ir al contenido

La desaparición del escritor comprometido

OjoVoraz #4

«El escritor serio es una figura o un tipo en retroceso» | James T. Farrell

Si esperabas que ya era hora de hablar de cómo la IA pone en riesgo las profesiones y amenaza en especial al oficio del escritor, sigue leyendo. En el inglés original la frase dice 'decline', pero le puse «retroceso» en vez de otras traducciones, porque ese es el punto delicado que le pone título al artículo del Sr. Farrell:

«El Declive del Escritor Serio»

Naturalmente agradecerás -al igual que yo- que desaparezcan los escritores serios, si con ello queremos decir graves, aburridos, que se pierden en detalles que a nadie interesan, o que levantan ceja para predicar sin púlpito.

Pero en este caso, el Sr. Farrell usa la palabra 'serious' para calificar a un cierto tipo de escritor, donde traducir por «seriedad» o «gravedad» tampoco honra su sentido.

Lo que distingue, en cambio, al autor «serio» del que tan sólo lo parece, es haber dedicado y orientado sus fuerzas vitales al cultivo de un oficio inagotable; como el filósofo a la verdad, o el artista a la belleza.

Y eso se logra únicamente con una decisión libre, porque perseguir el oficio requiere renuncias importantes: económicas, sociales, y por qué no, afectivas.

El escritor serio es un autor comprometido con un conjunto de ideas y valores integrados en una visión estética que abarca la vida entera.

Por eso el artículo advierte acerca de la extinción inminente de ese tipo social que tuvo su apogeo en la cultura de los últimos siglos, expulsado por las fuerzas del mercado hasta casi desaparecer .

Una cultura que ha abdicado de sus valores tradicionales.

Del más allá al más acá:

«Y una de las razones de este declive radica en el hecho de que la seriedad, las ideas y la literatura no se pueden comercializar fácilmente»

Y la razón es la misma que exige el cultivo de la filosofía: tiempo. Pues:

«La audiencia masiva no tiene tiempo para pensar y tiene poco tiempo para sentir»

La literatura, y diría que también una cierta filosofía, se consume como texto o vídeo:

«La atención se centra en el ocio y el consumo, que ahora son factores dominantes en nuestra próspera sociedad»

Pero no contento con distinguir al escritor serio del productor de texto para una audiencia masiva, el Sr. Farrell se manda un bombazo:

«La gente quiere que gran parte de su pensamiento venga empaquetado»

El empaquetado o envasado (packaging) es una práctica industrial que con el tiempo se convirtió en una función de la mercadotecnia (marketing).

Los orígenes del packaging se remontan al problema de la distribución masiva de alimentos, donde el envase tenía la función de protegerlos y transportarlos.

La producción en masa exigió soluciones de envasado estandarizadas.

Y en la estandarización está la clave, porque un pensamiento empaquetado es un pensamiento estandarizado, es decir, uniforme y masivamente distribuido.

Por eso hoy parece haber cajas de resonancia en vez de personas con criterio propio.

El packaging de las ideas importa tanto como su contenido.

La pregunta, entonces, no es tanto quién lo produce, sino quién lo envasa.


En definitiva, me temo que la desaparición del escritor comprometido arrastra también la desaparición del lector competente, uno con criterio formado y capaz de pensar por sí mismo.

Y cualquiera diría que la cita del epígrafe es otra crónica o diagnóstico de lo mal que va nuestro mundo, la venta de un apocalipsis del que ni siquiera el escritor puede escapar.

¿Pero qué pensarías al enterarte que el artículo de Farrell es de 1957, escrito hace casi 70 años?


Biblio:

  1. James T. Farrell, “The Decline of the Serious Writer”; The Antioch Review, Vol. 17, No. 2  (1957): 147–160.
  2. Diana Twede, “The Birth of Modern Packaging: Cartons, Cans and Bottles”, Journal of Historical Research in Marketing 4, no. 2 (2012): 245–272.

Una hermosa metafísica

OjoVoraz #3

«El mundo amado por los niños y descrito por su filósofo, Aristóteles | Albert G. A. Balz. [1]»

Hay que estar muy inspirado para lograr una frase tan profunda y certera como la del profesor Balz; de potencia inusual, condensa en un solo enunciado una gran tesis filosófica como el micro-cuento del dinosaurio. Máximo impacto con economía de medios.

Cuando le pregunté a mi esposa en la sobremesa (una institución en extinción, por cierto) qué le había parecido la primera entrega de OjoVoraz, me decepcioné al ver que no le había prestado atención ni dado importancia. «¿Ya y qué? ¿Eso es un cuento?...esperaba algo más elaborado, como los que escribías antes», me decía. Le parecía simplón, al borde de lo pretencioso. Como ingeniero civil que es, confío en su criterio al que suelo poner a prueba de vez en cuando. Nuevamente me fui derrotado en mis pretensiones intelectuales.

Más tarde, gracias a mis niños de cinco y casi tres, pude apreciar el genio narrativo de Monterroso, cuando luego de oír esas siete palabras no tardaron en llegar agazapados, acosándome con miles de preguntas: ¿Por qué el dinosaurio todavía estaba ahí? ¿Era un dinosaurio de verdad o uno de mentira? ¿Cómo llegó a su pieza? Y se ponían a elaborar teorías: «Quizás entró por la ventana», decía uno, «o quizás por la puerta», decía la otra. Me tuvieron así por dos horas. Literal.


