«Mi satisfacción es plena cuando escucho, no cuando predico...No hay miedo entonces a dar en el precipicio de la vanidad, porque se mantiene uno sobre la firme roca de la verdad. El lugar de los oyentes es el de la humildad» –Agustín de Hipona
En la entrega anterior dije que detestaba a los escritores que sermoneaban a su lector. Pero vale hacer una aclaración importante, porque tengo la fortuna de contar con un sacerdote entre mis suscriptores y parte de su quehacer es dar sermones. Poco se advierte la profunda dimensión humana tras esta cuestión, pues el púlpito, esa capacidad y gracia de hablar frente a una audiencia dispuesta a escuchar, tiene una doble dimensión moral.
De etimología sencilla, la palabra viene de sermo, una expresión latina para significar todo un campo relacionado con la retórica y el lenguaje, que se encuentra de forma consumada en la conversación. Viene de una raíz ancestral en la idea de entretejer, encadenar. Por eso, un sermón no es cualquier tipo de intercambio, sino una conversación ordenada. Hay también otra palabra relacionada aunque menos usada, la homilía, que he visto definida como sermón corto durante la Misa. Su origen griego sugiere el estar juntos, en comunión (de ahí el trillado «comunidad» de la mercadotecnia). La homilía vendría a ser un cierto tipo de sermón, uno orientado a revivir cada vez lo que aconteció en una montaña de Judea: un aleccionar acerca de cómo lograr una vida bien aventurada. Por defecto se asoció después con cualquier reprensión para enderezar tu vida que te empuje a realizar o dejar de hacer cierto tipo de acciones censurables.
De este modo, la diferencia entre el sermón del escritor, incluso del cineasta, con el del sacerdote radica en la humildad de parte de quien libremente se dispone a escuchar y la sinceridad sin engreimiento de quien ofrece la palabra, en la transparencia de proponer una conversación. Porque creo que a ningún adulto le gusta que lo sermoneen contra su voluntad. Ya tuvo suficiente con sus padres.
Lo que me molesta de muchos escritores es que, abusando de tu atención libremente concedida, elaboran una prédica disfrazada de trama novelesca. Prometen una narración, pero en el fondo lo que se busca es que reconduzcas tu vida. Ni siquiera la divulgación científica se escapa: también promete ciencia, pero te entrega moral, cuando proclama que no somos más que polvo de estrellas. Quizás se deba a que hay menos responsabilidad en eso que defender una posición abiertamente en un ensayo. En cualquier caso, sería distinto si te dijeran desde el inicio que van a cantártelas cómo es que has de vivir y pensar. Ahí cada uno verá cómo enfrenta el texto, como me pasa con la honestidad de Saramago.
Así, si se piensa la lectura como un contrato entre escritor y lector, que me parece una manera acertada de entender la relación, se trata de un rompimiento del pacto. Te prometo una cosa para ganarme tu atención, pero te entrego otra. Gato por liebre en el comercio de la consciencia.
Cuando uno acude al templo, en cambio, acepta con toda libertad que alguien te de un sermón. Por mi parte, espero que la homilía me hable del más allá, donde terminaremos todos y está la gente que uno ha amado. La sola posibilidad de ese reencuentro vale más que las más sofisticadas explicaciones del entrelazamiento cuántico. Lo increíble es que muchos sacerdotes ya inseguros de su posición te hablan del más acá para evitar la censura implícita que hay en el sermón cuando se aleja de su sentido noble.
Por eso, si libremente me dispongo a oír un sermón sentado sobre un banco de madera que por alguna extraña razón siempre está helado, que sea sobre el más allá; que me hablen del misterio del amor y la eternidad. Pero si me van a sermonear sobre el más acá, ya tengo suficiente con el escritor.
Como siempre, uso este diccionario etimológico para averiguar el fascinante uso primigenio de las palabras: https://etimologias.dechile.net/