«Después de una larga convivencia, surge de repente una chispa como fuego que se enciende en el alma» [1]
He reservado la dimensión íntima de mi boletín para aquellos lectores que desean apoyar mi libertad creativa e involucrarse más a fondo con mis proyectos. Por esta reserva, lo he llamado OjoVoraz Oculto. Pero, más allá de la fascinación que ejerce lo oculto sobre la psicología personal, que mueve a buscar lo prohibido por sobre lo razonable, con las desastrosas consecuencias que puede acarrear (si no, pregúntale a la pareja del Edén), existe una razón filosófica para ocultar algunas cosas.
Es la misma razón de por qué en el origen los filósofos se resistieron a dejar sus enseñanzas por escrito; parece que lo esencial se resiste a escribirse sin desfigurase en el proceso. En algún sentido, lo escrito es palabra muerta; y, como la filosofía es una vida orientada al saber en su totalidad, no se presta a ser transmitida del todo por medio de signos de ningún tipo, ni impresos ni menos digitales. En esto radica la nobleza de la filosofía.
Así, pues, Sócrates -deliberadamente- no dejó nada por escrito.
Y su discípulo más ilustre, Platón, escribió algunas cosas, pero defendió el silencio filosófico ante a la elocuencia de su maestro [2].
De modo que Aristóteles, procurando preservar ambas perspectivas, dividió sus escritos en dos tipos:
«unos eran esotéricos, compuestos con vistas a la enseñanza filosófica interna y dirigidos a sus discípulos; otros eran exotéricos, compuestos en forma de diálogo para un público más general [...]
Estos últimos tienen un estilo más literario y divulgativo, mientras que los primeros son más técnicos y concisos» [3]
Con aquella tradición especulativa quisiera conectar la estructura de este boletín.
Por eso OjoVoraz tiene una dimensión oculta (esotérica), reservada sólo para quienes desean participar en el núcleo íntimo de mi trabajo.
Pues ocultar ciertas enseñanzas viene dado por motivos de sutileza filosófica.
En opinión de Platón:
«No es fácil para quienes han vivido en la oscuridad mirar directamente la luz» [4]
Asimismo Aristóteles veía la filosofía como la más difícil de todas las disciplinas del saber, y por lo mismo exige la conformación de una vida completa para poder siquiera vislumbrarse.
En esta línea, Tomás de Aquino pensaba que:
«Las cosas profundas no deben ser comunicadas indiscriminadamente, sino solo a quienes tienen la disposición adecuada para recibirlas» [5]
Y es necesario que así sea:
«para que no se expongan al desprecio o a la burla» [6]
Es decir, lo oculto también es una manera de protegerse frente al desdén que ha acompañado a la filosofía desde sus orígenes.
Por otro lado, Tomás de Vio Cayetano, un autorizado tomista, señalaba en este sentido que a tal punto es difícil la filosofía que incluso a los más grandes doctores se les escapa [7].
¡Ni siquiera los mejores pergaminos académicos son garantía de buen pensamiento!
Y Julián Marías insistía, a propósito, que a la filosofía no se han dedicado más que unos cuantos gatos en toda la historia:
«Siempre he creído que los filósofos han sido y serán muy contados, y probablemente sin ninguna importancia social...y su proliferación me preocupa, porque suele ser indicio de una extinción o desvirtuación de la filosofía» [8]
De esta forma se encuentra en la tradición filosófica un criterio de auditorio para ocultar algunas enseñanzas, que tiene que ver menos con el talento y la capacidad que con la madurez y preparación intelectual.
Hay que estar preparado para saber recibir, lo que sea, incluso el amor.
Y, aunque en principio la filosofía está abierta y disponible para todos, cuando uno tiene en cuenta la dificultad que les es inherente y la necesidad que tiene del recurso más valioso, tiempo libre, se ve de inmediato que no se presta para ser un objeto de consumo de audiencias masivas.
No todos están preparados, ni tienen el tiempo suficiente como para adentrarse en las sutilezas de la especulación filosófica.
En nuestra época es fácil tomarla por un objeto de consumo entre otros, como una forma más de entretenimiento, que -a mi juicio- es el mayor riesgo que corre hoy: no ser más que contenido.
Sin ir más lejos, la divulgación -cercana a la autoayuda- parece convertirla en objeto de consumo.
De hecho, la misma palabra 'divulación' connota la carga de lo vulgar, de la modifcación que supone propagar ideas al vulgo y hacerla disponible a la gran audiencia.
Es una forma de desfiguración, porque lo noble y sutil se tiene que modificar para hacerlo digerible para una masa indiferenciada.
En el proceso se pierde algo esencial: pues, en vez de ser un encuentro personal, el autor le habla potencialmente a todos y a nadie en particular.
¿Cómo me he planteado frente a la nobleza y dificultad propia de la filosofía?
En mi caso, después de veinticinco años ininterrumpidos dedicado al estudio sistemático y la meditación de las cuestiones apremiantes, siento que en vez de estar más cerca, estoy cada vez más lejos, comprobando en carne propia que es verdad el cliché socrático.
En efecto, siento que cada vez sé menos y que nunca llegaré a ser un filósofo consumado.
La filosofía se me escurre entre los dedos cuando más creo dominarla.
Esta experiencia es el origen de la voracidad intelectual por la que he nombrado mi boletín: esa sed envolvente de saber, de comprenderlo todo, que lleva a un permanente desasosiego existencial que te pone el ojo voraz y la irrenunciable tarea de domesticarlo.
El lado positivo de todo esto es que me da también una cierta confianza para ver que al vecino le pasa lo mismo, en mayor o menor grado, levantando una cierta sospecha frente a quien plantea su saber como consumado y «objetivo», es decir, indiscutible, irrefutable, blindado de toda crítica.
Por estas razones, OjoVoraz-Oculto no es divulgación sino una cordial invitación a participar en mi camino filosófico, por si se enciende la chispa del encuentro personal, donde te invito a mirar de cierta manera.
Porque la vida filosófica es intransferible sin presencia.
Y no es necesario que sea física, sino que basta la comunicación de dos almas en alguna parada del camino.
De hecho, para mí, incluso aunque estén muertos y distantes de épocas remotas, algunos filósofos me son más cercanos que muchos de mis contemporáneos en mis círculos sociales, porque compartimos algo más íntimo.
Y si bien nadie puede dominar del todo la filosofía, que es la más salvaje y rebelde de todas las disciplinas del conocimiento, la invitación es a cultivarla en la medida de que las circunstancias lo permitan con una profunda humildad.
