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Conmemorar la posibilidad de ser eterno

OjoVoraz #9

Mientras escribía un ensayo titulado ¿Puedo ser crítico con el pensamiento crítico?, me percataba de cuán fácil es ir por el mundo como crítico de la iglesia, pero cuán difícil es serlo con la ciencia. La cuestión parece jugar con la carga de la prueba, como si el dogma estuviera solamente en las sotanas negras, pero no en los delantales blancos, bajo el predicamento de la evidencia. Palabra manida y mañosa, como si al decir «EVIDENCIA» hubieras provisto algo sacro e indiscutible, como las reliquias del madero, que ha cerrado la discusión de una vez y para siempre; en vez de aceptar que el conocimiento en algunas materias no se puede decidir, quedando indeterminado por los hechos. La presentación de la evidencia es, por supuesto, la cita del paper que lo dice (y nunca su examen crítico).

Estoy convencido de que ya no estamos en la modernidad por esa sutil transferencia del locus de autoridad, desde el juicio autónomo a una instancia anónima y externa. Por eso, ser crítico con la iglesia católica es fácil, lo esperable, porque la cultura lo promueve. Pero cuando uno quiere ser crítico con las ciencias, ahí si viene el rechinar y crujir de dientes, porque el que está equivocado por principio es uno, que, o bien teniendo la capacidad no entiende, o porque derechamente es estúpido. Te envían directo a reeducarte: a repetir como loro a, b, c, d...

Mi punto con esta introducción odiosa es que hoy es un viernes distinto, un día que conmemora la muerte injusta de un sedicioso judío del siglo primero. Si uno acepta que la historia es una ciencia que imparte un grado de conocimiento (porque hay algunos que piensan que lo único que brinda conocimiento del mundo es la física), no puede sino aceptar que hasta hoy viernes llega el conocimiento histórico de ese judío. Por eso ahí tengo mis libritos de Antonio Piñero y John P. Meier que me instruyen con métodos científicos sobre los límites de lo que se puede saber de esa figura que definió la historia por dos milenios (quiéranlo o no sus críticos). Volúmenes abultados llegan a la conclusión de que hay un fondo histórico acerca de Jesús, un judío marginal, que se puede conocer con cierto grado de verosimilitud. Pero mañana sábado es el día en que comienza la duda sobre la propia cordura por haber creído la absurda envergadura de las promesas del carpintero dado a la sedición.

Tan sólo pasado el domingo se deja atrás ese conocimiento histórico para dar lugar a un acto distinto: porque la resurrección es la consumación de esas promesas, que si uno se las toma en serio, como eso de que venció a la muerte, no queda otra alternativa de vida que un delicado coqueteo con la locura. Creer en ese hecho te lleva a admitir la realidad de cosas absurdas. Y digo absurdo como pensar lo contrario a lo imposible, en este caso, romper las leyes de la naturaleza. Creo que por eso la física le tiene tanta bronca a ese judío que murió un viernes como hoy. ¿Quién se cree para romper nuestras leyes? Qué fácil es ser crítico con eso, ¿verdad?

Pero la resurrección ya no le compete ni a la historia ni a ciencia alguna, sino que su conocimiento es de otro orden de cosas. No se puede probar por ningún medio que ese hombre proclamado Dios fue Dios. Recuerdo que para Tomás de Aquino los milagros funcionaban como el término medio del silogismo aristotélico (ie., de una deducción). Y el viejo barbudo que mira desde las nubes con ceño fruncido y un dedo dispuesto a juzgarte es una de esas caricaturas de mal gusto del crítico ignorante. Sin embargo, lo que me parece más interesante aún es que la historia prosiguió después de la muerte del carpintero nazareno en una comunidad que creyó que el domingo ocurrió algo: un hecho histórico perfectamente incognoscible en sí mismo, pero muy evidente en sus efectos. No es algo menor haber cambiado la historia, definiendo su curso hasta hoy. ¿Prueba eso la resurrección? Por supuesto que no, pero de que pasó algo, pasó.

Y aunque se pueda ser crítico con la conmemoración de esa muerte y con aquellos que la guardan, lo notable es que la posibilidad de la resurrección sólo se abre con la muerte previa de una persona concreta. La muerte deviene en posibilidad. Resucitar está reservado para un ser mortal llamado a ser eterno. ¡Cuánto contrasta esto con los dichos de Aristóteles de que el hombre desea cosas imposibles como vivir para siempre! Una muerte cruenta que dignifica: locura, superchería, ignorancia, oscurantismo. Pensamiento crítico al rescate. No queda sino aguardar al domingo.

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