«Condenado al fracaso total en un mundo sordo de ignorancia e indiferencia, siguió inexorablemente tallando sus diamantes, sus deslumbrantes diamantes, cuyas minas conocía a la perfección»
Eso decía Igor Stravinsky sobre Anton Webern, músico austríaco, maestro en componer piezas de extrema concisión poética.
Las obras de Webern tienen una belleza misteriosa que revela en una breve composición las profundidades del alma humana, las minas a las que se refería Stravinsky.
Con esto quiero despejar la confusión esperable de la filosofía miniaturizada con el aforismo, como los de Nietzsche que tanto gustan a los gurús del desarrollo personal:
«Derribar ídolos...eso sí ya forma parte de mi oficio», decía el pensador alemán.
El aforismo desprende un aire de autoridad que ni el microrrelato ni las composiciones de Webern pretenden.
En cambio, la concisión poética te hace participar, invitándote a llenar activamente los vacíos y omisiones.
Ciertamente la brevedad define la extensión de la pieza, pero no mucho más: no habla ni de su composición ni estructura interna, donde está la sustancia jugosa y sabrosa.
Por eso, más allá de la brevedad, la similitud con el aforismo es superficial y aparente.
Y acá creo que está la diferencia fundamental: el aforismo sentencia; la miniatura compone.
Y compone una totalidad, armada a partir de una multitud de partes discretas y sucesivas, que se expresa con pocos recursos, en la que el silencio y la omisión son partes constituyentes de la pieza.
Y volviendo al asunto de ganarse la vida con las obras del espíritu como la filosofía y las artes, Webern con toda su genialidad no logró ganarse la vida con su obra, sino que su reconocimiento -cómo no- fue póstumo.
Condenado al fracaso total en un mundo sordo de ignorancia e indiferencia...
Si eso ocurre con la música, qué esperar para la filosofía.