Por eso cambié el enfoque que tenía reservado para esta ocasión, dejando de lado la dimensión argumental para bajar al registro del asombro. Ya es un lugar común decir que la capacidad de asombro es el primer paso para adentrarse en las profundidades de la filosofía. El asunto es que los niños son maestros en eso.

Lamentablemente esa capacidad se va adormeciendo de a poco, y con los años, cae en el olvido. Quizás sea tarea del filósofo despertarla. Porque el asombro filosófico no es una emoción distinta, sino que reúne en una misma mirada lo que el asombro infantil encontraba disperso en muchas. Como cuando desde la ventana del avión se integran en un conjunto cosas que antes se veían separadas.

El asombro filosófico despega desde la multiplicidad de las cosas concretas y singulares de la experiencia común, hasta darse cuenta de que todas esas cosas simplemente están ahí, como el dinosaurio. Y cuando la inteligencia le agrega a la emoción cruda el por qué de todo eso, ya se ha sembrado la semilla del filosofar. Entonces, Aristóteles es en cierto sentido el filósofo de los niños, porque busca una filosofía en la que las teorías más complejas den cuenta de ese mundo por el que nos maravillamos alguna vez.


¡Vaya afirmación la del profesor Balz! ¿No? El amor te saca de ti mismo y te mueve a conocer aquello que se ama. Por eso la filosofía es una manera de amar este mundo tan maravilloso, buscando sus causas y principios. Así la inocencia del asombro infantil, por el amor espontáneo de su mundo inmediato, merece llamarse por lo que es: una hermosa metafísica.

Anton Webern y la filosofía

OjoVoraz #2

«Condenado al fracaso total en un mundo sordo de ignorancia e indiferencia, siguió inexorablemente tallando sus diamantes, sus deslumbrantes diamantes, cuyas minas conocía a la perfección»

Decía Igor Stravinsky sobre Anton Webern, músico austríaco, maestro en componer piezas de extrema concisión poética. Las obras de Webern tienen una belleza misteriosa que revela en una breve composición las profundidades del alma humana, las minas a las que se refería Stravinsky.

Con esto quiero despejar la confusión esperable de la filosofía miniaturizada con el aforismo, como los de Nietzsche que tanto gustan a los gurús del desarrollo personal:

Derribar ídolos...eso sí ya forma parte de mi oficio

El aforismo desprende un aire de autoridad que ni el microrrelato ni las composiciones de Webern pretenden. En cambio, la concisión poética te hace participar, invitándote a llenar activamente los vacíos y omisiones. Ciertamente la brevedad define la extensión de la pieza, pero no mucho más: no habla ni de su composición ni estructura interna, donde está la sustancia jugosa y sabrosa. Por eso, más allá de la brevedad, la similitud con el aforismo es superficial y aparente.

Y acá creo que está la diferencia fundamental: el aforismo sentencia; la miniatura compone. Y compone una totalidad, armada a partir de una multitud de partes discretas y sucesivas, que se expresa con pocos recursos, en la que el silencio y la omisión son partes constituyentes de la pieza.

Y volviendo al asunto de ganarse la vida con las obras del espíritu como la filosofía y las artes, Webern con toda su genialidad no logró ganarse la vida con su obra, sino que su reconocimiento -cómo no- fue póstumo.

Condenado al fracaso total en un mundo sordo de ignorancia e indiferencia...

Si eso ocurre con la música, ¿qué esperar para la filosofía?

Filosofía en miniatura

OjoVoraz #1

«Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí» | Augusto Monterroso

Palabras de gran impacto narrativo. El relato de Monterroso revela cómo puede escribirse una narración completa con economía extrema de recursos. Me pregunto si puede escribirse una filosofía con esa misma potencia.


Esta es la primera entrega de OjoVoraz.

Finalmente me decanté por el boletín por sobre la plataforma Filósofo.com.

Puedes revisar la historia y su inspiración en este enlace → Leer.

Paradójicamente, corren tiempos extraordinariamente favorables para el cultivo de la filosofía, pero a la vez son desafiantes, porque el exceso de información lleva a perder de vista el criterio para distinguir lo verdadero y encontrar lo esencial.

Por eso, OjoVoraz es un boletín que propone hacer filosofía en tu inbox.

Que tengas un gran 2026

Desde una remota aldea de Costa Rica

Hola, Gonzalo por acá de nuevo. Espero que hayas pasado una Navidad rodeado de afecto en este tiempo de recogimiento tan propicio para la reflexión. Este correo es para comunicarte que retomaré el boletín de mi plataforma, OjoVoraz.

Sé que algunos de ustedes se suscribieron a Filósofo.com, un proyecto para el cual tenía la visión de convertirlo en escuela de filosofía en línea que capturara la esencia de la universidad, conectando a profesores con estudiantes de todo el mundo hispano.

Pero por ahora no quiero entrar en modo emprendedor. En esta década de mi vida privilegiaré el modo de autor, y ya veremos que pasa. Quizás el amor excesivo por el dominio filosofo.com, y la posibilidad de construir un filósofo virtual en filosofo.ai, me presionaba a tener que hacer algo con estos dominios y no dejarlos ahí pastando solamente.

El filósofo emprendedor

Lo que me ha llevado a preguntarme por el filósofo como emprendedor del conocimiento. Hay ejemplos eminentes: Platón, Aristóteles y Epicuro. Esos tipos no sólo produjeron obra de la mayor calidad intelectual, sino que también fundaron sendos centros de investigación.