De este modo, espero poder crear ese espacio donde el lector que no tiene la formación o el tiempo suficiente para dedicarse a estas cuestiones, se pueda encontrar con otra vida filosófica.
El desafío de hoy está en hacerse ese tiempo de calidad -lento y sin distracciones- para poder leer la presencia tras el silencio de las palabras.
Referencias:
- Platón, Carta VII 341c–345c ↩︎
- Platón, Fedro 274b–277a, Carta VII 341c–345c ↩︎
- Simplicio, In De Caelo IX 271.16–272.13 ↩︎
- Platón, República VI, 487a–489a, cf. Fedro 275c–277a ↩︎
- Tomás de Aquino, Comentario al Evangelio de San Mateo, cap. 7, lección 2, cf. In De Caelo et Mundo, lib. 1, lectio 1, n. 1, In Meteorologica, lib. 1, lectio 1 ↩︎
- In Sent. I, d.2, q.1, a.3, cf. S.Th. I, q.1, a.9, ad 3, C.G. I 2 ↩︎
- In _De ente et essentia, q. 1, p. 12-13 ↩︎
- Julián Marías, La Razón de la Filosofía, 250-51 ↩︎
El punto de quiebre
Acerca de no ser tomista: el origen de una vocación.
«Una nueva vida filosófica ha sido encendida por otra vida filosófica» [1]
Si quieres saber más de mi trayectoria intelectual, te cuento que me formé en la filosofía de Tomás de Aquino: por fuera, un sencillo monje dominico del siglo XIII, por dentro, un portento del pensamiento universal; para mí, el mayor de los filósofos. Me llegó el impulso de su pensamiento por medio de una cadena intelectual que se remonta a la encíclica Aeterni Patris del papa León XIII, un documento que buscaba proteger la integridad del pensamiento católico frente a las embestidas de la modernidad en base a la figura central del monje [2].
Id a Tomás, proclamaba el documento [3]
Recibí una versión hispánica de ese impulso proveniente de Antonio Millán-Puelles, quien fuera maestro de mi profesor y amigo, don Juan Antonio Widow, un destacado tomista chileno, detonante de innumerables vocaciones filosóficas.
Fue Don Juan Antonio quien me presentó a Tomás de Aquino y a Aristóteles a los 17 años («hay que procurarse buenos maestros», solía decir en clase). Tuve la fortuna de ser su ayudante en algunos cursos y dirigió también mi tesis de licenciatura.
Pero lo más importante fue la amistad que trabamos, un tanto dispareja, porque nunca dejé de ser su aprendiz. Tenía una lucidez intelectual y una integridad moral de la que intentaba empaparme cuanto podía.
Lo visité asiduamente en su casa un par de veces al mes durante más de una década hasta que se mudó a Linderos para estar más cerca de sus nietos. Lamentablemente, me quedaba a casi dos horas de viaje.
A pesar de eso, nos escribíamos ocasionalmente.
En el último correo que le envié le comentaba acerca del nacimiento de mi primer hijo, cuya respuesta revela su hondura filosófica:
«Esperamos que la primera preocupación sea bautizarlo cuanto antes, para que desde ya esté bajo la tutela del Espíritu Santo. Espero que podamos vernos cuando termine la locura del Covid. Un abrazo para los padres y un beso para el hijo, Juan Antonio y Conchita» (29 de Agosto, 2020)
Falleció en diciembre de 2024 y no alcanzamos a despedirnos.
Maestro y discípulo
Con el tiempo he caído en la cuenta de que es necesario tomar una cierta distancia para advertir la grandeza propia de las cosas. Como sucede con los árboles: si estás muy cerca, verás que su tronco es grueso, pero no sabrás qué tan alto es si no te sitúas lejos, muy lejos, para verlo con perspectiva.
Mientras más grande es aquello que has de contemplar, más lejos te has de situar; de cerca, las cosas nobles son casi invisibles.
La distancia de la muerte permite apreciar a Don Juan Antonio como un tomista de fuste, católico hasta el tuétano, patriarca de una numerosa descendencia, que dejó una impronta imborrable en todos quienes asistimos a sus cursos, representando la figura irremplazable del maestro que encarna la filosofía sin transar sus principios vitales.
Porque la filosofía es la única disciplina en la que el existente está enteramente implicado, comprometido, y personalmente interpelado por aquello que investiga [4], de modo tal que el maestro comunica una vida más que un conjunto de afirmaciones [5]. Por eso:
«transmitimos a los demás no sólo lo que sabemos, sino también el tipo de persona que somos»[6]
En mi caso, soy filósofo antes de haber conocido la doctrina de Tomás, porque mis cuestionamientos de adolescencia tenían el vigor suficiente como para atormentarme por sobre los intereses propios de la edad. De joven tuve una epifanía en la que el ser se me presentó con una violencia brutal, embistiéndome hasta aturdirme. Desde entonces, las preguntas fundamentales nunca me dejaron; ni yo a ellas.
La segunda epifanía ocurrió en una clase en la que Don Juan Antonio nos hablaba sobre la doctrina del ser y la esencia de Tomás. La recuerdo como si fuera hoy, porque representó para mí un encuentro con la tribu de los filósofos, con quienes ya habían hablado de aquello que a mi me preocupaba y a nadie más de mi entorno parecía importarle.
Me di cuenta de que no estaba solo en esto, sino que había una larga tradición de hombres que habían abierto caminos, unos más transitables que otros, incluso señalado algunos sin salida.
Si la primera epifanía estuvo marcada por la soledad, que nunca parece abandonar del todo al pensador comprometido, la segunda estuvo marcada por la tribu de vivos y muertos de ese animal moderadamente gregario que es el filósofo [7].
Esto fue lo que me enamoró del estudio sistemático de la filosofía.
El enigma de Tomás
Recuerdo asimismo que mi profesor solía decir en clases que Tomás nunca ha sido un filósofo de moda, una afirmación que me ha rondado desde entonces.
¿Por qué nunca ha estado de moda un pensador tan extraordinario fuera del pequeño reducto católico irradiado por la Encíclica?
Mi primera impresión fue admitir que hay modas filosóficas favorables al postureo intelectual de sobremesa (que hoy se da en las redes antisociales) y Tomás no se presta fácilmente para ello.
Con su prosa sencilla, Tomás exige todo de ti como lector; al haber escrito en en un estilo escolástico, no se deja asimilar con soltura al lenguaje moderno.
