgado; el puro, donde se enrollan las hojas solas sin otro añadido que las hábiles manos cubanas; y la pipa, donde las hojas naturales se fuman dentro de un recipiente de madera noble, la raíz de brezo mediterráneo. La manera de consumirlo no es indiferente a quien lo consume. La pipa y el puro exigen una lentitud que disuade cualquier intento ansioso de acercamiento. Un ritual no consume como fumarlo por ansiedad. Lo que te consume es la ansiedad, el cigarrillo sólo es el método exterior, en el que básicamente te consumes a ti mismo.
Incluso desde un ojo clínico no todo es tan malo con el tabaco, porque la nicotina es uno de los nootrópicos más potentes que existen. Potencia el funcionamiento de tu cerebro a la vez que deja un efecto sedante suave. Y no me resisto a revelarte un secreto. Tengo un libro que se llama The health benefits of smoking tobacco. Si el puro título despierta anticuerpos y avisa al censor para calificar mi grado de estupidez, vamos bien. Al menos no lo escribí yo. No sé si tiene beneficios para la salud, pero estoy seguro de que tiene beneficios para mi espíritu. Leer un libro con un buen tabaco en la penumbra al anochecer, cuando el mundo se ha calmado, es un placer único. Así, como nootrópico, el tabaco propicia perderse en el mundo de las ideas y el trabajo intelectual. Hermoso ritual éste, cuya dimensión estética es una de las que más me gustan, porque una pipa bien hecha es como un mueble fino. Muchas formas y acabados que muestran la destreza del artesano que la concibió.
Ni qué decir del perfume que deja el tabaco cuando impregna adecuadamente un ambiente, sus muebles, cortinas, alfombras, maderas (y digo a tabaco, que no a pucho, que es asqueroso). Lamentablemente todo eso se opone a una época que quiere reducir los espacios compartidos a una gran clínica de focos fluorescentes: ascéptica, sin gracia, donde hasta el lenguaje se modifica para sonar a nadie. Al menos el tabaco te obliga a compartir, a prenderlo mutuamente y hablar entre la bruma que difumina los rostros. Cuando emerge el humo formando espirales en el aire se abre la puerta a ese adorno de la vida, porque el humo acá no es signo, ni siquiera metáfora, sino analogía. Una analogía con el mundo inteligible donde viven las ideas universales. Si Platón hubiera conocido el tabaco, lo habría puesto justo afuera de la caverna, para que los esclavos al salir lo primero que hicieran fuese darle una merecida fumada de libertad; soltando una gran bocanada de humo, se atreverían a mirar la luz de la que estuvieron privados alguna vez (si quieres profundizar en este aspecto, te recomiendo mi otro artículo Tabacología).
Me muero por conocer su historia. Sobretodo ver la relación que las culturas prehispánicas establecieron con la planta para comprender la extraña oposición al tabaco desde todos los flancos y puntos del espectro político, como si no debiese existir. «Como si no debiese existir», que es la manera de comprender el mal absoluto: hay algo que por su propia naturaleza hay que rehuir. ¡Y es una planta! Sospecho que si el tabaco ha recibido tanta oposición pública es porque algo muy bueno debe contener.