Yo me pregunto cómo sacaron el tiempo para distribuir las tareas sin perder foco en cada una y cómo podían cambiar tan fácilmente del modo emprendedor al modo autor.

Para que te hagas una idea: Aristóteles descubrió la lógica y Platón es el padre de la filosofía, aunque sus hijos no queramos aceptarlo (punto para Freud). Y no contentos con eso, dictaban clases a estudiantes avanzados y lecciones abiertas a un público general.

Lo que yo me pregunto es: ¿Quién financió la Academia y el Liceo? ¿Cómo levantaron capital? ¿Quién la administraba? ¿Tenían socios? ¿Cómo armaron un equipo para ejecutar la visión de una institución que hasta el día de hoy se nutre de sus principios?

De algún lado tiene que haber salido la pasta para las instalaciones, la biblioteca, y solventar la vida de los pensadores. Es interesante planteárselo, porque según ellos los intelectuales que profesan un saber aparente motivado por un afán desmedido de lucro, son sofistas y no filósofos.

Y me lo pregunto, porque para levantar Filósofo.com como academia de filosofía en línea no me queda otra que recurrir a inversionistas; a un tipo muy particular de inversionista. Uno que tenga la sensibilidad para la filosofía, pero que entienda de negocios, y que por lo mismo no apriete por el retorno de la inversión. Es decir, ha de ser un mecenas dispuesto a financiar el proyecto simplemente porque es bueno que exista, aceptando que no le va a dar réditos económicos. Al menos le va a poder contar a sus nietos que él contribuyó a la causa de los barbudos ociosos.

Quizás esta visión se deba a la ingenuidad con que leí a Aristóteles con 17 años, porque realmente le creí que el filósofo ha de ser autosuficiente en bienes exteriores, que se ha de bastar a sí mismo para poder liberar tiempo de ocio, única instancia donde la filosofía da frutos. Porque el output del filósofo no se mide con KPI's: una buena idea puede tardar décadas en madurar.

Harrison Dillard, world record holder, jumping a hurdle.
Photo by Library of Congress / Unsplash

Mi joven yo lo tradujo a términos actuales pensando que el filósofo ha de ser al mismo tiempo emprendedor para poder ser financieramente libre. Ingenuo, porque emprender ya es complicado, como correr una maratón con vallas.

Desafío a cualquiera a pensar en un tema especulativo estresado por pagar cuentas, con hijos pequeños, y me diga después si el viejo Aristóteles no llevaba razón en eso. Hay impedimentos prácticos para el pensamiento filosófico. Se requiere de una cierta serenidad interior, sin apremio, para pensar en la inmortalidad del cangrejo o el día de la marmota. A mí me ha tomado la vida equilibrar mi vocación filosófica con esa libertad económica.

Lo que se viene el 2026

Te escribo desde la aldea de Costa Rica que ha sido mi hogar en los últimos cinco años.

Comenzaré con los envíos del boletín en uno o dos meses más y te agradezco de corazón si quieres continuar leyendo OjoVoraz.

La filosofía es hoy más importante que nunca.

¡Que tengas un gran 2026!

El filósofo de la calle

El rapero puertorriqueño, Vico-C, se autodenomina «el filósofo». Tal como lees. «Aquí estoy, filósofo, así me dicen», suelta con su característica fluidez de palabra. De hecho, su documental biográfico se llama «La vida del Filósofo» (2017), porque fue conocido así durante toda su carrera, aún vigente. La última vez que alguien se ganó el apelativo fue Aristóteles, quien era nada más ni nada menos que El Filósofo para los pensadores occidentales, desde sus tempranos comentaristas medievales hasta fines del siglo XVI.

Sólo que esta vez con mayúscula. Imagínate: Vico-C junto a Aristóteles. ¿En serio? ¿Dónde obtuvo su doctorado el reggaetonero ese? Nuestro pensador tiene la respuesta:

«Soy un filósofo sin doctorado, porque en la calle es que me he graduado»

Y se pregunta «¿Quién sabe lo que es filosofía?» como si tuviera noticia de la selva impenetrable de textos que llevan por título «¿Qué es filosofía?». Y, como las respuestas que se encuentran en estos volúmenes son de lo más dispares y hasta opuestas, el filósofo puertorriqueño tiene la valentía de situarse en el mundo con la suya.

Pero Vico dice que tiene «su propia filosofía» y que la resuelve cantando, consciente de que lo característico del filósofo es la sabiduría, como si hubiera leído la Metafísica de Aristóteles cuando pone a la sabiduría como el ideal del que aspira a buscarla. Y me quedo sorprendido, pensando.

Que Vico C tenga o no un doctorado en filosofía es irrelevante, porque no quiere encontrar trabajo en la academia. Nietzsche y muchos otros pensadores influyentes no obtuvieron uno. Su calidad como pensadores se conoce por sus frutos, su trabajo escrito, que permite evaluarlos con la perspectiva del tiempo.

Por otro lado, también es cierto que en todas las personas existe, en mayor o menor grado, una tendencia a buscar el conocimiento, siendo la curiosidad o el chisme sus manifestaciones más rústicas. Vico C es testimonio de ello al intentar hacerlo explícito en su vida artística. Entonces, ¿es sólo una humorada de este rapero o hay algo más? Creo que hay dos lecciones que nos permiten entender las razones del filósofo de la calle.