La búsqueda, sin embargo, de una respuesta más contundente me llevó a tomar distancia del «tomismo», expresión que describe con mayor o menor fortuna al conjunto de los seguidores de este filósofo.
En ese sentido, mi distanciamiento se produjo de a poco, al ver que la figura de Tomás no ha podido desprenderse del impulso apologético de la Encíclica, más preocupada de cuidar la ortodoxia del pensamiento católico, obsesionada por la armonía de fe y razón, que de filosofar en clave posmoderna (que, dicho sea de paso, es inevitable).
La paradoja tomista
De este modo se puede sintetizar mi posición:
«Sin que Tomás lo quisiera, el afán de los tomistas que le sucedieron por presentarlo como el parangón del pensamiento donde fe y razón encuentran su distinta armonía [...]
Incluso Aeterni Patris, con su defensa del tomismo como sistema concluido frente al que todos los sistemas deben justificarse, no logró superar los mismos problemas para los que creía tener las respuestas» [8]
Mi dificultad con el tomismo está en que la figura de Tomás es una categoría históricamente problemática, que ha sido enfrentada desde una actitud depurativa por parte de sus seguidores.
Pues siempre habría un reducto originario que rescatar frente a las interpretaciones desviadas.
Filosofar se trataría nada más que de encontrar al verdadero autor por sobre las vicisitudes históricas que ha recibido la interpretación de su pensamiento, un fenómeno que ocurre con la mayoría de los autores clásicos. Yo también he pecado de esto.
No se trata de negarle calidad ni rigor a los seguidores de Tomás, que son muy buenos, sino que no existe ese Tomás que buscan. Hay tantos tomismos como perspectivas de interpretación [9]
En este sentido, el tomismo parece un movimiento de restauración de un orden que jamás existió, y entiendo que esto puede ofuscar a quienes están fuera del círculo. Julián Marías solía decirlo con su elegancia habitual:
«El neoescolasticismo —casi exclusivamente neotomismo— mira hacia el pasado, cree que la solución de los problemas, al menos en lo esencial, existe ya, que sólo es menester recordarla [...] sobre todo hacerla aceptar, quizá hacerla aceptable; en modo alguno descubrirla, inventarla, menos aún echarla de menos, buscarla sin tener la certidumbre previa de alcanzarla»[10]
Sin embargo, hay que tener en cuenta que ni en su propio tiempo Tomás fue una figura dominante, sino más bien marginal:
«La metafísica de Tomás de Aquino, en el contexto de la Alta Edad Media, era la de un pensador aislado. Era, con mucho, la menos común de las doctrinas escolásticas» [11]
En otras palabras:
«El aristotelismo escolástico era más bien un horizonte común, dentro del cual podían distinguirse múltiples interpretaciones, muy lejos de la imagen de la síntesis tomista como el coronamiento de un pensamiento doctrinalmente unitario» [12]
No todos los tomistas ignoran esto, por supuesto, pero hay algunos más conscientes que otros de su adecuado lugar histórico.
Por eso tomo a Tomás como inspiración para filosofar, pero sin ninguna intención apologética (no soy nadie para tamaña tarea).
No obstante, tratando de ir un paso más allá para responderme de manera definitiva por qué Tomás se resiste a las modas intelectuales, llegué a la conclusión de que su figura contiene una tensión interna irreconciliable para el pensamiento, casi como un fondo imperceptible y latente: la condena, rescate, y reivindicación clerical de su figura en el interior de la Iglesia Católica.
Pues, por una parte, el impulso de volver a la filosofía de Tomás no fue filosófico, sino clerical: promovido por las autoridades eclesiásticas.
Y, por otra, de igual manera se condenó su pensamiento en 1277 por parte de las autoridades clericales de la época, impulsada por el obispo de París, Esteban Tempier, bajo el mandato del papa Juan XXI. Y aunque ha sido motivo de discusión en qué medida apuntaban directamente contra su doctrina, algunas condenas fueron expresamente dirigidas «contra thomam». [13]
Los dos cabos de ese período, las condenaciones de 1277 y la encíclica Aterni Patris de 1879, conforman una tensión inherente al pensamiento católico. Un período de 600 años que, en vez de conformar una linealidad histórica progresiva, se curva sobre sí mismo como una serpiente que se come la cola.

¿Puedes ver la paradoja de que se condenó y reivindicó a Tomás en torno al mismo objetivo de preservar la ortodoxia de la fe frente a doctrinas peligrosas o amenazantes?
El mismo objetivo se usó para condenarlo y reivindicarlo: principio y fin.
Un sistema cerrado y autorreferencial.
El poder y lo impensable
Pero más importante y preocupante aún es el principio que subyace a los hechos: que la autoridad política tiene el poder suficiente para determinar los límites de lo pensable, definiendo lo que ya no se puede pensar por medio de la prohibición y la condena.
Por eso, «protección de la fe» quiere decir en este contexto cualquier medida autoritaria y coercitiva para proteger la ortodoxia del pensamiento. Se basa, en definitiva, en el poder político.
Y sí, estoy de acuerdo en que esto es oscurantismo puro y duro, pero te equivocas si piensas que eso ya se acabó. Todo lo contrario: ese impulso sigue hoy más vivo que nunca. La falacia está en identificar ese oscurantismo con una época histórica determinada, el Medievo, y no como algo propio del poder político.
La razón está en que el oscurantismo de todas las épocas se reivindica a sí mismo por medio de calificar las doctrinas contrarias, divergentes, o disidentes, como «peligrosas» por su carácter amenazante del pensamiento único, impartido por las clases dirigentes.
En este sentido, la condena oscurantista tiene una forma determinada, fácilmente reconocible como una estructura de control autoritario de la afirmación, que permite etiquetar a todo lo que se le opone como «negación», a la que le faltaría eficacia si no hubiera un poder efectivo detrás. De este modo se encuentran incluso hoy áreas a las que el pensamiento crítico sencillamente no puede aplicarse sin ser tildado de «negacionista».
Más allá del tomismo
¿Acaso en nuestra época no hay temas que se dan por descontado, como si excluyeran por principio el no poder ser revisables o pensables más a fondo? Sí -dicen- necesitamos el pensamiento crítico, pero cómo, dónde y cuándo nosotros te digamos.
Ese es el verdadero hecho a meditar, ya que incluso un pensador de la talla de Tomás cedió ante el poder de la autoridad, quedando rezagado por la historia de la filosofía. Los intentos posteriores de restituir su importancia, por medio de la canonización y estatuto de Doctor Común, surgieron cuando ya era demasiado tarde.
