OjoVoraz: el origen
A comienzos de siglo, en los años en que ardía mi pasión irrefrenable por los libros empolvados, buscaba obras de filosofía y literatura en los rincones de mi ciudad. Recuerdo que andaba tras Crimen y Castigo, que en ese entonces no era fácil de conseguir. Deambulando por las ruinas de la calle Valparaíso, aquélla donde había paseado tantas veces de la mano con mi abuela, de casualidad me topé con un escaparate donde se exhibían libros usados en el segundo piso de una galería comercial.
Era un sucucho esquinero de 15 metros cuadrados, que daba suficiente espacio para que don Julio, su fundador, durmiera la siesta. En ocasiones ni la campanilla de la puerta lograba despertarlo y disimulaba somnoliento las marcas del libro que usaba de almohada.
Don Julio contaba que había abierto la librería en ese cuchitril después de haber sufrido un ataque al corazón que casi le cuesta la vida. El susto lo hizo replantearse, renunciar a su trabajo, y empezar de nuevo a los cincuenta años, lejos del estrés. Si bien se presentaba a la pata del cañón todos los días, abría el boliche a cualquier hora, lo que convertía en una aventura incierta algo tan simple como ojear un libro. Los tiempos sin Amazon.
Como casi todo amante de los libros, era fanático de Borges y se gozaba mostrando las raras ediciones que tenía de sus obras -por supuesto que no estaban a la venta. Por él supe que existía una editorial española, Aguilar, que tenía ediciones exquisitas de papel de biblia forradas en cuero de autores clásicos. Después de las obras completas de Dostoyevsky, me hice de todas las que pude para saciar mis intereses: aún conservo las Obras Completas de Cervantes, Séneca, Aristóteles, Platón, Shakespare, Tolstoi, y otras más.
Hace poco volví a mi ciudad, y, movido por la nostalgia, decidí pasar a saludarlo. Apenas subí las escaleras, vi de lejos que en su lugar había un centro de manicure. Después de veinte años, supongo que don Julio debe haber muerto. No lo sé.
Todavía resuena su consejo de no dejarme absorber por la lectura más allá de lo necesario para la vida, porque te puedes empachar con el sucedáneo y dejar de vivir. Que no olvidara a Adolfo Bioy Casares, de que leer es la otra aventura.
OjoVoraz se leía en el modesto rótulo de la librería de barrio que tanta alegría me dio.

Mi boletín toma su nombre de aquel espíritu libresco.
OjoVoraz es esa experiencia de inquietud y desolación existencial, que se revela en una manera particular de vincularte con los libros, buscando conectar con quienes comparten esas inquietudes, aunque pertenezcan a otras épocas o procedan de latitudes remotas.
Es una mirada insaciable que, luego de devorar un libro, siente la inmediata necesidad de saltar a otro y que llama a no contentarse con sucedáneos ni imposturas. Su voracidad no cabe en la estrechura de un pasatiempo. Leer es una vida.
Y aunque no se pueda domesticar, acaso permita sublimarla con la paz que exige la contemplación de un paisaje, cuando se deja el libro abierto sobre la roca, mientras el viento enfría tu rostro.
Descubrí que tenía el ojo voraz desde potrillo, ¿y tú?
Si disfrutaste esta entrega de OjoVoraz, puedes:
📩 Suscribirte al boletín para recibirlo directo en tu bandeja de entrada.
🌀 Sumarte a OjoVoraz-Oculto para recibir fragmentos y adelantos de mis escritos.
Member discussion