Primero, se puede ver una asociación explícita de la palabra honesta asociada a una cierta rectitud de vida, como la virtud de la veracidad de la que habla Aristóteles en su famosa ética. Como si Vico C trajera de vuelta el logos de los griegos: palabra, verdad y vida. Decir la verdad cuando puede no decirse, cuando lo conveniente es callar, es un signo de la virtud. Dice el filósofo:

Y ahí es que podemos ver la verdad. Que trabajan por el voto no por la sociedad...Y pa' ganar las elecciones van al caserío. Abrazan a mi abuela saludan a mi tío

Más que facturar y ajustar su estilo para ese fin, lo que hace Vico C es decir la verdad de lo que observa. Cantando, no se vende:

Ahí se fue un auspicio menos. Pues cuando arranco diciendo la verdad no tengo frenos

Cómo no recordar al viejo Aristóteles tras esta actitud cuando decía que «el hombre bueno  juzga bien todas las cosas y en todas ellas se le muestra la verdad». Por otro lado, Vico C piensa que el filósofo ha de hablar acerca de lo importante, y para conseguirlo tiene que distinguir la paja del trigo, lo necesario de lo accesorio:

«Lo necesario es necesario. Lo que no hace falta está demás»

A diferencia de sus pares, raperos y reggaetoneros por igual, que hablan de fiesta, s**o, y d**gas, él se propone desmantelar la maquinaria detrás de todo esto en una industria donde lo que vende es accesorio.

Es la verdad. Aunque se me escondan y lo nieguen. No voy a ser hipócrita pa' que mis discos peguen

Y de modo ejemplar se plantea ante este escenario:

Yo como buen padre voy a cuidar mi descendencia

De alguna forma esto es tarea del filósofo: encontrar lo esencial allí donde lo haya e intentar vivir su vida con veracidad, evitando mentir acerca de lo que sabe (que siempre es poco) y tratando de poner en evidencia al que ignora, pero finge saber. Parece que Aristóteles y Vico C tienen más en común de lo que parece a primera vista.

Platonismo de la estupidez

«El objeto de la inteligencia no es otra cosa que lo que es […] El alma, al usar la inteligencia, se eleva hasta el lugar más alto del ser mismo» [1]

La estupidez se ha puesto tan de moda como la inteligencia, porque de alguna manera se relacionan en la pregunta más apremiante de todas: ¿Por qué mientras más inteligentes se vuelven las máquinas, más estúpido parece volverse el género humano? (Y descuida que yo soy el primero en ponerme en esa fila). Porque en la era del Nihilismo Tecnlógico se ha vuelto una tarea urgente e irrenunciable delimitar lo propio de la inteligencia humana, ya no contra el fondo animal como tradicionalmente se había hecho, sino frente a la máquina.

Para poder calificarla de «inteligente», por cierto, la inteligencia humana se ve en la necesidad de definirse primero a sí misma con el fin de establecer un criterio de comparación con aquel artefacto que está destinado a suplantarla. El problema está en que en la confrontación dialéctica con la máquina, el hombre posmoderno se percata inmediatamente de que ya no puede ni siquiera definir con certeza su propia inteligencia.

En este nuevo escenario, habría dos manifestaciones de la inteligencia: una natural y otra artificial, cuyo verdadero significado seguirá en suspenso hasta que la primera no aclare el suyo. Porque, extrañamente, el hombre posmoderno no duda de que exista algo llamado Inteligencia Artificial, capaz de producir resultados que imitan los rasgos de la inteligencia humana.

Que si la obra creada -la máquina- busca asemejarse o imitar el modelo de inteligencia de su creador -el hombre-, ¿en base a qué modelo de inteligencia se ha diseñado una máquina digna de llevar en propiedad ese nombre? ¿Existe acaso la Inteligencia Humana? ¿Cuál es la sustancia de ese paradigma? Son preguntas que remiten directamente a la estupidez, una disposición en que la inteligencia humana ya no sólo duda de uno de sus actos, sino que ahora se pone en duda a sí misma como facultad o capacidad distintiva. Ni siquiera Descartes llegó tan lejos. De este modo la inteligencia humana ha operado una aniquilación deliberada, anulándose a sí misma en el ejercicio de su facultad bajo un cuestionamiento total, operación que la arroja de vuelta a la nada. Se trata de un signo inequívoco de estupidez.

A falta de inteligencia...Estupidología

Resulta que hoy en día la palabra «inteligencia», que tiene un origen filosófico históricamente determinado, ha devenido en una palabra equívoca, significando tantas cosas como investigadores que intentan desentrañar su naturaleza.

«Son muchos los que han hecho carrera machacando el tema de la inteligencia. Cabría llenar habitaciones enteras con los libros escritos sobre esta cuestión [...] Sin embargo, por vasta que sea esa bibliografía, conduce hasta una conclusión abrumadora: nadie sabe qué es» [2]

La consecuencia principal de haber perdido el sentido, no tan solo de la existencia sino de la inteligencia, es el Nihilismo Tecnológico, pues en este vaciamiento esencial, el hombre se convierte en una cosa más entre otras -junto a las máquinas-, incapaz de ejercer su facultad más alta, volviéndose impotente frente a la pregunta que sólo un ser inteligente es capaz de formular: ¿Quién soy yo? ¿Qué va a ser de mí? Preguntas a las que ya no está en condiciones de dar una respuesta existencial, sino que espera el sucedáneo de la respuesta de un experto, escrita en enunciados más o menos elaborados y lógicamente articulados, en vez de poner en orden la totalidad de la propia vida.

