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Pensar desde la roca

Pensar por uno mismo ya es una forma de disidencia. Este texto es su manifiesto.
Pensar desde la roca

Breve manifiesto para un pensamiento alternativo


«Sin dominar el mar ni la tierra se puede ejecutar una actividad noble»[1]

¡Qué tiempos para dedicarse al oficio del pensamiento!

Como nunca antes en la historia, hoy se dan las condiciones ideales para cultivar la vida intelectual —aunque en la medida de lo posible, acotado a las circunstancias de cada quien[2].

No hay que ir en busca de lo extraordinario: la vida cotidiana, ordinaria por definición, ya cuenta con las comodidades necesarias para hacerlo[3]. La omnipresencia de la red ha vuelto accesibles recursos que antes eran de lujo: textos, material audiovisual, cuadernos, libretas de notas y bolígrafos que en otro tiempo estaban reservados para unos pocos.

Y, sin embargo, se da una situación paradójica: esas mismas condiciones ideales son también las más amenazantes para forjar un pensamiento autónomo.

Nuestra época de superabundancia de información tiende a absorber y destruir el tiempo de ocio, que es el recurso esencial para disponerse a pensar por uno mismo. Ese tiempo que no está destinado a la producción mercantil ni a la distracción de la productividad (pues no se trata de descansar para reponer energías, consumir, y continuar trabajando), se ha vuelto el más escaso de los bienes.

Y sin ese tiempo disponible, el resultado es que el pensamiento pierde su oficio, al no poder ir más allá de la repetición mecánica de la corriente principal, el mainstream.

Por eso me gusta visualizar el pensamiento autónomo como la palmera que crece sobre la roca: fuerte, pero muy frágil a la vez. Se aferra con toda la fuerza de sus raíces a un suelo inexistente para resistir los embates del viento sur. Basta tan solo un movimiento violento de la mano —contra el que no tiene defensas ni preparación— para truncar su crecimiento.

Y si bien estas palmeras nunca pueden crecer a la altura de su potencial —porque el crecimiento guarda una relación proporcional con la profundidad del suelo— dan el ancho al compensar por la belleza que brindan al conformar un paisaje.

El pensamiento vive una situación similar, que intenta abrirse paso a las alturas de la especulación sobre un suelo etéreo.

El oficio del pensamiento consiste, para mí, en construir una perspectiva alternativa, que no busca crear un sistema autosuficiente (no hay suelo para tal edificio), sino que se contenta —como la palmera— con engrosar su tronco hasta conformar un paisaje. Más allá —en otra roca— hay otra palmera, con sus contornos propios.

Pensar es, así, plantear hipótesis exploratorias enraizadas en una situación vital, rescatando los materiales adecuados para la tarea de pensar y rechazando los que son inconducentes[4].

Pensar por uno mismo es, hoy, un acto disidente.

No porque se oponga explícitamente a la corriente principal, sino porque se alza frente a ella por yuxtaposición o superposición.

El pensamiento autónomo, por sí solo, ya es pensamiento alternativo.

La primera tarea, entonces, consiste en identificar y caracterizar aquello respecto a lo cual uno se plantea de manera alternativa.

El pensamiento mainstream, que se difunde masivamente con la complicidad concertada de los medios de comunicación, es el Naturalismo: una posición intelectual que solo se entiende como una rebelión contra la filosofía, una actitud que le niega su objeto y busca privarla de todo valor en el ámbito del saber.

Es la mano que arranca la palmera.

En las siguientes palabras de Stephen Hawking se condensa el credo naturalista:

«La filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimiento»[5]

Y sus vástagos, las distintas versiones de cientificismo y materialismo, se desprenden de esa actitud originaria. En pocas palabras, pensar que lo único que existe es la materia y las relaciones internas de sus componentes. Unidades simples y relaciones, nada más. Fuera de ello: nada.

De esa visión se deriva la actitud de reducir toda explicación a causas que surgen desde el interior mismo de la materia. Todo lo demás se excluye por principio, y cualquier otro intento se califica de superchería, especulación o falta de rigor empírico.

Así volvemos al antiquísimo gato por liebre de los sofistas.

Porque el problema no es adoptar una posición naturalista —eso está muy bien y dará sus frutos en discusiones académicas—, sino pasarla al gran público como si fuera ciencia experimental.

Los medios, ya sea por mandato de sus dueños directos (accionistas) o por presión de los indirectos (publicitantes), insisten en presentar la posición intelectual del naturalismo como si fuera ciencia, y no como lo que es: una interpretación del mundo basada en ciertos principios.

Casi como si se promoviera una manera unificada de pensar, quizás exigida por la conformación de una mente-colmena y el tipo de organización social a que da lugar, los sueños húmedos de los tiranos de todos los tiempos, porque para manufacturar el consenso hay que unificar primero la manera de pensar[6].

Si quiere desplegarse en estas circunstancias, el pensamiento alternativo ha de desmontar esa extraña amalgama editorial que identifica Naturalismo y Ciencia. Y ha de hacerlo desde su némesis vital e histórica: el Platonismo en su acometida posmoderna.

Por cierto, se trata de una tarea personal, y como tal, libre.

En esta apasionante aventura trato de inspirarme en la actitud jovial de Jean Baudrillard, que no se toma tan en serio estas cuestiones:

«Está claro que esas distinciones son formales, pero es un poco como en el caso de los físicos que cada mes inventan una nueva partícula. La última no expulsa a la anterior: se suceden y se suman en una trayectoria hipotética»[7]

Así las cosas, yo tampoco tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso[8].


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