Se había abierto la caja de Pandora que preparó las condiciones para la modernidad protestante y su ciencia.
Por mi parte, tenía que encontrar algo en la propia obra de Tomás que me permitiera situarme afuera de esa tensión, y que he encontrado en la apertura de su espíritu filosófico, al ver que la filosofía no consiste en el estudio de las opiniones de los hombres, sino que se juega de cara a la contemplación de las cosas [14].
En este sentido, lo anterior revela que el esmero por recuperar la figura genuina de Tomás no es una actitud filosófica. De este modo Tomás te expulsa del tomismo.
Pero, si Tomás de Aquino no era tomista, ¿qué era sino?
Entre los estudiosos de su pensamiento, ha habido quienes pusieron la esencia del tomismo en la doctrina aristotélica del acto [15], y otros quienes se encaminaron a destacar el rol del Neoplatonismo en su doctrina [16]. Por eso Gilson decía que
«lo habían confundido con un aristotélico, radicalmente hablando no lo era» [17]
Lo cierto es que ni en uno ni en otro aspecto hay algo tan propio y original de su pensamiento como para ser llamado «tomismo» como algo radicalmente distinto del Platonismo. Tomás fue un pensador original, por eso no se lo puede reducir ni a Aristóteles, a los Neoplatónicos, o a San Agustín, y que sin embargo está inserto en el Platonismo.
De este modo me represento su figura como un maestro ilustre perteneciente a esa tradición abierta y no como un sistema cerrado de proposiciones lógicamente vinculadas.
Por eso para seguirlo no hace falta ser tomista, sino simplemente filósofo.
Y un filósofo que se precie de serlo es capaz de reconocer, como hacía Don Juan Antonio en sus clases, que la idea más original de Tomás es aquella según la cual el ser es el acto de la esencia, y que en su unión recíproca conforman la existencia. Dos principios -ser y esencia- tan simples como profundos.
A tal punto es original esta idea que Tomás la reclama como propia frente a Aristóteles [18], aunque por su humildad intelectual intenta remontarla a Boecio [19]. Esta originalidad es de los pocos lugares de su obra donde Tomás hace notar su autoría, diciendo «yo digo» [20], mostrándose humano en su deseo de que le reconozcan su gran descubrimiento (de que la idea es, de hecho, suya).
Y aunque se trata de una perla del pensamiento universal, que le da una gravedad inaudita a la estructura de la metafísica, la idea ya no se sostiene en nuestros tiempos.
Y digo esto, porque en un mundo donde ya no hay esencias, y el universo está descentrado, desenfocado del hombre, ¿el ser vendría a ser el acto de qué?
De nada.
Por eso: Nihilismo.
¿Qué queda, entonces?
La promesa de la tecnología frente a las necesidades que conforman la miseria existencial (el filósofo va al baño todas las mañanas tanto como la modelo de élite que se sube al Ferrari en Mónaco, ese gesto del papel es universal). Pareciera que, en efecto,
«la tecnología es el arte de no tener que experimentar nunca el mundo» [21].
O en una sola expresión: Nihilismo Tecnológico.
En este contexto quizás se pueda dimensionar a Tomás, porque de su pensamiento se desprende la Nada que nos asedia. Y acaso algún día se pondrá de moda como un maestro vivo, tal como me enseñó mi profesor.
A veces viene bien tomar distancia.
Referencias Bibliográficas
- Gilson, Etienne. El Amor a la Sabiduría. Madrid: Rialp, 2015, p. 25. ↩︎
- Forment, Eudaldo. Id a Tomás. Principios fundamentales del pensamiento de Santo Tomás. Madrid: Fundación Balmes, 2005. ↩︎
- One Hundred Years of Thomism. Aeterni Patris and Afterwards. A Symposium, ed. Victor B. Brezik. Houston: Center for Thomistic Studies, 1981. ↩︎
- Sellés, Juan Fernando. Antropología para inconformes. Madrid: Palabra, 2006, p. 26. ↩︎
- Caldera, Rafael T. Prólogo a Gilson, Etienne. El Amor a la Sabiduría. Madrid: Rialp, 2015, p. 6. ↩︎
- Ramos, Alice. “Studiositas and Curiositas: Matters for Self-Examination.” The Thomist 69, no. 2 (2005): p. 279. ↩︎
- Huxley, Aldous. Una Nueva Visita a Un Mundo Feliz. Buenos Aires: Sudamericana, 1958 (ed. en línea 2020), p. 26. ↩︎
- Cariño, Jovito. Re-thinking Catholic Philosophy: Alasdair MacIntyre and the Tension within Thomism. Diliman: University of the Philippines Press, 2016, p. 205. ↩︎
- González, Ángel Luis. “Metaphysics: Contemporary Interpretations.” En: Dictionary of Twentieth-Century Catholic Philosophers, ed. Gerald McCool. New York: Greenwood Press, 2006, pp. 402–404. ↩︎
- Marías, Julián. El Existencialismo en España. Madrid: Revista de Occidente, 1953, p. 11. ↩︎
- Robiglio, Andrea. Breaking the Great Chain of Being. Turnhout: Brepols, 2004, p. 57. ↩︎
- León Florido, Francisco. La condena de la filosofía. La Iglesia contra el pensamiento moderno. Madrid: Escolar y Mayo, 2018, p. 32. ↩︎
- León Florido, Francisco. La condena de la filosofía, p. 67, nota 95. ↩︎
- Tomás de Aquino. In De Caelo et Mundo, I l.22 nº8. ↩︎
- Manser, G. M. La esencia del Tomismo. Madrid: Gredos, 1947. ↩︎
- Clarke, Norris W. “The Limitation of Act by Potency: Aristotelianism or Neoplatonism.” International Philosophical Quarterly, vol. 2, no. 2 (1962): pp. 211–221. ↩︎
- Gilson, Etienne. El ser y los filósofos. Madrid: Rialp, 1979, p. 117. ↩︎
- Tomás de Aquino. Super Sententiarum, III d. 8 q. 1 a. 5 ad 2. ↩︎
- Mitchell, Jason. “Aquinas on Esse Commune and the First Mode of Participation.” Proceedings of the ACPA, vol. 92 (2018). ↩︎
- Tomás de Aquino. De potentia, q. 7 a. 2 ad 9. ↩︎
- (Max Frisch, Homo Faber 1959, 178) ↩︎
Pensar desde la roca
Breve manifiesto para un pensamiento alternativo
«Sin dominar el mar ni la tierra se puede ejecutar una actividad noble» [1]
¡Qué tiempos para dedicarse al oficio del pensamiento! Como nunca antes en la historia, hoy se dan las condiciones ideales para cultivar la vida intelectual; aunque en la medida de lo posible, acotado a las circunstancias de cada quien[2]. No hay que ir en busca de lo extraordinario: la vida cotidiana, ordinaria por definición, ya cuenta con las comodidades necesarias para hacerlo[3]. La omnipresencia de la red ha vuelto accesibles recursos que antes eran de lujo: textos, material audiovisual, cuadernos, libretas de notas y bolígrafos que en otro tiempo estaban reservados para unos pocos.