Después de todo, el hombre no es lo bastante inteligente como para saber lo que sea la inteligencia [3]. De este modo, se ha vuelto incapaz de responderse las preguntas que sólo la inteligencia puede plantearse. Pero el apremiante desconcierto ante la pérdida de la facultad más excelente que distinguió al ser humano por milenios de los animales, dio lugar a la estupidología, un campo de estudios que se ha enfocado en comprender cómo la estupidez es causa de la mayoría de los males sociales [4].

Porque -piensan con razón los estupidólogos- si en este embrollo se supone como hipótesis de trabajo que inteligencia y estupidez son opuestos, y respecto de uno tenemos dudas, al menos si tenemos certeza del otro, podremos recobrar su sentido por confrontación dialéctica. Se trataría de averiguar lo propio de un opuesto a partir de la confrontación con el otro. [5] La dificultad es que tampoco hay acuerdo con respecto a qué sea la estupidez (1932 p. 21), y, a diferencia de la profusión de estudios sobre la inteligencia, estos otros son escasos.

Para resolver la ambigüedad que entorpece una comprensión consensuada de la estupidez, algunos autores cortaron por lo sano, abogando por una perspectiva que parece indiscutible. Por contraste con la inteligencia -piensan también los estupidólogos- la estupidez tiene efectos y consecuencias más directas y perceptibles por todos, lo que permite establecer un consenso razonable desde el cual comenzar cualquier estudio serio [6]. De este modo define la estupidología de vanguardia su objeto de estudio:«a partir de los resultados del comportamiento humano, no sobre la base de teorías difíciles y siempre cuestionables» [7]

Con todo lo razonable de este planteamiento, no obstante, mi posición se desprende precisamente de aquellas teorías difíciles y siempre cuestionables de los filósofos barbudos y añejos.

Confieso que lo soy

A pesar de que el planteamiento de la estupidología es metodológicamente fecundo, no es tan inocente de esas teorías difíciles y cuestionables que dice superar, como puede verse en su definición del estúpido.

«Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio» [8]

Al definir de este modo al estúpido en función de las consecuencias de su conducta, la estupidología ha de tener una idea previa de lo que significa daño y provecho y otra de por qué esto se ha de evitar; en definitiva, ha de contar con una idea sobre el bien y el mal, que ha de defender teóricamente.

En corto: al pensar al estúpido como alguien que hace el mal para sí y para otros sin saberlo, la estupidología se convierte en una teoría moral y política, porque se centra en las consecuencias sociales de la acción humana individual bajo la idea de que el mal es algo que se ha de evitar.

Vuelve de este modo -cómo no- al inexorable tema platónico del Bien. En este sentido, una de las tantas cosas que rescato de la estupidología es que propone de un modo muy platónico y tradicional que estupidez e inteligencia se encuentran unidas en cada persona. No hay ningún problema en admitir que alguien de altas capacidades técnicas, capaz de resolver los problemas más abstrusos y complejos, puede ser un perfecto estúpido. Por eso, uno de los principios generales de la estupidología es que:

«El número de estúpidos es legión [9]. En otras palabras, toda la humanidad participa de la estupidez» [10]

¡Miel de realidad incorregible para mis oídos filosóficos!

Sí, yo también soy estúpido.

Y es importante destacarlo, porque, la perspectiva habitual y corriente que han adoptado los especialistas en el asunto se basa en un sospechoso principio gnóstico que separa categorías de personas, según el cual «algunas personas serían inteligentes y otras estúpidas» [11]. Y lo gnóstico significa aquí exclusión por privilegio de acceso al conocimiento. De hecho, me parece que el sistema educativo está planteado para aceptar esta premisa (los que se sacan mejores calificaciones serían los inteligentes, los que obtienen peores son estúpidos: así te categorizan desde pequeño, formándote para complacer a la autoridad). Pero se trata de una perspectiva que trae aún mayores males de los que presume evitar.

En cambio, la visión de la estupidología humaniza al exigirte la humildad necesaria para aceptarse estúpido a uno mismo y sus conciudadanos. Desde este punto de vista, los que descuellan por su habilidad homínida para resolver problemas, son vistos sencillamente como parte de la élite de los menos estúpidos, nunca como parte de aquella otra categoría irreductible de los inteligentes.

Platonismo de la Estupidez

Para entrar en la dimensión platónica de este planteamiento, te cuento que me fascina el remanente de experiencia que revela la etimología de las palabras. Bien entendida, la etimología es una mitología poderosa, porque transporta a un origen remoto e indeterminado en el tiempo, representando la experiencia compartida de una comunidad anónima del pasado.

A propósito de la estupidez, la palabra proviene de la experiencia de ver cómo el tordo se cae al suelo desvanecido por el calor del verano, quedándose inmóvil por el golpe; así el estúpido era quien como el pájaro queda, primero, aturdido (de tordo a -turdo) y paralizado por el golpe de la caída, después. De ahí que estúpido venga de estupor, del latín stupere, 'quedar paralizado' o 'aturdido'.

La estupidez entonces describía la experiencia de ver a quien se desmaya o desvanece con facilidad, con el característico estado que le sucede al despertar: no sabe dónde está, ni cómo se llama, ni qué día es hoy.

Y de manera reveladora se relaciona con esa otra palabra ya en retirada en español como necio y necedad, ambas provenientes de nescire (no saber, ignorar), y nuestro 'tonto', que viene de quedar atónito, del latín attonare: quedar espantado, inmóvilizado por el ruido.

Más allá de los matices que descubre la etimología, se refiere esta familia de palabras a la ignorancia como un estado defectuoso respecto del saber y a la estupidez como una suspensión temporal del juicio.

Y, si bien cada pensador en la tradición del Platonismo ocupará las palabras en un sentido especifico, es notable la precisión que hace Tomás de Aquino al oponer la estupidez con la sabiduría, que vendría a ser la incapacidad de juzgar con criterio universal, ya sea la propia vida como un todo, o la realidad como un todo [12].

«El estúpido tiene la capacidad de juicio, pero embotada», dice [13].

De este modo se enriquece la comprensión del asunto, pues lo opuesto de la inteligencia sería la ignorancia, y de la sabiduría, la estupidez. En este sentido, tal como desvanecerse luego de un gancho de izquierda imprevisto, la estupidez es un estadio momentáneo llamado a ser superado. El estúpido, en cambio, lo es porque permanece en ese estado (peor aún si lo enaltece con orgullo). No le falta inteligencia al estúpido, que la tiene, sino capacidad de juicio.

Desde antiguo descubrieron los filósofos una conexión profunda e inseparable del hombre con el ser a través de su inteligencia. Como dijo Parménides en el famoso fragmento nº3, «pues lo mismo es inteligir y ser», frase que condensa toda la filosofía. Del verbo inteligir viene el sustantivo inteligencia (que traduce los vocablos griegos noéin y nóesis respectivamente), pero más importante aún es la relación directa e inmediata con el ser capturada en esta frase. Se trata de una relación que al expresarse por un verbo en vez de un sustantivo denota una acción: el acto propio de ser. Y en el ser están contenidas todas las cosas, las ficticias e inexistentes, los cuerpos celestes, el universo, todo...

El universo entero adquiere una manera renovada de ser en el intelecto

Piensa en que sólo el hecho de querer comprender todo el universo como hacen los físicos te dispone intelectualmente hacia todos los cuerpos celestes, aunque nunca hayas salido del único espacio que conoces con certeza.

Decía Platón por eso mismo que «el objeto de la inteligencia no es otra cosa que lo que es» y que «el alma, al usar la inteligencia, se eleva hasta el lugar más alto del ser mismo». Al punto en que llega a decir literalmente Aristóteles que «el alma es de algún modo todas las cosas». Esa apertura a todo lo que hay es lo propio de la inteligencia. Y la negación de ello es una forma de ignorancia, aunque se haya llevado a cabo por alguien considerado inteligente por nuestros cánones de habilidad homínida.

La rebelión contra la inteligencia

En esta historia transformó Descartes el descubrimiento de Parménides, y, en vez de admitir que son idénticos y simultáneos, los pone en sucesión contigua: primero a la inteligencia («pienso») y a continuación el ser («luego soy/existo»). (Como la posición de Descartes es la culminación de un proceso de siglos, queda habilitada para ser el comienzo de otro, pero esta historia se desvía del argumento que te quiero presentar). Ciertamente que romper la relación de la inteligencia con el ser es una forma de estupidez.

Por eso la rebelión contra el pasado filosófico, al haber roto la comunión humana con el ser, le ha privado de la apertura ilimitada a todas las cosas, estrechando su mundo y su existencia. Hacer vista gorda del pasado deliberadamente es también una forma de estupidez. Y al haber abandonado libremente esta relación -así de libre es el hombre-, la inteligencia humana ha devenido en una facultad vacía, incapaz de sostenerse frente a la Nada.

Nada de raro, entonces, que en la era del Nihilismo Tecnológico el hombre se quede como estúpido frente a la máquina que él mismo creó. Se ve como frente a su espejo invertido. Por eso hoy la palabra inteligencia significa otra cosa, en el mejor de los casos, una habilidad de resolver problemas prácticos o técnicos, como cuando los chimpancés usan la piedra para romper las cáscaras de sus alimentos o el palo para extraer miel y termitas de las colmenas. De este modo, pueden darse inteligencia y estupidez en una misma persona; son en definitiva distintos aspectos de su conocimiento.

Por eso llevan razón los estupidólogos al estudiar la estupidez a partir de la conducta que no va mediada por un juicio sobre sus consecuencias. Lo platónico de este planteamiento es que permite entender que en la era del Nihilismo Tecnológico uno es meramente menos estúpido que sus pares, nunca más inteligente, porque se ha roto la relación que había con el ser. Libre el hombre de la comunión con el mundo inteligible, lo único que queda es conformarse con la estupidez.

Estupidez Artificial

La estupidologá ha mostrado que las ideas tienen consecuencias y por lo mismo hay que cuidar la dimensión especulativa del pensamiento tanto más que la práctica. Así se estudia la estupidez para prevenir sus consecuencias, lo mismo que se estudia la inteligencia para fomentar sus efectos positivos y reducir el impacto de la primera. Aquello en lo que pensamos y cómo pensamos parece definir como actuamos.

El Platonismo se presenta como una filosofía de la transformación personal, que ha contado con una propuesta de valor definida por siglos, según la cual conocer es transformarse realmente en lo conocido. Y ello es posible gracias a una inteligencia conectada con el ser. En las circunstancias que impone el Nihilismo Tecn0lógico prefiero comprar una filosofía bajo la promesa de una transformación que otra que no puede definir la inteligencia, porque me permite considerar la estupidez como un estadio que se puede superar a partir del reconocimiento de la propia ignorancia. Tener el ojo voraz se vuelve imprescindible en la medida en te mueve a buscar otras respuestas y maneras distintas de comprender.