Y, sin embargo, se da una situación paradójica: esas mismas condiciones ideales son también las más amenazantes para forjar un pensamiento autónomo.Nuestra época de superabundancia de información tiende a absorber y destruir el tiempo de ocio, que es el recurso esencial para disponerse a pensar por uno mismo. Ese tiempo que no está destinado a la producción mercantil ni a la distracción de la productividad (pues no se trata de descansar para reponer energías, consumir, y continuar trabajando), se ha vuelto el más escaso de los bienes.
Y sin ese tiempo disponible, el resultado es que el pensamiento pierde su oficio, al no poder ir más allá de la repetición mecánica de la corriente principal, el mainstream. Por eso me gusta visualizar el pensamiento autónomo como la palmera que crece sobre la roca: fuerte, pero muy frágil a la vez. Se aferra con toda la fuerza de sus raíces a un suelo inexistente para resistir los embates del viento sur. Basta tan solo un movimiento violento de la mano -contra el que no tiene defensas ni preparación- para truncar su crecimiento.
Y si bien estas palmeras nunca pueden crecer a la altura de su potencial, (porque el crecimiento guarda una relación proporcional con la profundidad del suelo), dan el ancho al compensar por la belleza que brindan al conformar un paisaje.

El pensamiento vive una situación similar, que intenta abrirse paso a las alturas de la especulación sobre un suelo etéreo.
El oficio del pensamiento consiste, para mí, en construir una perspectiva alternativa, que no busca crear un sistema autosuficiente (no hay suelo para tal edificio), sino que se contenta, como la palmera, con engrosar su tronco hasta conformar un paisaje. Más allá, en otra roca, otra palmera con sus contornos propios.
Pensar es, así, plantear hipótesis exploratorias enraizadas en una situación vital, rescatando los materiales adecuados para la tarea de pensar y rechazando los que son inconducentes[4].
Pensar por uno mismo es, hoy, un acto disidente.
No porque se oponga explícitamente a la corriente principal, sino porque se alza frente a ella por yuxtaposición o superposición.
El pensamiento autónomo, por sí solo, ya es pensamiento alternativo.

La primera tarea, entonces, consiste en identificar y caracterizar aquello respecto a lo cual uno se plantea de manera alternativa.
El pensamiento mainstream, que se difunde masivamente con la complicidad concertada de los medios de comunicación, es el Naturalismo: una posición intelectual que solo se entiende como una rebelión contra la filosofía, una actitud que le niega su objeto y busca privarla de todo valor en el ámbito del saber.
Es la mano que arranca la palmera.
En las siguientes palabras de Stephen Hawking se condensa el credo naturalista:
«La filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimiento»[5]
Y sus vástagos, las distintas versiones de cientificismo y materialismo, se desprenden de esa actitud originaria. En pocas palabras, pensar que lo único que existe es la materia y las relaciones internas de sus componentes. Unidades simples y relaciones, nada más. Fuera de ello: Nada.
En palabras de Sean Carroll (2016 11):
«Sólo existe un mundo, el mundo natural, que muestra patrones que llamamos "leyes de la naturaleza" y que es descubrible mediante los métodos de la ciencia y la investigación empírica. No existe un reino separado de lo sobrenatural, espiritual o divino; tampoco existe ninguna teleología cósmica o propósito trascendente inherente a la naturaleza del universo o a la vida humana»
De esa visión se deriva la actitud de reducir toda explicación a causas que surgen desde el interior mismo de la materia. Todo lo demás se excluye por principio, y cualquier otro intento se califica de superchería, especulación o falta de rigor empírico.
De a poco comprendo el por qué de esa incontenible compulsión de los científicos por hacer filosofía.
Así volvemos al antiquísimo gato por liebre de los sofistas.
Porque el problema no es adoptar una posición naturalista, que eso está muy bien y dará sus frutos en discusiones académicas, sino pasarla al gran público como si fuera ciencia empírica o comprobada experimentalmente, y no una posición filosófica.
Los medios, ya sea por mandato de sus dueños directos (accionistas) o por presión de los indirectos (publicitantes), insisten en presentar la posición intelectual del naturalismo como si fuera ciencia, y no como lo que es: una interpretación del mundo basada en ciertos principios libremente escogidos.
Casi como si se promoviera una manera unificada de pensar, quizás exigida por la conformación de una mente-colmena y el tipo de organización social a que da lugar, los sueños húmedos de los tiranos de todos los tiempos, porque para manufacturar el consenso hay que unificar primero la manera de pensar[6].
Si quiere desplegarse en estas circunstancias, el pensamiento alternativo ha de desmontar esa extraña amalgama editorial que identifica Naturalismo y Ciencia. Y ha de hacerlo desde su némesis vital e histórica: el Platonismo en su acometida posmoderna.
Por cierto, se trata de una tarea personal, y como tal, libre.
En esta apasionante aventura trato de inspirarme en la actitud jovial de Jean Baudrillard, que no se toma tan en serio estas cuestiones:
«Está claro que esas distinciones son formales, pero es un poco como en el caso de los físicos que cada mes inventan una nueva partícula. La última no expulsa a la anterior: se suceden y se suman en una trayectoria hipotética»[7]
Así las cosas, yo tampoco tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso[8].
Referencias:
- Aristóteles, Ética a Nicómaco, X 8 1179a4-5. ↩︎
- Aristóteles, Ética a Nicómaco, X 7 1177b30-1178a. ↩︎
- Ferrater Mora, Modos de Hacer Filosofía (1985). https://agustincourtoisie.wordpress.com/2018/04/26/modos-de-hacer-filosofia-ferrater/#_ftn3 ↩︎
- Maffesoli, Michel. El reencantamiento del mundo (2002), p. 216. ↩︎
- Hawking, Stephen. El gran diseño (2010). ↩︎
- Carroll, Sean. The Big Picture 2016, p. 11
- Chomsky, Noam. Manufacturing Consent. The Political Economy of the Mass Media (2008), Prefacio y Cap. 1. ↩︎
- Baudrillard, Jean. La transparencia del Mal (1991), p. 3. ↩︎
- El gran Carlos Caszely ⚽ 😅 ↩︎
El origen de OjoVoraz
Una pequeña librería de barrio con una vocación inmensa.