Por eso, a no ser que se restituya esa relación originaria de la inteligencia con el ser en un mundo compartido, para mí saberse estúpido es una actitud necesaria para salir de la estupidez (ya vimos por su etimología que indica una paralización intelectual), sin nunca pretender darse por inteligente, porque la facultad ya no refiere a nada (la habilidad de resolver problemas es una mala copia de su original). Planteo lo anterior, frente al dilema de calificar de inteligente a la máquina, cuya mayor amenaza es que la proliferación de sus aplicaciones derive en la reproducción industrial y propagación masiva de la estupidez.

Es tan curioso como indicativo que en el debate no se hable con la misma fuerza e inquietud de la estupidez de la máquina, la EA (Estupidez Artificial), como si sólo pudiera ser inteligente. Esto revela una visión gnóstica detrás de todo esto, en la que una entidad libre de los vicios humanos, conservaría sólo su perfección en una versión depurada, destilada de su inteligencia.

La separación gnóstica se produciría esta vez entre la Inteligencia Artificial como modelo o paradigma de la inteligencia, dejando al hombre únicamente como sujeto pasivo de la estupidez. ¡Justo lo que pensaban los filósofos añejos sobre las Inteligencias Sustantivas, como formas puras separadas de la materia! Frente a ellas el hombre palidece y se ve estúpido. Pero, ¿y qué tal si fueron los filósofos los estúpidos en primer lugar al plantear ingenuamente esa unión de la inteligencia con el ser antes del advenimiento de la máquina? No sé tú, pero yo prefiero recobrar el mundo inteligible de los barbudos.


Referencias:

  1. Platón, República VI, 509b-510b, ver Sofista 248e ↩︎
  2. Livraghi, Giancarlo, El poder de la estupidez 2011, versión Kindle ↩︎
  3. Livraghi, Giancarlo 155 ↩︎
  4. Livraghi, Giancarlo 123: «consiste, en lo esencial, en intentar comprender por qué las cosas salen mal y cómo la estupidez humana causa la mayoría de nuestros problemas» ↩︎
  5. De este modo está planteado explícitamente por Walter R. Pitkin, A Short Introduction to the Study of Human Stupidity 1932, 38, en lo que parece haber un cierto consenso en la manera de plantear el asunto ↩︎
  6. Livraghi, Giancarlo 505, 518 ↩︎
  7. Livraghi, Giancarlo 518 ↩︎
  8. Carlo Cipolla, citado por Livraghi 505 ↩︎
  9. Walter R. Pitkin, 1932, 6 ↩︎
  10. Livraghi, Giancarlo 499 ↩︎
  11. Livraghi, Giancarlo 533 ↩︎
  12. Summa Theologiae II-II q.8 a.6 ad 1 ↩︎
  13. Summa Theologiae, II-II q.46 a.1 co ↩︎

La razón de lo oculto

«Después de una larga convivencia, surge de repente una chispa como fuego que se enciende en el alma» [1]

He reservado la dimensión íntima de mi boletín para aquellos lectores que desean apoyar mi libertad creativa e involucrarse más a fondo con mis proyectos. Por esta reserva, lo he llamado OjoVoraz Oculto. Pero, más allá de la fascinación que ejerce lo oculto sobre la psicología personal, que mueve a buscar lo prohibido por sobre lo razonable, con las desastrosas consecuencias que puede acarrear (si no, pregúntale a la pareja del Edén), existe una razón filosófica para ocultar algunas cosas.

Es la misma razón de por qué en el origen los filósofos se resistieron a dejar sus enseñanzas por escrito; parece que lo esencial se resiste a escribirse sin desfigurase en el proceso. En algún sentido, lo escrito es palabra muerta; y, como la filosofía es una vida orientada al saber en su totalidad, no se presta a ser transmitida del todo por medio de signos de ningún tipo, ni impresos ni menos digitales. En esto radica la nobleza de la filosofía.

Así, pues, Sócrates -deliberadamente- no dejó nada por escrito.

Y su discípulo más ilustre, Platón, escribió algunas cosas, pero defendió el silencio filosófico ante a la elocuencia de su maestro [2].

De modo que Aristóteles, procurando preservar ambas perspectivas, dividió sus escritos en dos tipos:

«unos eran esotéricos, compuestos con vistas a la enseñanza filosófica interna y dirigidos a sus discípulos; otros eran exotéricos, compuestos en forma de diálogo para un público más general [...]

Estos últimos tienen un estilo más literario y divulgativo, mientras que los primeros son más técnicos y concisos» [3]

Con aquella tradición especulativa quisiera conectar la estructura de este boletín.

Por eso OjoVoraz tiene una dimensión oculta (esotérica), reservada sólo para quienes desean participar en el núcleo íntimo de mi trabajo.

Pues ocultar ciertas enseñanzas viene dado por motivos de sutileza filosófica.

En opinión de Platón:

«No es fácil para quienes han vivido en la oscuridad mirar directamente la luz» [4]

Asimismo Aristóteles veía la filosofía como la más difícil de todas las disciplinas del saber, y por lo mismo exige la conformación de una vida completa para poder siquiera vislumbrarse.

En esta línea, Tomás de Aquino pensaba que:

«Las cosas profundas no deben ser comunicadas indiscriminadamente, sino solo a quienes tienen la disposición adecuada para recibirlas» [5]

Y es necesario que así sea:

«para que no se expongan al desprecio o a la burla» [6]

Es decir, lo oculto también es una manera de protegerse frente al desdén que ha acompañado a la filosofía desde sus orígenes.

Por otro lado, Tomás de Vio Cayetano, un autorizado tomista, señalaba en este sentido que a tal punto es difícil la filosofía que incluso a los más grandes doctores se les escapa [7].

¡Ni siquiera los mejores pergaminos académicos son garantía de buen pensamiento!

Y Julián Marías insistía, a propósito, que a la filosofía no se han dedicado más que unos cuantos gatos en toda la historia:

«Siempre he creído que los filósofos han sido y serán muy contados, y probablemente sin ninguna importancia social...y su proliferación me preocupa, porque suele ser indicio de una extinción o desvirtuación de la filosofía» [8]

De esta forma se encuentra en la tradición filosófica un criterio de auditorio para ocultar algunas enseñanzas, que tiene que ver menos con el talento y la capacidad que con la madurez y preparación intelectual.

Hay que estar preparado para saber recibir, lo que sea, incluso el amor.

Y, aunque en principio la filosofía está abierta y disponible para todos, cuando uno tiene en cuenta la dificultad que les es inherente y la necesidad que tiene del recurso más valioso, tiempo libre, se ve de inmediato que no se presta para ser un objeto de consumo de audiencias masivas.

No todos están preparados, ni tienen el tiempo suficiente como para adentrarse en las sutilezas de la especulación filosófica.

En nuestra época es fácil tomarla por un objeto de consumo entre otros, como una forma más de entretenimiento, que -a mi juicio- es el mayor riesgo que corre hoy: no ser más que contenido.

Sin ir más lejos, la divulgación -cercana a la autoayuda- parece convertirla en objeto de consumo.

De hecho, la misma palabra 'divulación' connota la carga de lo vulgar, de la modifcación que supone propagar ideas al vulgo y hacerla disponible a la gran audiencia.

Es una forma de desfiguración, porque lo noble y sutil se tiene que modificar para hacerlo digerible para una masa indiferenciada.

En el proceso se pierde algo esencial: pues, en vez de ser un encuentro personal, el autor le habla potencialmente a todos y a nadie en particular.

¿Cómo me he planteado frente a la nobleza y dificultad propia de la filosofía?

En mi caso, después de veinticinco años ininterrumpidos dedicado al estudio sistemático y la meditación de las cuestiones apremiantes, siento que en vez de estar más cerca, estoy cada vez más lejos, comprobando en carne propia que es verdad el cliché socrático.

En efecto, siento que cada vez sé menos y que nunca llegaré a ser un filósofo consumado.

La filosofía se me escurre entre los dedos cuando más creo dominarla.

Esta experiencia es el origen de la voracidad intelectual por la que he nombrado mi boletín: esa sed envolvente de saber, de comprenderlo todo, que lleva a un permanente desasosiego existencial que te pone el ojo voraz y la irrenunciable tarea de domesticarlo.

El lado positivo de todo esto es que me da también una cierta confianza para ver que al vecino le pasa lo mismo, en mayor o menor grado, levantando una cierta sospecha frente a quien plantea su saber como consumado y «objetivo», es decir, indiscutible, irrefutable, blindado de toda crítica.

Por estas razones, OjoVoraz-Oculto no es divulgación sino una cordial invitación a participar en mi camino filosófico, por si se enciende la chispa del encuentro personal, donde te invito a mirar de cierta manera.

Porque la vida filosófica es intransferible sin presencia.

Y no es necesario que sea física, sino que basta la comunicación de dos almas en alguna parada del camino.

De hecho, para mí, incluso aunque estén muertos y distantes de épocas remotas, algunos filósofos me son más cercanos que muchos de mis contemporáneos en mis círculos sociales, porque compartimos algo más íntimo.

Y si bien nadie puede dominar del todo la filosofía, que es la más salvaje y rebelde de todas las disciplinas del conocimiento, la invitación es a cultivarla en la medida de que las circunstancias lo permitan con una profunda humildad.

De este modo, espero poder crear ese espacio donde el lector que no tiene la formación o el tiempo suficiente para dedicarse a estas cuestiones, se pueda encontrar con otra vida filosófica.

El desafío de hoy está en hacerse ese tiempo de calidad -lento y sin distracciones- para poder leer la presencia tras el silencio de las palabras.


Referencias:

  1. Platón, Carta VII 341c–345c ↩︎
  2. Platón, Fedro 274b–277a, Carta VII 341c–345c ↩︎
  3. Simplicio, In De Caelo IX 271.16–272.13 ↩︎
  4. Platón, República VI, 487a–489a, cf. Fedro 275c–277a ↩︎
  5. Tomás de Aquino, Comentario al Evangelio de San Mateo, cap. 7, lección 2, cf. In De Caelo et Mundo, lib. 1, lectio 1, n. 1, In Meteorologica, lib. 1, lectio 1 ↩︎
  6. In Sent. I, d.2, q.1, a.3, cf. S.Th. I, q.1, a.9, ad 3, C.G. I 2 ↩︎
  7. In _De ente et essentia, q. 1, p. 12-13 ↩︎
  8. Julián Marías, La Razón de la Filosofía, 250-51 ↩︎