«Mentalidad Libresca es aquélla en que la educación de una persona no puede concebirse sin la suma provechosa de sus lecturas» –Pablo Boullosa
A comienzos de siglo, en los años en que ardía mi pasión irrefrenable por los libros empolvados, buscaba obras de filosofía y literatura en los rincones de mi ciudad. Recuerdo que andaba tras Crimen y Castigo, que en ese entonces no era fácil de conseguir. Deambulando por las ruinas de la calle Valparaíso, aquélla donde había paseado tantas veces de la mano con mi abuela, de casualidad me topé con un escaparate donde se exhibían libros usados en el segundo piso de una galería comercial.
Era un sucucho esquinero de 15 metros cuadrados, que daba suficiente espacio para que don Julio, su fundador, durmiera la siesta. En ocasiones ni la campanilla de la puerta lograba despertarlo y disimulaba somnoliento las marcas del libro que usaba de almohada.
Don Julio contaba que había abierto la librería en ese cuchitril después de haber sufrido un ataque al corazón que casi le cuesta la vida. El susto lo hizo replantearse, renunciar a su trabajo, y empezar de nuevo a los cincuenta años, lejos del estrés. Si bien se presentaba a la pata del cañón todos los días, abría el boliche a cualquier hora, lo que convertía en una aventura incierta algo tan simple como ojear un libro. Los tiempos sin Amazon.
Como casi todo amante de los libros, era fanático de Borges y se gozaba mostrando las raras ediciones que tenía de sus obras -por supuesto que no estaban a la venta. Por él supe que existía una editorial española, Aguilar, que tenía ediciones exquisitas de papel de biblia forradas en cuero de autores clásicos. Después de las obras completas de Dostoyevsky, me hice de todas las que pude para saciar mis intereses: aún conservo las Obras Completas de Cervantes, Séneca, Aristóteles, Platón, Shakespare, Tolstoi, y otras más.
Hace poco volví a mi ciudad, y, movido por la nostalgia, decidí pasar a saludarlo. Apenas subí las escaleras, vi de lejos que en su lugar había un centro de manicure. Después de veinte años, supongo que don Julio debe haber muerto. No lo sé.
Todavía resuena su consejo de no dejarme absorber por la lectura más allá de lo necesario para la vida, porque te puedes empachar con el sucedáneo y dejar de vivir. Que no olvidara a Adolfo Bioy Casares, de que leer es la otra aventura.
OjoVoraz se leía en el modesto rótulo de la librería de barrio que tanta alegría me dio.

Mi boletín toma su nombre de aquel espíritu libresco. OjoVoraz es esa experiencia de inquietud y desolación existencial, que se revela en una manera particular de vincularte con los libros. Una mirada insaciable que llama a no contentarse con sucedáneos ni imposturas. La voracidad del ojo libresco no cabe en la estrechura de un pasatiempo. Leer es una vida. Y aunque no se pueda domesticar, quizás se pueda sublimar con la paz que exige la contemplación de un paisaje, cuando se deja el libro abierto sobre la roca, mientras el viento enfría tu rostro.
Créditos Imagen: https://www.tresparrafos.com/archives/2489/comment-page-1
Nadie puede eludir la llamada a involucrarse en algún tipo de especulación filosófica. Filosofar es inevitable, porque es nuestro destino.
Y ya en los orígenes de la filosofía los pensadores griegos se percataron de esta situación existencial:
«o debemos filosofar o no debemos hacerlo -decía el joven Aristóteles-. Si debemos hacerlo, entonces debemos hacerlo. Si no debemos hacerlo, entonces también debemos hacerlo [para explicar por qué no debemos hacerlo]. Luego, en cualquier caso debemos filosofar»
Sé que parece un trabalenguas, pero resulta que es un dilema con una lógica perfecta:
[(pv¬p) . (p→p) . (¬p→p)]→p
En las siguientes palabras de Stephen Hawking (2010) puedes ver cómo ni el científico puede escapar de esta situación:
«¿Cómo podemos comprender el mundo en que nos hallamos? ¿Cómo se comporta el universo? ¿Cuál es la naturaleza de la realidad? ¿De dónde viene todo lo que nos rodea? ¿Necesitó el universo un Creador? […] Tradicionalmente, ésas son cuestiones para la filosofía, pero la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimiento»
Sin embargo, aunque estas afirmaciones están incluidas en la introducción de un libro dedicado a la divulgación científica, son "una sorprendente confirmación del dicho de Aristóteles de que para probar la filosofía hay que filosofar, y para refutar la filosofía hay que filosofar" (E. Gilson).
En cualquier caso, si no te gusta la que está disponible tienes que hacer otra, pero pretender destruir o cuestionar la filosofía desde la ciencia es hacer mala filosofía.
En este caso se trata de las opiniones de un científico que revelan una filosofía camuflada de ciencia (que así es como se las presentan al público).
El pensador español, Gustavo Bueno, describía esta práctica como «la filosofía espontánea de los científicos». Porque como personas que son, los científicos están en todo su derecho dar su opinión sobre materias filosóficas o aventurarse a especular. La complicación viene cuando esa opinión se confunde con ciencia y se transfiere su autoridad en una materia donde pueden ser competentes a otras donde son amateurs o derechamente ineptos; asunto bastante más común de lo que parece.
Aristóteles (inventor de la lógica) se refería a este sofisma como «demostración aparente», que consiste en pasarse de una ciencia a otra (ya sea voluntaria o involutariamente), en este caso, de la cosmología a la filosofía.
El sofisma sería algo así: dado que la filosofía no se ha mantenido al corriente de los descubrimientos de la física, sólo cabe a la ciencia ser la única instancia válida de conocimiento. Luego, la filosofía ha muerto.
Pero para advertir el sofisma basta nada más con preguntarse por las premisas que pueden conducir a una conclusión semejante:
¿Qué premisas científicas cualificarían para eso?
¿La fuerza de gravedad de los hoyos negros?
¿La singularidad de una supernova?
¿El Big-Bang?
¿Los eclipses?
¿Las leyes de Newton o las teorías de Einstein?
Pero nada hay en la cosmología ni en la física en general que permita deducir conclusiones como las que pretende el científico. Simplemente se aceptan -sin crítica ni examen- como axiomas o principios indemostrados por los cultores de una ciencia.
Pero este no es el momento ni el lugar para criticar, sino de mostrar cómo ni los científicos más sobresalientes pueden resistirse a la vocación de la filosofía, quienes se ven desbordados por la tendencia natural hacia ese saber universal que no excluye nada de su campo, allí donde viven las preguntas esenciales: ¿quién soy yo?, ¿qué va a ser de mí?, ¿qué es el ser?
Ya, todo bien, pero ¿de adónde procede ese destino existencial de la filosofía?
¿Por qué no podemos eximirnos del filosofar?
Ese destino procede del mismo objeto o materia que estudia la filosofía, que es el ser de todo lo que existe, y que por su misma naturaleza genera un estado de perplejidad insuperable, porque se convierte en tarea personal.
Imagínate que ya Aristóteles se refería a esta cuestión y todavía después de dos mil quinientos años después, todavía nos seguimos preguntando lo mismo como si no hubiéramos avanzado nada:
«En efecto, lo que antiguamente y ahora y siempre se ha buscado y siempre ha sido objeto de perplejidad...es...¿qué es el ser de lo que existe?»
Pero, ¿por qué no nos hemos topado aún con las respuestas que nos dejen a todos conformes y tranquilos?
¿Por qué mejor no repetimos como loros las doctrinas de los pensadores del pasado?
Si bien la repetición de mantras filosóficos puede ser una alternativa viable, el asunto es que las respuestas genuinas son siempre personales, porque quien filosofa está existencialmente comprometido con el objeto de sus investigaciones, el ser.
En este sentido, los científicos se ven movidos a filosofar en la medida en que participan de la naturaleza humana, no por ser científicos.
O en palabras de Leonardo Polo:
«La filosofía es una actividad en la que el existente está enteramente comprometido, está convocado por ella, y de esa manera se va desvelando a sí mismo en la medida en que la filosofía le pide poner en marcha cada vez más capacidades, más recursos propios»
Por eso cuando un científico se pone a filosofar, me alegro y pienso: «¡Pastelero... vamos a tomarnos un café!».
El estilo de vida es lo que lo define al filósofo, aunque hoy en día es muy difícil advertirlo en las facultades de filosofía, donde cuesta distinguir si sus practicantes están movidos por la necesidad de un oficio remunerado, la respuesta a una genuina vocación, o una mezcla de ambas.
Porque a fin de cuentas se trata de una vida configurada en torno al saber, y no a cualquier tipo de saber, sino a uno de carácter universal y omniabarcante, que sea capaz de comprender de una sola mirada la totalidad de las cosas, sin dejar nada de lado. ¡Vaya tarea ambiciosa y, para los críticos, soberbia y ridícula! Porque parece obvio que nadie puede saberlo todo, menos en estos tiempos.
Pero en esta pretensión está la clave para comprender el estilo de vida del filósofo: la filosofía es más que un saber con pretensiones científicas, porque su mismo objeto de estudio requiere de toda una vida para definirse con claridad.
No sucede como en las demás ciencias donde está bastante definido lo que se va a estudiar y que luego de unos años de entrenamiento se puede llegar a dominar con el debido rigor, como los genios matemáticos adolescentes. Pero la filosofía, en cambio, requiere de experiencia vital, estabilidad en los asuntos prácticos y acaso una cierta madurez emocional.
Debido a que no basta una vida entera para llegar, ni menos aún dominar, ese saber total, parte del valor de la filosofía está en su tradición dos veces milenaria, en la que los aportes de un pensador pavimentan el camino para los demás, ya sea para avanzar a paso seguro o para evitar un camino sin salida. Hay un sentido muy fuerte de comunidad entre vivos y muertos que me fascina.
Ahora bien, esa tendencia del filósofo a una cierta plenitud en la que se aquieten las preguntas para permanecer en la serenidad de las respuestas, lo sume en un estado de frustración e insatisfacción permanente, porque dicha plenitud del conocimiento nunca llega. Hay adelantos en ciertos momentos de lucidez; pero nunca se puede agarrar esa plenitud evanescente que hace arder el corazón.
Y en este punto se le plantea una encrucijada al pensador de carne y hueso: ¿cómo ha de ganarse la vida con ese conocimiento?, ¿con qué ha de comerciar para que pueda financiar ese estilo de vida?
Los filósofos antiguos se percataron inmediatamente del peligro que había en esta encrucijada, porque ante la dificultad de comercializar la filosofía, que a primera vista tiene poco o nulo valor de mercado, el pensador puede caer en la tentación permanente de invertir el estilo de vida, y, en consecuencia, en vez de vivir para alcanzar ese saber prefiere aparentar tenerlo y contentarse con comercializar un conocimiento sucedáneo, superficial.
A este anverso del filósofo lo llamaron, Platón primero y Aristóteles después, sofista.
Ambos dirán que el filósofo difiere del sofista en la manera de vivir, uno para el saber y el otro para lucrar con ideas superficiales que parecen genuinas.
El estilo es el hombre mismo, dicen por ahí.
De este concepto central se desprenden algunas palabras como sofisma, que describe el carácter falso de sus argumentos, y sofisticado, que refiere a algo muy complejo o avanzado. Ambos remiten a un significado vigente en la actualidad como es el confundir la verdad con una manera compleja y arcana de presentar las ideas. Como si lo verdadero estuviera allí donde no entiendes lo complejo de la argumentación, como ocurre con la física cuántica o la hipótesis del multiverso.
El sofisma sería algo así: si es sofisticado, ha de ser verdadero.
El problema es que en las facultades universitarias de hoy el filósofo y el sofista son colegas; ambos trabajan en el mismo instituto pese a que sus estilos de vida, y las doctrinas que los soportan, son opuestos. Y así como no se distinguen en las facultades, al gran público le parecen todos lo mismo: unos vejestorios que hablan de todo en un sentido general y vago con aires de sofisticación.
Y esto que te cuento no es un asunto trivial, porque si quieres incorporar la filosofía a tu vida, hay que estar atento a lo que decía el pensador japonés, Nuburu Notomi: "la distinción entre el filósofo y el sofista es una de las cuestiones más importantes de la filosofía desde sus orígenes".
¡Buena lectura!
Desempaquetado #1
Unboxing de libros #1: Cursus Philosophicus Thomisticus de Juan de Santo Tomás, Marietti, 1929.
Al fin se acabó la espera. Ésta es la primera entrega de mi desempaquetado (unboxing) de libros y me encuentra más feliz que perro con dos colas. Lo más nerd que puede haber 🤓. Acá puedes ver el paquete que me llegó: ¡una caja de 40x40 cms!

Ni yo me esperaba que sería tan grande, porque sólo debía contener los tres tomos de la obra de Juan de Santo Tomás 'Curso de filosofía tomista' en esta edición de Marietti, 1929 (Cursus Philosophicus Thomisticus en su título original de 1637).
Pero luego de abrirlo, me encontré con que los volúmenes eran colosales. Se requiere de dos manos para levantarlo y manipularlo adecuadamente por su peso y tamaño. Su estado de conservación es aceptable pero un tanto delicado, por lo que me fue imposible no romperle accidentalmente un par de esquinas 😢.

Te prometo que estuve buscando este libro por años, porque es muy difícil de conseguir. Por lo que me siento muy afortunado (siempre he sentido que los libros llegan a tu vida cuando tienen que llegar, como si los guiara una fuerza misteriosa).
Es una obra difícil de encontrar, debido a que las copias enteras -con todos los tomos- son escasas, y cuando están disponibles, por lo mismo son bien caras. Hoy en día puedes encontrar copias en la red por $ 1,500. Me costó bastante menos, pero aún lo suficiente como para que en mi entorno pusieran los ojos blancos por haber adquirido un libro usado, añejo, medio dañado, por más de $ 400.

En cuanto a su contenido, la obra se divide en cinco partes:
-
Tomo I. El arte de la lógica (o de la materia y forma del razonamiento).
-
Tomo II. Filosofía Natural:
- 1a parte. Del ente móvil en general
- 3a parte. Del ente móvil corruptible
-
Tomo III. 4ta parte. Del ente móvil animado
Me compré la obra únicamente por el primer tomo: me interesa conocer la síntesis que hace el comentarista de la lógica aristotélica con los aportes y extensiones medievales, para averiguar hasta qué punto sigue de cerca la obra de Aristóteles o se distancia de ella, porque entremedio está la lógica de Guillermo de Ockham, cuya influencia creo que aún no se termina por dimensionar del todo en la historia del pensamiento.
Vamos a hincharle el diente a este ladrillo monumental.
¡Buena lectura!
La idea de una "teoría conspirativa de la sociedad" cae bajo la filosofía política. Se gestó en la mente del filósofo austriaco Karl Popper. Tanto en su célebre obra La sociedad libre y sus enemigos (1966) como en otros lugares, el autor propone los argumentos habituales para descartar de antemano cualquier cosa que se parezca a una conspiración. Una etiqueta que hoy en día se usa como idea-fuerza para anular e invalidar a cualquier interlocutor.
A propósito de las falacias, etiquetar a alguien de conspiranoico es una burda ad-hominem, porque descarta de antemano una idea que es perfectamente posible. Es decir, la idea de conspiración, de que un grupo controla el devenir de la historia a menor o mayor escala, no es imposible, debido a que no entraña contradicción alguna en sus términos: puede ser acaso muy difícil de llevar a cabo, con una probabilidad mínima de producirse exitosamente, por lo que sería una idea plausible o probable, pero no imposible.
Recuerda que los hechos humanos, sobretodo la política, dependen de la voluntad y la razón que no del azar como en los fenómenos naturales. Lo interesante es que esta misma posibilidad permite que una conspiración falle espectacularmente y este mismo hecho de no lograr su objetivo tenga consecuencias que tendrán un impacto en la historia. Es decir, una conspiración fallida tiene tantos efectos como una exitosa.
Si existiese una conspiración, entonces, ¿porque una teoría que pretenda descubrirla, describirla o caracterizarla queda automáticamente catalogada como falsa? (Maquinación es otra palabra muy descriptiva que se usa poco). ¿No es limitar los recursos de análisis? ¿Toda atribución de conspiración a un evento histórico es falsa, o en algunos casos puede ser la explicación más adecuada y plausible, como cuando Cicerón denunciaba a Catilina como conspirador ante el Senado Romano en el 63 a.C? ¿Por qué pensar que es ingenuo creer que existe una conspiración?
¿Tan seguro estás de que no la hay?
Para poner a prueba estas inquietudes, continuación te dejo una entrevista de la filósofa y periodista chilena Vanessa Kaiser al médico Aliro Galleguillo Romero, cirujano, gineco-obstetra, especialista en salud pública, en torno al tratado multinacional que propone la Organización Mundial de la Salud (OMS) y que algunos países se aprestan a firmar.

En la entrevista podrás encontrar perlas de este calibre:
«Este es el peor de los monstruos y es el monstruo más oscuro que ha podido crear el ser humano, desde mi punto de vista. Es transformar a todos los países en un gran campo de concentración. No es otra cosa» –Vanessa
«La OMS en sus inicios estaba motivada por un espíritu colaborativo [...] donde uno participaba como científico. Pero este organismo colaborativo cambió su sentido desde que asumió este señor Tedros Adhanom [...] que fue impulsado por China para llegar a este cargo» –Aliro
Me parece que la entrevista tiene el mérito de mostrar de que no hay una única versión de los hechos: que hay médicos cuadrados como soldados ante la OMS, pero también hay otros que son disidentes y se están agrupando para hacer frente a este Leviatán inminente.
Es lo más parecido a la implantación del ninguneado Nuevo Orden Mundial, donde los países cederán soberanía en materias sanitarias a un organismo internacional burocrático y por cierto no-democrático.
¡Biopolítica en esteroides!
¿No te llama la atención el hecho de que la medicina, que tanto se jacta de los avances del último siglo, haya adoptado medidas literalmente medievales como los confinamientos y permisos de circulación para hacer frente a la peste?
¿No había otra solución más acorde con los tiempos o más bien la historia que nos contaron de la Peste Negra del siglo XIV encubre la misma herramienta de control político donde se diezma gran parte de la población para recomenzar una reconstrucción social?
Personalmente, me llama poderosamente la atención el despliegue vulgar de poder y la ostentación espectacular tras los confinamientos, que me ha llevado a preguntarme por quién tiene la capacidad de encerrar a gran parte de la población mundial y qué magnitud de poder hay tras de eso, porque es inconmensurable con medidas humanas.
Con este tratado para prevenir futuras pestes, la OMS pretende retomar estos temas ensayados hace unos años.
Conspiración o no, tú decides.
